Es necesario incorporar una vieja expresión del glosario económico al devenir diario de esta actividad: Crisis. ¡Crisis! Estamos en plena crisis económica, aun cuando ni el Ministerio de Hacienda, el Banco Central ni el gran sector privado, desde las finanzas, la industria extractiva al comercio, deseen usar la mentada expresión. Pero más allá de Los Andes, hay consenso entre los líderes políticos y económicos mundiales sobre el trance que vive la economía planetaria, proceso que, si no contamos con la suerte necesaria, podría traspasarse hacia otras muchas facetas de las actividades humanas.
A todos los desequilibrios que afectan la economía mundial, los que también están imbricados y retroalimentados –desde la crisis hipotecaria, la especulación con los precios de la energía y los alimentos, los diversos déficits estadounidenses, la pérdida del valor del dólar, los diferenciales de tasas de interés entre otros- hay nuevos bamboleos que apuntan a crear mutaciones mayores. Como una reacción en cadena. Como una bola de nieve. Transformaciones destempladas que generan fisuras, grietas económicas. Cortes profundos en la economía que podrían crear modificaciones estructurales, permanentes.
Las señales, que sólo no ven aquellos que no quieren ver, aparecen cada semana: alzas continuas en el precio de la energía, aumento de las tasas de desempleo en las naciones ricas –¡qué nos espera a las pobres!-, tasas de inflación casi históricas en la mayoría de los países, aumento de las tasas de interés, brusca caída de las utilidades en las grandes corporaciones industriales y financieras, con su efecto en las bolsas de valores. Una serie de movimientos tensos y contradictorios, que han estado presentes en las últimas semanas ya sea en las grandes economías, como la estadounidense o la europea, como también en una tan pequeña y recóndita como la nuestra.
Inflación y estancamiento La novedad se llama ahora estanflación, neologismo que data de finales del siglo pasado, desde la crisis económica mundial de los años 70, que tuvo características parecidas a la actual: altos precios del petróleo y pérdida de valor del dólar. Una serie de movimientos económicos cuyos efectos se mantuvieron durantes largos años. De forma más o menos directa, éstos se reprodujeron y replicaron en diversas latitudes. Latinoamérica, y Chile, recibieron en aquellos años el azote de las crisis junto a las bestiales dictaduras. Años grises, y muy duros.La estanflación es una combinación nefasta. Un problema de difícil solución. Es inflación sin crecimiento económico, aumento de costos (sube incluso el precio del dinero por medio del alza de las tasas de interés, como vemos en Chile) y caída de los ingresos, de las ventas. Al observar lo que ocurre en la economía estadounidense y la europea, es posible detectar este fenómeno. Estados Unidos, y tanto se ha hablado y escrito sobre ello, está al borde o en recesión. La economía decrece, o simplemente no crece, que es estancamiento. Y al mismo tiempo la inflación está en plena alza, con una tasa anualizada –en doce meses- cercana al siete por ciento. Y lo mismo en Europa. La aparición del fantasma de la inflación, pese al casi nulo crecimiento económico, llevó hace un par de semanas al Banco Central Europeo a subir la tasa de interés a un 4,25 por ciento, el mayor nivel en los últimos siete años.
El alza de las tasas de interés conduce a una paradoja muy compleja. Los bancos centrales, al elevar las tasas de interés, intentan reducir la demanda de bienes para atacar el alza de precios. Una operación monetaria clásica, que en esta oportunidad no ataca el verdadero problema. Puede que lo aminore, pero el origen de la inflación no está en el exceso de actividad económica, sino se trata de un asunto de precios externos. Básicamente es el petróleo y los alimentos la causa del aumento de la inflación en todo el mundo. Y en ambos casos, son especuladores y no problemas de oferta o exceso de demanda el motivo de la burbuja de los precios. Un fenómeno, por cierto, que está lejos de las manos de los bancos centrales.
El alza de tasas no aliviará el aumento de los precios del petróleo ni de los granos y cereales, hoy bien de cambio y especulación en este capitalismo hiperventilado. Bajo un modelo económico que ha estimulado la especulación, que ha eliminado todas las regulaciones y controles a los excesos del libre mercado, es muy poco lo que los gobiernos o instituciones financieras puedan hacer. Lejos, muy lejos, quedaron los tiempos de Bretton Woods y las inspiraciones keynesianas.
Al elevar las tasas de interés, lo que han hecho los europeos pero no todavía la Federal Reserve (banco central) de EE.UU., se encarece el costo del dinero y aumentan otros costos derivados de préstamos bancarios. La gente consume menos, las empresas invierten menos. Menos ventas, menos producción, y menos empleo. Este es, finalmente, el gran costo, el que trasciende a lo económico para incorporarse en la esfera social.
La suma de ambos factores es explosiva. Y si no lo es aún, lo será próximamente. El desequilibrio económico del modelo neoliberal incrementará sus propios e inherentes problemas, sus contradicciones. Más concentración de la riqueza, más pobreza, más desempleo, precariedad laboral. Las falencias del modelo agudizadas.
Chile, modelito de pasarela con mediagua Chile, país pionero en el modelo neoliberal, Chile, país que ha abierto su economía de par de par, es también muy vulnerable a esta crisis. Lo es, pese al discurso de Hacienda y a las reservas del cobre, por cierto invertidas en el peor lugar posible: en dólares en Estados Unidos.Hay un drama económico creciente que surge desde los precios internacionales. El alza mundial del petróleo y de los alimentos se ha colado a la economía chilena para traspasarse a diversos otros bienes y servicios. Un proceso que ha llevado a colocar a la inflación como el principal, pero no el único, problema de la economía nacional. En junio el IPC marcó un aumento del 1,5 por ciento, la mayor alza desde comienzos de la década pasada. Con este aumento, durante los primeros seis meses del año la inflación acumulada marcó un 4,3 por ciento, y en los últimos doce meses un 9,5 por ciento. Un aumento del costo de la vida que es una pérdida equivalente de poder adquisitivo. De cierto modo, y como no hay reajuste salarial en una economía con altos niveles de informalidad, cada mes los trabajadores chilenos son un poco más pobres. En un año, puede decirse, se ha perdido aproximadamente un diez por ciento de la capacidad de compra.
Este fenómeno por un lado. Porque hay señales de estancamiento económico, como se observó en la caída de 2,4 por ciento en mayo de la producción industrial. Y se estancará más. Hay señales en la generación eléctrica, en el consumo de gas, en la misma minería, todos sectores con claras bajas. Y hay también señales en la construcción. En mayo las autorizaciones de construcción bajaron casi un 30 por ciento, en tanto las de viviendas cayeron en un 39,5 por ciento. Y si cae la construcción, éste como el sector más sensible a las oscilaciones económicas, otra de las variables afectadas de inmediato será el empleo, ya en progresiva decadencia.
Basta observar un poco las estadísticas oficiales de mayo. Aquel mes la tasa de desempleo marcó un ocho por ciento, 1,3 por ciento más alta que en mayo del 2007. Otra observación es que la tasa de desempleo es más alta entre las mujeres que los hombres, lo que tiene una clara explicación. Las mujeres han tenido que salir de sus casas a trabajar no por voluntad, como dicen los economistas neoliberales, sino, al ver los sueldos miserables, por necesidad.
El deterioro se traspasó también a la bolsa de comercio. Augurando un mal futuro para las empresas, los accionistas han comenzado a vender sus activos. Y si se lee un poco los diarios económicos, con la sola excepción de los ministros y uno que otro incondicional de la concertación, el ánimo está por los suelos. Porque el momento es de extrema complejidad. Hasta la presidenta Michelle Bachelet culpó hacia comienzos de julio al modelo neoliberal de los actuales tormentos económicos, con lo cual desató las iras del sector privado y de sus escribanos y columnistas del duopolio.
Banco Central: Gasolina al fuegoTelepizza, la cadena internacional de alimentos rápidos, ofrece sus productos a crédito: “Tres cuotas precio contado”. Más cuotas, suponemos, será interés. Pero el mal no termina aquí. Telepizza no sólo compite con McDonald´s (tal vez el único aspecto favorable de este trance) sino que le está quitando consumidores a los locales pequeños e independientes. Un proceso perverso, que ya arrasó a las farmacias, las ferreterías y los almacenes de barrio, sacará también del espacio hasta los bares y restaurantes.
Un proceso que concentrará aun más los mercados y la riqueza. Que expandirá la miseria desde los consumidores a los competidores.
PAUL WALDER
walderpaul@yahoo.es
