El modelo educacional chileno ha tenido desde siempre, según mi punto de vista, una gran falencia: no considerar los períodos de vacaciones. Aunque parezca una contradicción, las vacaciones de los estudiantes, sobre todo, de la educación básica, son una posibilidad de descansar, pero eso no significa “hacer nada”, y he aquí el gran problema para enfrentarlas.
Pareciera que la publicidad ha penetrado de tal manera en el imaginario colectivo, que ya con sólo enunciar la palabra “vacaciones”, éstas implican la inactividad absoluta, como si acaso todo nuestro territorio estuviera bañado por aguas cálidas y transparentes con árboles en los que se pueden colgar las hamacas donde tenderse días completos.
Es tan miope la misión de educar que impera que, una vez terminado el período reglamentario de clases, los niños son prácticamente expulsados a sus casas, sin poder siquiera volver al colegio a jugar, que es lo que más les gusta. Los niños chilenos son enviados a sus hogares como si en cada una de ellas, hubiera siempre un adulto que no trabaja fuera del hogar, disponible para atenderlo y, además, entretenerlo.
Los establecimientos educaciones tienen una infraestructura ideal para acogerlos y sin embargo, cierran sus puertas empujando a los más pequeños a días completos de inactividad frente a la pantalla del televisor o a salir a la calle, que muy bien les hace pero que se ha convertido con el pasar de los años más en un peligro que un lugar donde los chicos pueden distraerse sin riesgos.
El Estado, escuchando el clamor de los “pingüinos”, los profesores y los padres y apoderados, busca un cambio profundo en la docencia y, sin embargo, no se considera a esos futuros profesores y que hoy son estudiantes de diferentes pedagogías, para que durante este período se enfrenten con niños que están ávidos de hacer cosas diferentes que estar frente a la “niñera electrónica”. Una experiencia que ya se viene haciendo desde hace muchos años en otros países pero que acá porfiadamente ignoramos. Porque está claro que los profesores tienen que gozar de sus vacaciones, pero perfectamente podrían coordinar antes de ello con estos “futuros relevos”, la profundización de algunas materias, sean las matemáticas o la historia, por ejemplo, a través de juegos de salón donde se utilice la operatoria básica o en representaciones artísticas o actividades plásticas que traduzcan los procesos históricos en otros lenguajes, de modo de entretenerse aprendiendo o, al revés.
Por cierto que esto implicaría dinero, pero ya es hora que como nación, empecemos a sacar bien las cuentas. El ostensible aumento del gasto en la mantención de centros de rehabilitación juvenil debido al crecimiento de su población que tan contentos tiene a ciertos parlamentarios de derecha, bien podría ahorrarse si es que esos jóvenes son tentados desde niños por una vida que privilegie el deporte y la cultura, por ejemplo.
¿Por qué no pensar en una suerte de “servicio país”, en el que estos jóvenes estudiantes para profesores, puedan hacer uso de los establecimientos educacionales de los lujosos colegios católicos, mientras sus alumnos, claro, se encuentran en sus casas en la playa, esquiando o viajando al extranjero? ¿Por qué es tan difícil imaginar que toda esa maravillosa infraestructura deportiva, científica y cultural que poseen los colegios que siguen el ideario de Cristo puedan ser utilizadas por quienes también lo necesitan sólo mientras nadie las requiere? ¿No es esto acaso una verdadera prueba de solidaridad con los que más desposeídos y una manera concreta de ir acortando este vergonzosa brecha entre ricos y pobres? ¿Por qué el Estado no construye refugios en la montaña para que los alumnos de todo el país puedan ir, no sólo en el período de estas “vacaciones culturales”, sino durante el año lectivo a hacer clases donde la geografía, la historia y la ciencia puedan palparse en terreno?
Son demasiadas preguntas sin responder, mientras hay que hacerse cargo de todos estos niños que no paran de ver televisión y toser, con el frío y la contaminación imperante, que convierten este período en verdaderas “vacaciones de infierno”.
