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Agosto 18, 2026

“Marchons, marchons, qu’un sang impur… “

No me acuses de francófilo, la Marsellesa me la enseñaron en el Liceo de San Fernando cuando servidor era un adolescente. Hicieron bien porque así pude enterarme de lo que dice ese gran himno a la libertad del pueblo. “Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé…” Vamos hijos de la patria, ha llegado el día de gloria… “Contre nous, de la tyrannie, l’étendard sanglant est levé…” Contra nosotros se levanta el estandarte sangriento de la tiranía…

Claude Joseph Rouget de Lisle, su autor, no era de Marsella sino de Lons-le-Saunier (Franche Comté), y escribió el himno a pedido del alcalde de Strasbourg (Alsacia), lo que prueba que hubo una época en la que los alcaldes no se dedicaban a los “ilícitos”. Pasa que el himno fue entonado por un  batallón de marselleses que en junio de 1792 marchaban hacia París y de ahí su nombre.
 
Marchar. La República se construyó en las marchas, no solo en el canto. Primero en París y las grandes ciudades. Luego a través de toda Europa para aplastar la reacción monárquica. Después de ayudar a la liberación de los Estados Unidos, un latinoamericano se dio el lujo de salvar la República en Valmy, lo que le valió el grado de General del Ejército de la República. Su nombre está grabado en el Arco de Triunfo que corona los Campos Elíseos. Francisco de Miranda siguió marchando para liberar su país, Venezuela, y le aconsejó marchar, entre otros, a Bernardo Riquelme, un estudiante chileno que conoció en Inglaterra y que luego se haría famoso como Bernardo O’Higgins.
 
O’Higgins también marchaba. Y mucho. A pie o a caballo, con frío o con calor, nunca dejó de marchar hasta conquistar la independencia de Chile junto a José de San Martín, otro adepto de la marcha.
 
Eran otros tiempos. Ahora, en la era de la luminosa modernidad que encandila a la copia feliz del edén, un pijotero intendente se da el lujo de prohibirle marchar al pueblo. Álvaro Erazo, del cual se asegura que lleva todo “debajo del brazo”, se dio el lujo de no otorgar el permiso “pertinente” a la marcha programada para hoy en contra de la Ley General de Educación.
 
Profesores, estudiantes universitarios y secundarios, trabajadores, familias, en fin, el pueblo que no eligió a Erazo, designado a dedo, no tiene autorización para recorrer las calles de su propia ciudad en el ejercicio de un derecho que en los países democráticos es Constitucional.
 
Hay quién pretende que Erazo es un “petit cachotier”, un chistocito, que habría sugerido que los mencionados ciudadanos podían marchar cuanto quisiesen en Cerro Navia, en Pudahuel, en Puente Alto o en su defecto en Alto Hospicio. “De día y de noche si quieren”, dicen que agregó.
 
Y ahí me vino una duda. Los “sans-culottes” que se tomaron París y la Bastilla, que luego marcharon sobre Versailles provocándole un tremendo dolor de cabeza a los reyes… ¿tenían autorización del intendente?
 
Al parecer nadie encontró los restos del intendente de París para preguntarle.
 
El Chile de hoy no ofrece válvulas de escape, sino “apretar los dientes” y “remar”, como en las galeras. Lo malo es que Pérez Yoma y Velasco no tienen ni la envergadura, ni el genio, ni el carácter, ni los cojones de un Winston Churchill prometiendo “sangre, sudor y lágrimas”. Y para peor no están en guerra contra el Eje sino contra sus propios ciudadanos.
 
« Marchons, marchons, qu’un sang impur, abreuve nos sillons… » Marchemos, marchemos, y que esa sangre impura riegue nuestros surcos…
 
Están jugando con fuego.
 
Escribe Luis CASADO – 08/07/2008