Tremendamente reveladora es la afirmación del Premio Nacional de Historia 1992, Sergio Villalobos, cuando dice que “ la Historia de Chile es la historia del Valle Central de nuestro territorio”. Y a pesar de que la historia económica de nuestro país se ha desarrollado casi sin excepción en el norte o en el sur de Chile, el centralismo como sistema e ideología se ha impuesto como una enfermedad.
Todo lo que esté más allá de la Cuenca del Aconcagua, subiendo o bajando por esta franja de tierra es para los capitalinos, el “resto de territorio nacional”, una parte residual sólo en el habla porque los números indican lo contrario. Hayan sido los inmensos socavones desde donde se extraía el carbón, las enormes llanuras sureñas también consideradas como “graneros”; la fiebre por el “oro blanco” que desveló a tanto pampino o la “viga maestra” de nuestra economía, todos finalmente, se erigen como los pilares fundamentales de la economía de un país discreto que ha podido conocer gracias a aquéllos la bonanza e, incluso, en ciertos momentos, la riqueza.
Y aunque la forma de nuestro país está casi diseñada para ser recorrida de punta a cabo por una línea férrea, ni rieles ni carreteras han podido unir lo que nuestra caprichosa geografía se empeña por alejar.
Será quizás por esta razón que quien ha vivido siempre en la capital se sienta culposamente sorprendido al verse enfrentado a los otrora centros industriales de los cuales sólo se tenía noticia por sus remesas o tragedias.
El primer encuentro con esa otra historia, lo tuve como recién estrenada periodista a comienzos de los noventa cuando realizaba un perfil al octogenario Eduardo Simián. El mítico arquero y reconocido hombre de la minería no podía entender cómo una periodista que aspiraba a ser “la voz de los sin voz”, no supiera lo que era, en verdad, una mina de carbón. Los relatos de Baldomero Lillo no eran suficientes y a los pocos días, me encontré al alba sumergiéndome a más de un kilómetro bajo tierra y luego adentrándome bajo el suelo marino por las galerías en una de las minas más importantes de nuestra historia económica. Schwager en ese entonces, estaba ignorante y ad portas de tener el mismo destino de otros minerales de la zona que debieron cerrar debido a su inviabilidad económica y que los gobiernos de turno debieron enfrentar con la reconversión de los mineros. Conocí allí a “los viejos” y entendí que en esas boquerones negras se les fuera la vida, en jornadas cuyo ingreso a la mina era cuando aún no despuntaba el sol y terminaba, prácticamente, ya cuando éste se había ido. Y si bien en mi caso fue una visita de sólo un par de horas, el carbón me marcó los ojos durante más de una semana. Entonces, aprendí de la marca mortífera que ha dejado en los pulmones y el cuerpo de quienes han trabajado allí desde que tuvieron uso de razón. Inolvidable el impacto del frente, allí donde a torso desnudo y casi en ropa interior debido al insoportable calor, estaba el minero de rodillas con el taladro sacando el mineral. Jamás imaginé que un mes más tarde volvería a Lota, de manera trágica y abrupta, a cubrir la noticia de una explosión de gas grisú, cuya lengua de fuego había salido silenciosa y mortal desde el mismo lugar en que había estado, calcinando de manera instantánea a todos quienes estaban en los primeros 80 metros y dejando en condiciones espeluznantes a lo que habían sobrevivido.
No puedo evitar sentir tristeza cada vez que recuerdo a esos “viejos”, como se llaman los mineros sin importar su edad, que lloraban sin pudor por esa historia que se volvía a repetir una y otra vez: los pobres enterrando a sus muertos mientras el resto del país gozaba de su prosperidad.
