Cuando iba empinándose por los siete u ocho años, servidor, como todo hijo de vecino fue enviado al catecismo. Mis padres no eran muy creyentes que se diga, mi viejo francamente comecuras, pero una cierta inercia y el ejemplo de otras familias mucho más piadosas terminaron por llevarme al catecismo de la hermanitas Meneses, solteronas consagradas al amor de las sagradas escrituras y al de una parte del prójimo.
Digo “al de una parte del prójimo” porque las dos inmaculadas que se turnaban para enseñarnos el abecedario de la fe cristiana nos explicaron que de acuerdo a los mandamientos del Señor teníamos que amar al prójimo como a nosotros mismos, para luego declarar en el mismo soplo, enfáticas, que los “canutos” que catequizan cantando en las calles y no creen en la santísima virgen, los comunistas que horror de horrores no creen en Dios y los judíos que fueron los culpables de la muerte de Jesucristo en la cruz debían ser exterminados de la faz de la tierra.
Hasta ese entonces yo no había visto nunca ni un comunista ni un judío y menos aun un judío comunista, de modo que no podía juzgar de lo pertinente de la implacable condena de la que eran objeto por parte de las beatísimas hermanas Meneses. Pero en lo referente a los protestantes que en Chile llaman “canutos”, el tema me pareció un pelín exagerado.
Primero que nada porque a pesar de las evidentes lagunas en la formación musical de quienes cantaban y tocaban la guitarra antes de lanzar encendidas prédicas que comenzaban todas con la pregunta “¿A que vino Dios al mundo? ¿Ah?”, los canutos no desafinaban tanto como para merecer la exterminación.
Por otra parte, la descripción que me habían hecho de la Santísima Trinidad y de la virgen me hacían pensar que esta última era algo así como la quinta rueda del coche, una galleta en el equipo titular, capaz de interceder ante Dios como una especie de precursora de los lobbystas actuales, pero en ningún caso alguien que pudiese justificar una masacre por el simple hecho de que los “canutos” se mostrasen algo escépticos con relación a sus méritos supuestos o reales.
Para no hablar del mandamiento del amor al prójimo cuya versión católica comenzaba estableciendo terrenales excepciones a una orden divina. Todo aquello me llevó a dudar de la existencia del buendioserío que hasta entonces me habían vendido como pomada.
Hasta que algunos años más tarde, ya en el Liceo, le pedí a mi madre que me eximiese de las clases de religión del cura Riquelme, ese que en las escalinatas de la parroquia le pegó un puñete a uno de mis más admirados profesores, el abogado, masón, escritor y maestro de filosofía Don Juan Danús. Pero esa historia te la cuento en otra parida. No insistas.
Mi demanda causó algún revuelo a pesar de lo laico del Liceo, y por cierto del respeto sagrado que el chico Castillo, el riguroso Rector, y todos mis profes siempre tuvieron por las ideas de cada cual. El cura Riquelme intentó convencerme con chamullos dialécticos y trucos de jesuita pero el daño ya estaba hecho. “Lo siento padre” le dije, “pero yo no fui tocado por la gracia divina. Y eso ya no es culpa mía, que en la materia soy el que menos puede”.
De ahí para adelante me las tuve que arreglar solito. Ya no tuve a quién rogarle. Pero mereció la pena porque hasta ese entonces mis súplicas habían tenido menos eco que las del Papa de Roma lo que ya es decir.
Lo que precede explica sin duda las comprensibles lagunas de mis conocimientos teológicos que me llevan a confundir los arcángeles, espíritus bienaventurados que pertenecen al octavo coro celeste, con los querubines que conforman el segundo coro, por debajo de los serafines.
De modo que cuando me interrogué con relación a saber cual es la diferencia entre aparición y milagro no tuve más remedio que echar mano a mi amigo Horacio, predicador seglar que, otras cosas no pero disolver tus dudas con recursos dialécticos y parábolas y alegorías de su propia cosecha es un lince.
Horacio inspiró profundo, movió la cabeza de un lado para otro, y de su voz argentina me entregó la explicación profana que sigue: “Admitamos, me dijo, que en plena reunión del comité central del Partido Socialista, viene y se presenta la figura de Salvador Allende… Eso, eso es una aparición”.
“Milagro, agregó, sería que no les cagase a trompadas”.
Escribe Luis CASADO – 12/05/2008
Hasta ese entonces yo no había visto nunca ni un comunista ni un judío y menos aun un judío comunista, de modo que no podía juzgar de lo pertinente de la implacable condena de la que eran objeto por parte de las beatísimas hermanas Meneses. Pero en lo referente a los protestantes que en Chile llaman “canutos”, el tema me pareció un pelín exagerado.
Primero que nada porque a pesar de las evidentes lagunas en la formación musical de quienes cantaban y tocaban la guitarra antes de lanzar encendidas prédicas que comenzaban todas con la pregunta “¿A que vino Dios al mundo? ¿Ah?”, los canutos no desafinaban tanto como para merecer la exterminación.
Por otra parte, la descripción que me habían hecho de la Santísima Trinidad y de la virgen me hacían pensar que esta última era algo así como la quinta rueda del coche, una galleta en el equipo titular, capaz de interceder ante Dios como una especie de precursora de los lobbystas actuales, pero en ningún caso alguien que pudiese justificar una masacre por el simple hecho de que los “canutos” se mostrasen algo escépticos con relación a sus méritos supuestos o reales.
Para no hablar del mandamiento del amor al prójimo cuya versión católica comenzaba estableciendo terrenales excepciones a una orden divina. Todo aquello me llevó a dudar de la existencia del buendioserío que hasta entonces me habían vendido como pomada.
Hasta que algunos años más tarde, ya en el Liceo, le pedí a mi madre que me eximiese de las clases de religión del cura Riquelme, ese que en las escalinatas de la parroquia le pegó un puñete a uno de mis más admirados profesores, el abogado, masón, escritor y maestro de filosofía Don Juan Danús. Pero esa historia te la cuento en otra parida. No insistas.
Mi demanda causó algún revuelo a pesar de lo laico del Liceo, y por cierto del respeto sagrado que el chico Castillo, el riguroso Rector, y todos mis profes siempre tuvieron por las ideas de cada cual. El cura Riquelme intentó convencerme con chamullos dialécticos y trucos de jesuita pero el daño ya estaba hecho. “Lo siento padre” le dije, “pero yo no fui tocado por la gracia divina. Y eso ya no es culpa mía, que en la materia soy el que menos puede”.
De ahí para adelante me las tuve que arreglar solito. Ya no tuve a quién rogarle. Pero mereció la pena porque hasta ese entonces mis súplicas habían tenido menos eco que las del Papa de Roma lo que ya es decir.
Lo que precede explica sin duda las comprensibles lagunas de mis conocimientos teológicos que me llevan a confundir los arcángeles, espíritus bienaventurados que pertenecen al octavo coro celeste, con los querubines que conforman el segundo coro, por debajo de los serafines.
De modo que cuando me interrogué con relación a saber cual es la diferencia entre aparición y milagro no tuve más remedio que echar mano a mi amigo Horacio, predicador seglar que, otras cosas no pero disolver tus dudas con recursos dialécticos y parábolas y alegorías de su propia cosecha es un lince.
Horacio inspiró profundo, movió la cabeza de un lado para otro, y de su voz argentina me entregó la explicación profana que sigue: “Admitamos, me dijo, que en plena reunión del comité central del Partido Socialista, viene y se presenta la figura de Salvador Allende… Eso, eso es una aparición”.
“Milagro, agregó, sería que no les cagase a trompadas”.
Escribe Luis CASADO – 12/05/2008
