Los chilenos se han ido afeando con el tiempo, tanto física como moralmente. Su goce estético tiene relación directa con el devenir temporal de los métodos de producción masivos del arte y la cultura, acontecido a través de sus predecibles canales: Televisión, prensa populachera, Blogs, etc. ¿No es sino puerilidad y ligereza lo único esperable en el juicio de un sujeto cuyo gusto ha sido entrenado, ora a través de la publicidad, ora a través de décadas de permanencia en Santiago? Beatus ille quem vivere in locus amoenus et carpe diem!
Considero a Santiago como la gran ciudad fea de Chile y una de las más espantosas del mundo. Sus calles y espacios urbanos han sido trazados para acoger sobre todo al neoliberalismo: comida chatarra, tiendas comerciales de cualquier índole, cafeterías “take away”, centros budistas. Esta ciudad carece de grandes esculturas y piletas al aire libre, por lo tanto el goce visual del chileno promedio es tan pobre como primitivo; una sociedad que no vive rodeada de arte no puede apreciarlo. Y cuando hablamos de “arte” las únicas posibilidades “gratuitas” tienen estrecha relación con lo más básico, chusco y tribal en la materia: teleseries (los actores se vanaglorian de su arte), saltimbanquis, juglares, mercachifles y payasos haciendo sus piruetas, pululando estupidez y vomitando su almizcle por cualquier rincón ciudadano.
Sin caer en la ligereza, hasta el modo del vestir es repugnante; a tal punto se puede distinguir fácilmente a la vaca ABC1 (la inconfundible guedeja pajiza, piel muy bronceada, jeans asfixiantes), al pokemón, al pelolais, al emo, etc. Toda esta gente tiene cierto resentimiento hacia la vida y todo cuanto son, experimentan, ejecutan y penetran desnuda este lamentable estado de nihilo nihil fit o lo que es igual, una nada llamada vida. Lo asombroso es que todas las modas pasajeras no desentonan con la ciudad porque esos cuerpos fofos y macilentos, fuliginosos y rubicundos combinan a la perfección con la pestilencia y el hedor santiaguino; ese aroma a heces y pescado podrido que se cala hasta los huesos, ese gris enmohecido que cubre las casas y las grandes tapias como hiedra demoníaca, esos museos que aún-no-son-museos, repletos de telas y estatuillas que hacen gala de la terrible escasez de pinacotecas y centros artísticos de calidad.
Qué decir de la dieta chilena, compendio de idiotez a base de mucha televisión, cerveza, papas fritas y hamburguesas…
La fealdad como tal nace a partir de la maquinación del juicio. Es este el único capaz de distinguir entre lo bello y lo sublime, lo feo y estropeado. Sin embargo, nuestro tiempo está marcado por una crisis de la razón práctica donde el sujeto como tal no es capaz de distinguir entre lo hermoso y lo horripilante, porque quizá su pensamiento es producto de un aborto económico llevado a cabo por grandes corporaciones que indican qué es el bien y qué es el mal (desde la iglesia católica hacia arriba). Nadie puede confiar en el juicio de un jovenzuelo enajenado por las nuevas tecnologías, por la moda y el internet; este sujeto aborrece las estructuras de sentido moderno y la razón le parece una construcción social más y que ha sido concebida por un sistema represivo cuyo único fin es el cosificar. Sin duda la visión posmoderna por excelencia, la muy cliché queja burguesa del temor a convertirse en “fetiche intelectual”. Ecce Hommo Chilensis.
Cierto es que nuestro sistema social ha producido exiguos ejemplos humanos para ser seguidos y/o imitados ¿Con cuál paradigma de belleza puede sentirse inspirado el borregaje promedio? Con absolutamente ninguno. Todo lo gubernamental es antiestético, rococó intelectual. Qué decir de nuestros “artistas”; verdaderos patetas. Nada sino pura decadencia hay en ellos, fealdad abundante, trascendente, inmanente y colosal. Todo el arte chileno es feo, degradante o una palabra que no existe…
Los más feos por unanimidad:
Patricia Maldonado: Es una de las fervientes defensoras del pinochetismo y es conocida por su “sinceridad” y “trasparencia” a la hora de emitir sus juicios ¿Cuáles juicios? Los más inofensivos por supuesto, aquellos que se refieren a la vida y obra de gente muy vulgar que hace del lecho y costumbres amatorias, cuestión nacional. Se ha ganado el respeto de las audiencias a base de un vocabulario grotesco y populachero, salpicando su impredecible charlatanería con berreos guturales que junto a su horripilante apariencia, nos parece un insulto para el pobre infeliz que contempla cada mañana ese infierno donde comparte escenario con dos señoritos de las más retorcida y plebeya estirpe…
Hermógenes Pérez de Arce: “Horriblemógenes” debería llamarse. Este intento de comentarista, nos deleita cada semana con su columna en la sección editorial de El Mercurio. La cargancia con la que defiende la dictadura (tachando de “comunista” a la Concertación y de marxista al gobierno de turno) nos hace pensar que él está en El Mercurio por lástima; sin duda el medio precisa devolver aunque sea de tal indecorosa forma la mano prestada por el culo ceniciento Pinochet. Su pluma es quizá, lo más vulgar de todo el periodismo nacional, la más ruin y decadente. No sólo se dedica a escribir apologías de la dictadura en cada una de sus entregas, explicándonos que los militares son una suerte de “salvadores de la nación”, sino que además tiene el tupé de lucir sonriente en la foto que aparece junto a su columna y que por suerte está en blanco y negro…
Ricardo Lagos: A pesar de que Horriblemógenes nos explica continuamente que el gobierno de la Concertación es comunista y marxista (¿Habrá leído algo de Marx este señor?), Ricardo Lagos fue el presidente neoliberal por excelencia, aquel que abrió las puertas para que las grandes transnacionales se apoderaran del país y agotasen cuanto recurso natural exista en esta anoréxica franja de tierra. Ricardo Lagos tiene no tiene ni garbo ni elegancia y quizá su única gracia es la bellísima mujer que tiene por esposa (¡Todos mis respetos a Luisa Durán!) Sus aires de hacendado me parecen degradantes, inadmisibles; eso, sumado a su nariz bulbosa y esa papada que precisa de forma urgente la intervención de un carnicero ¡Cuántos chicharrones habrá escondidos allí!
Soledad Alvear: Nunca he podido confiar en personas de boca estrecha, menos aún con ese peinado cuya factura debe estar a cargo de Traves Chile y de los mayores productores de limón en el país… De su discurso ni hablar: su demagogia y fantochería (Horrorosamente enfundada en el traje de fútbol, todo sea por el voto del populacho) son sus cartas de presentación, y su necedad una marca de agua; ¡Con qué afán defendió a la ex ministra de Educación Yasna Provoste, otro ejemplo de fealdad sin límites!
Lo cierto es que nos estamos afeando en sentido físico y extra moral: necesitamos urgente la intervención de un cirujano lo suficientemente avezado, que sepa arrancar nuestras carnes fláccidas y malolientes, y al mismo tiempo la pudrición que tenemos en el cerebro y en el corazón. Quizá de tal forma podamos encontrar algún sentido a nuestra desolación y a nuestro cansancio.
