De nada vale opinar sobre la práctica de la política ni de cualquier otro asunto, cuando después de exponer una situación dada, llegamos al mismo punto de la partida: Cero avance, un círculo vicioso transformado en obsesión, las palabras se repiten para describir hechos equivalentes, las frases intentan articular el mismo fenómeno a partir de otro vértice del mismo. De nada vale leer, de nada observar ni archivar, de nada opinar.
No vale de nada ni siquiera decir que no vale la pena decir nada.
Sin embargo, la cosa sería muy distinta, si detrás de este marasmo, de esa sofocante atmósfera de hipocresía y desdén, una esperanzadora luz comenzara a abrirse paso. Si la claridad nos madrugara con su sencilla forma de transparencia, si eso, tan necesario para vivir nos sacudiera como nos sacude un simple vaso con agua después saciar nuestra sed; acaso, valdría la pena decir algo, preguntarse algo, poner en discusión, proponer algo.
¿ No se pueden cambiar las reglas del juego de una sociedad? ¿Su carta magna?
¿ Nunca se ha hecho cosa semejante?
¿ Es mucho pedir sin que sea derramada sangre?
¿Será mucho auto-convocarse para ello y no ser reprimidos por atentar contra una Constitución Política que todo el mundo entiende que nació viciada?
Tengo la certeza que hoy es ese momento como lo ha sido para Chile en contados pasajes de su historia, debemos darnos una nueva Constitución con o sin la concordancia de la legalidad reinante. Debemos seducir a los hombres que constituyen los poderes del Estado a aceptar la legítima demanda de los ciudadanos de corregir el vicio de gestación de la carta fundamental.
¿Cómo?
Desde luego no como ayer en el Congreso, dónde se votó un proyecto de ley de reforma constitucional. Se trataba de modificar el número de diputados, aumentar en algo más su número de 120, cuando el problema no es el número, sino la cantidad que se elige por distrito, que sabemos de sobra que son 2.
Afortunadamente la Derecha, esta vez no les siguió el juego, puesto que ya han salvado los escollos que tenía la original. Al verbo que da cuenta de aquellas modificaciones cosméticas y funcionales, ellos llaman con mucha delicadeza: “perfeccionar”. De modo que la Derecha dio por terminado el ciclo de perfeccionamiento de la Constitución, que nunca termina realmente, puesto que tenemos claro que quedan otros perfeccionamientos en que seguramente lograrán quórum, tales como, la flexibilización laboral y la codiciosamente esperada desnacionalización de Codelco, una de las empresas más grandes del mundo.
La amenazante fumarola volcánica que tiene entretenida a la población y que coincidió con la puesta en escena parlamentaria, hizo que pasara inadvertida el rechazo del proyecto de reforma contenido en el misterioso boletín 4968. Nadie se percató de la vocación democrática de algunos parlamentarios que se desató en ese escenario.
No puede haber luz en esas obscuras maniobras , la claridad al parecer, hay que ir a buscarla a las calles iluminadas por las protestas estudiantiles, por las movilizaciones de los obreros, por los actos de rebeldía mapuche, por las inagotables manifestaciones ecologistas.
La luz debe surgir de los perjudicados por el modelo económico, que son los ciudadanos que describí en el párrafo anterior, es decir la mayoría de la población. La disputa es entre las políticas económicas impulsadas por el gobierno con el beneplácito de la Derecha y las víctimas de sus aterradores resultados.
Esta realidad no habría sido posible si no existiera el sistema electoral denominado binominal, que no representa porcentualmente a la ciudadanía y no facilita el control de los electores de sus elegidos. Si la prensa escrita, oral y visual no estuviera controlada por la oligarquía merced a la concomitancia o pusilanimidad de los consecutivos gobiernos concertacionistas.
Sin embargo, la cosa sería muy distinta, si detrás de este marasmo, de esa sofocante atmósfera de hipocresía y desdén, una esperanzadora luz comenzara a abrirse paso. Si la claridad nos madrugara con su sencilla forma de transparencia, si eso, tan necesario para vivir nos sacudiera como nos sacude un simple vaso con agua después saciar nuestra sed; acaso, valdría la pena decir algo, preguntarse algo, poner en discusión, proponer algo.
¿ No se pueden cambiar las reglas del juego de una sociedad? ¿Su carta magna?
¿ Nunca se ha hecho cosa semejante?
¿ Es mucho pedir sin que sea derramada sangre?
¿Será mucho auto-convocarse para ello y no ser reprimidos por atentar contra una Constitución Política que todo el mundo entiende que nació viciada?
Tengo la certeza que hoy es ese momento como lo ha sido para Chile en contados pasajes de su historia, debemos darnos una nueva Constitución con o sin la concordancia de la legalidad reinante. Debemos seducir a los hombres que constituyen los poderes del Estado a aceptar la legítima demanda de los ciudadanos de corregir el vicio de gestación de la carta fundamental.
¿Cómo?
Desde luego no como ayer en el Congreso, dónde se votó un proyecto de ley de reforma constitucional. Se trataba de modificar el número de diputados, aumentar en algo más su número de 120, cuando el problema no es el número, sino la cantidad que se elige por distrito, que sabemos de sobra que son 2.
Afortunadamente la Derecha, esta vez no les siguió el juego, puesto que ya han salvado los escollos que tenía la original. Al verbo que da cuenta de aquellas modificaciones cosméticas y funcionales, ellos llaman con mucha delicadeza: “perfeccionar”. De modo que la Derecha dio por terminado el ciclo de perfeccionamiento de la Constitución, que nunca termina realmente, puesto que tenemos claro que quedan otros perfeccionamientos en que seguramente lograrán quórum, tales como, la flexibilización laboral y la codiciosamente esperada desnacionalización de Codelco, una de las empresas más grandes del mundo.
La amenazante fumarola volcánica que tiene entretenida a la población y que coincidió con la puesta en escena parlamentaria, hizo que pasara inadvertida el rechazo del proyecto de reforma contenido en el misterioso boletín 4968. Nadie se percató de la vocación democrática de algunos parlamentarios que se desató en ese escenario.
No puede haber luz en esas obscuras maniobras , la claridad al parecer, hay que ir a buscarla a las calles iluminadas por las protestas estudiantiles, por las movilizaciones de los obreros, por los actos de rebeldía mapuche, por las inagotables manifestaciones ecologistas.
La luz debe surgir de los perjudicados por el modelo económico, que son los ciudadanos que describí en el párrafo anterior, es decir la mayoría de la población. La disputa es entre las políticas económicas impulsadas por el gobierno con el beneplácito de la Derecha y las víctimas de sus aterradores resultados.
Esta realidad no habría sido posible si no existiera el sistema electoral denominado binominal, que no representa porcentualmente a la ciudadanía y no facilita el control de los electores de sus elegidos. Si la prensa escrita, oral y visual no estuviera controlada por la oligarquía merced a la concomitancia o pusilanimidad de los consecutivos gobiernos concertacionistas.
