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Agosto 18, 2026

La lucha de clases no existe. Pero de que existió, existió

Dejó de existir por falta de suscriptores que han perdido la fe en su validez como instrumento de análisis político, en su efectividad relativa para acceder al poder, o por la deserción de ex-creyentes que han caído en el desencanto, deviniendo sus ideas en tedio, en hastío. Si no fuera así, deberíamos aceptar que las actuales contradicciones que llenan de vez en cuando las páginas de noticias, habrían nacido por generación espontánea y no tendrían un correlato en el pasado.

Es como si la gran ola de un tsunami no tuviera su causa bajo el fondo  del mar, como si el fracaso de una revolución no tuviera efectos en el devenir, y como si los ex-revolucionarios, hoy ministros, senadores, consultores, analistas, columnistas y lobbystas,  hubieran cambiado sus postulados producto de una visión semejante a la que tuvo el apóstol Pablo, que se convirtió en el más radical de los cristianos.
 
Así es como la suerte del gobierno, se ha convertido en nuestra propia suerte, es decir, en la subordinación moral de todos nuestros esfuerzos para hacer posible en el breve plazo, que Chile llegue a ser un país del primer mundo, puesto que se han sentado las bases para que así ocurra según nos han dicho.
 
¿Es posible que después de largos años de dictadura, en que también fuimos conminados a seguir la suerte de su gobierno – la patria-, le precedan otros largos años de descarada implementación del mismo modelo económico -el Chile del bicentenario-.?
 
 Ser postulante a pertenecer al primer mundo implica que los grandes temas, ya no son las luchas de los trabajadores por tener algo que decir en la sociedad que construyen con sus manos y su intelecto, por obtener mejores condiciones de trabajo y sueldos capaces de dar cuenta de su seguridad física y mental.
 
La gran opción tomada por los sucesivos gobiernos de la concertación, nada tiene que ver con los sueños hechos palabra cuando postularon sus candidaturas, ni nada que ver con los principios que dicen sustentar, y por cierto, tampoco tiene concordancia con el pensamiento o las preferencias del universo de electores que ha votado por ellos.
 
Este hecho, representa una gran paradoja que debiera ser considerada. Sus electores siguen fieles a los nombres de los partidos que conforman la alianza política llamada concertación.
 
El hecho de habernos convertido después de esta larga serie de gobiernos de centro-izquierda en unos de los países del planeta en que la distribución del ingreso es de las más desiguales, da cuenta del precario estado de esa legendaria palabra. Igualdad.
 
Otra palabra destacada, la libertad, tampoco ha ganado mucho después de que fue relegada, encarcelada y hecha desaparecer por completo. La libertad de expresión por ejemplo, ha sido completamente distorsionada por la monopolización oligarca de la propiedad de los medios de comunicación escrita, radial y de TV. Y aún existen presos políticos en virtud de la aplicación de leyes específicas de represión, como fue el caso que afectó a campesinos mapuches, que deberán pasar una década en la cárcel por hacer una manifestación incendiaria de protesta por situaciones de desalojo  de sus tierras a las que han sido forzados en la historia reciente.
 
Tal vez sea la exitosa administración política de los nuevos conflictos que emergen de esta sociedad revolucionada por el desarrollo capitalista el verdadero arte que mantiene a flote a sus gobernantes.
 
 La inseguridad de aquellos que están teniendo acceso a los bienes materiales que les es posible obtener gracias a los efectos de la globalización que ofrece sus bajos precios y a las políticas crediticias que ofrece el mercado financiero que ha prosperado en virtud de las políticas económicas seguidas en los últimos decenios, parece ser parte o consecuencia de la opción impuesta mediante un engaño sin precedentes. Los electores concertacionistas siguen el camino de aquellas mujeres que saben que son engañadas y no son capaces de enfrentar esa realidad, huyendo al refugio de la conformidad matrimonial, institucional.
 
Es así como una buena parte de la población, se siente llamada a exigir de sus gobernantes seguridad, seguridad que es amenazada por la población que vive en la miseria. Por aquellos que son nada. Por aquellos que habitan en los barrios periféricos, donde existen esos nidos de delincuencia. Así lo corrobora cualquier encuesta de opinión en donde la “seguridad” de las pertenencias de los encuestados ocupa un lugar top.
 
Los agentes pensantes de la concertación, creen que es el momento de encarnar a esa gente que tiene acceso al consumo, representándoles que son sus gobiernos los que han permitido entrar al maravilloso mundo digital de tarjetas de crédito que les permite acceder a computadores portátiles que los transportan viajando por el espacio virtual, a la posesión de automóviles nuevos al alcance del bolsillo o del tamaño de la plástica tarjeta de chileno medio, y a teléfonos celulares que son capaces de fotografiar y filmar sus fugaces momentos de felicidad.
 
Son los modernos padres de la patria que promete la incipiente sociedad de consumo que comienza a vislumbrarse. Y son también por cierto, los naturales llamados a mantener el orden que garantice la seguridad de esos logros.
 
Pese a todo, existe un espacio para desarrollar una política desde la izquierda, sobre todo por que no existe política tal en la realidad. La marginalidad de la izquierda llamada extra parlamentaria, y la infinidad de posiciones distintas en su seno, ha hecho que su accionar hasta el momento, haya resultado completamente estéril.
 
 Por otro lado, la permanencia de la mayor parte de la izquierda en los partidos de la alianza concertacionista, principalmente en el partido socialista, no ha tenido mejores resultados de acuerdo a lo que hemos destacado. Peor aún, ha sido la piedra angular para disuadir a los sindicatos, colegios profesionales, estudiantes y otros, cuando han reaccionado frente a conflictos generados por las políticas económicas neoliberales que lesionan frontalmente sus intereses.
 
No es casualidad entonces, que el oficialismo, como en un acto fallido, haya denominado “ conflicto mapuche” a un verdadero conflicto entre el pueblo mapuche y el estado chileno que disputan un mismo territorio. Territorio que ahora el estado de Chile ha puesto en manos de la expansión depredadora de empresarios de la madera y la energía.
 
Es así, que el velo de niebla se disipa cuando se tensan las situaciones y se toman posiciones frente a un auténtico conflicto, es así que la causa del pueblo mapuche es la causa del pueblo chileno unidas por anteriores contradicciones no resueltas y que se cruzan por nuestros tiempos una vez más.
 
 Ambos pueblos sufren las mismas consecuencias de la expansión avasalladora del capitalismo, traducidas, una en el conflicto de los comuneros mapuches con el estado chileno que cautela el orden de las cosas, y la otra, en el conflicto de aquellos obreros contratados por empresas subcontratistas que reaccionan contra el mismo estado cautelar, por las consecuencias del cambio en las reglas del juego que permite el abuso de los empresarios.
 
 Reglas del juego en ambos casos, cambiadas en la etapa previa de la expansión capitalista o en la etapa posterior a la derrota del pueblo como quiera llamársele. Ambas fechas coinciden en el tiempo del oscuro período dictatorial y que posteriormente la concertación se ha encargado de hacerlas presentables, pero sin modificar sustancialmente aquellas reglas que se trastocaron para consumar la expropiación de los derechos de ambos pueblos.
 
De manera que no es una actitud sentimental la de aquellos que toman partido por los débiles, puesto que la debilidad es el hilo conductor que une los conflictos verdaderos generados en nuestra sociedad, ella es consecuencia de causas equivalentes, es el cable a tierra que debiera centrar la política de la genuina izquierda.
 
Mirar hacia las raíces no es huir a la montaña y hacer una puesta en escena para comunicar el rechazo a todo lo instituido. Mirar a Lautaro alcanzar la maestría en el manejo del caballo, es entender y aprender el manejo de aquellos conflictos que seguirán eternamente presentándose en el seno de una sociedad en creciente polarización.