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Agosto 18, 2026

Por qué hay chilenos tan…

Nada hay más verdadero y auténtico que la estupidez. Para desarrollarla, el hombre sólo debe mantenerse alerta a los estímulos externos y que bajo ninguna circunstancia le harán pensar. Tal querer volverse idiota se transforma a fin de cuentas en voluntad en la medida que subyace al anhelo un ansia real y verdadera de querer ser algo. La tontería no es condición inmanente: se elige ser torpe ¿El sistema de las libertades chilenas ha permitido que su población defienda su necedad como un signo de ideales democráticos?

La democracia trae consigo aspectos muy interesantes para el devenir histórico: libertad y justicia como derechos inmanentes para todo ser que habite en sociedad. Esa libertad desafortunadamente, acarrea aspectos negativos en la medida que se transforma en el justificativo común para toda actitud de baja estirpe, para toda voluntad imbuida en el mundo de la nulidad y la torpeza. La mayoría de los chilenos mira televisión todos los días: disfruta de la parrilla programática compuesta de farándula, recetas de cocina, técnicas amatorias y escatológicas, frutales y misántropas (sólo el vil desprecio de lo humanamente humano puede justificar la contemplación continua de toda esa bajeza del alma).

La autodefensa del gusto individual es el único argumento esgrimido por una telespectador cuando se le interroga respecto a qué lo guía a contemplar tanta basura. Sin embargo nada hay más falso que aquel justificativo pseudo relativista: ¿No es acaso el gusto particular el producto de la suma de un pésimo sistema educacional y una atractiva programación televisiva que enseña cualquier cosa menos a reflexionar y a pensar? La realidad es que los chilenos se han vuelto tan estúpidos que encuentran acicate para su goce estético en cuanta payasada morbosa y putrefacta se oferte en televisión, sin importar realmente si se trata de un producto que a fin de cuentas rebaja a la mujer en su condición de género o ridiculiza la creación artística e intelectual.

Sin embargo, al enajenado telespectador poco le interesa la creatividad o el pensamiento independiente ya que otras cuestiones llaman su atención: cerveza, fútbol –la comidilla populachera por excelencia-, senos, teleseries, matinales, mediodías, nocturnos, etc. A modo de ejemplo, las familias chilenas ya están adquiriendo televisores nuevos, tapizando de rayón y púrpura las murallas interiores de las casas, comprando mullidas poltronas y despulgando las habitaciones completas: no se debe escatimar en gastos si lo que se quiere es disfrutar del Festival de Viña como Dios manda. Ecce Hommo Chilensis.

Nuestra desgarradora estupidez ya se puede incluir sin contratiempos al interior de la flamante galería de “tan elevadas” cuestiones que comprenden lo signos distintivos de la nación: un escudo cuyo lema es incitar a la violencia (si no se puede a través de la razón hay que hacerlo a través de la fuerza), El Rodeo que es un deporte que tiene por objetivo la aniquilación inmisericorde de un pobre animal y que prácticamente sintetiza de manera perfecta la relación amo y esclavo del empleador y el trabajador chilenos, y por último la Noche de Brujas cuyo origen celta nada tiene que ver con las raíces históricas del país pero que en Chile se celebra igual, todo sea por contentar al empresariado y a la insoportable y caprichosa prole burguesa local.

Respecto a la burguesía, nada hay más despreciable y vomitivo que su naturaleza misma. Distintos al resto de la población por efectos de la situación económica –lo que se traduce en modas, formas de hablar, goce estético y hasta heces diferenciadas- su poder mayor provoca que se les tome más en serio aún cuando su ridiculez sobrepase los límites del bajo pueblo. Ligados a poderes e ideologías generalmente conservadoras en términos axiológicos e intelectuales, defienden los “ideales” de los antiguos (no de los Griegos, sino de sus familiares Terratenientes) como símbolo de estatus, a tal punto reivindican su caricaturesco patetismo.

¿Y el Gobierno? Quizá por estar a la cabeza de la nación, pudiéramos creer que se trata de un compendio de cordura e inteligencia sin límites, casi como el reino de filósofos ideado por un Platón. Empero es quizá la mediocridad el común denominador de todas las coaliciones, a tal punto sólo se diferencian del populacho por el sueldo obtenido mensualmente. De su labor prefiero ni hablar: ha sido absolutamente deplorable la gestión gubernamental. La pregunta es ¿Cómo han llegado al poder entonces? Si entendemos que ha sido ese pueblo alienado y unidimensional el que ha acudido a las urnas, fácilmente se explica todo. ¿Nos representa el gobierno? Absolutamente: es la cara visible de una nación cuya población es fea, tosca, hostil, instintiva, “graciosa”.

La cuestión que nos llama a reflexionar es la idiotez como símbolo de la nación y que se hace patente desde el mundo intelectual hasta las dietas gastronómicas de las audiencias. Sin embargo ¿Son las masas compendios uniformes de estupidez irrevocable o estructuras humanas que son capaces de elaborar mensajes autónomos respecto a los estímulos del medio, y en realidad la frialdad y la pobreza son elecciones más que rasgos distintivos de la naturaleza propiamente tal? ¿Podrían despegarse del discurso del medio si así lo quisieran y comenzar a transitar por vías diferentes? La realidad indica que estas preguntas no han sido resueltas en la praxis y para que un mundo avance hacia un paraíso dionisíaco es necesario contestar lo básico para inaugurar nuevas interrogantes. Empero, nos encontramos empantanados en la ciénaga de la incertidumbre de la cual parece imposible separarse a no ser que alguien levante la cabeza y contemple la fealdad con ojos desolados. Quizá ahí  podríamos decir que estamos creciendo, mas por el momento es imposible afirmar aquello.

anibal.venegas@gmail.com