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Agosto 18, 2026

Gabinete: ¿qué hay de nuevo?

El tobogán electoral y la pérdida de las mayorías legislativas llevaron al gobierno y sus partidos a un punto de encuentro en el cambio ministerial.   Pese a que Cornejo le resultaba un decé más amigable, la Jefa de Estado debió ceder al fuerte lobby alvearista por Pérez Yoma. Ese fue sólo un ejemplo de compatibilización entre los intereses presidenciales y partidarios, un proceso arduo en el que la clase política gobernante obtuvo harto de lo que esperaba.

El portazo que dio Belisario Velasco al abandonar intempestivamente La Moneda puede que no representara a la clase política, pero sí sirvió para alertar a la Presidenta Bachelet de que la situación había llegado a un límite. La mejor prueba de ello es que al nombrar su nuevo gabinete tuvo sumo cuidado en oír a los partidos. Fue quizás la más vistosa de las consultas que Mandatario alguno de la Concertación haya hecho a los dirigentes de su coalición, convocándolos el fin de semana a su casa en Las Condes. Aunque no hay que exagerar -no se trató de un comité consultivo como los que solía sostener el Presidente Allende con sus partidos-, la nómina resuelta finalmente por la Mandataria demuestra claramente que atendió sus demandas.

En rigor, se trató de una serie de chequeos y contrachequeos por largos días, en la que se buscó acomodar los intereses presidenciales con los partidarios. Pero salvo en lo concerniente a la inclaudicable cuasi paridad de género –que a estas alturas, y al cabo apenas de dos años, es parte del ethos nacional-, la Presidenta debió ceder en su aspiración a un recambio de equipos más pronunciado. No es que éste no haya estado presente en el nuevo ajuste ministerial. De hecho, tres caras nuevas llegaron con tres más conocidas, pero la sola presencia de Pérez Yoma y Bitar impregna, con su pronunciado tinte, el color del gabinete, predominando sobre la sangre nueva.

Si a esto se suma una operadora como Marigen Hornkoln y un miembro del clan Lavados –ambos amigos de Alvear-, se llega a un triunfo de la clase política. Porque estos nombres, así como el del radical Santiago Pérez, fueron fuertemente sugeridos por las directivas demócrata cristiana y radical, respectivamente (en este último caso, para doblar la presencia del partido en el gabinete) . La  socialista esperaba inamovibilidad para José Antonio Viera Gallo y Osvaldo Andrade y la del PPD hizo lobby para que su militante Eduardo Bitrán abandonase OOPP, por considerarlo un técnico con poca ductilidad política, y resignándose al asentamiento de Francisco Vidal, de irritante independencia frente al partido.

Como para neutralizar las situaciones, Bachelet llamó nada menos que al jefe del PPD, así como finalmente se inclinó por el favorito de la jefa de la DC en Interior, bajando la carta de ese partido más amigable para la Presidenta, la del alcalde Aldo Cornejo. En el sector económico social mantuvo la antidupla Velasco-Andrade y defenestró a algunos regalones del gremio empresarial.

Si el cambio ministerial fue menos amplio de lo que se esperaba, tuvo, en cambio, un grado de profundidad en aspectos sustanciales. El ya señalado del recurso a figuras políticas probadas es uno. El otro es el cambio resuelto de eje desde el gobierno ciudadano –cualquiera sea el sentido que quiera dársele a esa entelequia- al del gobierno político, con los partidos como intermediarios del sentir de la gente. Tal vez la Presidenta haya sentido que la desunión actual en su coalición sea un resultado también de la relativa postergación sufrida por los partidos en pleno proceso antinómico entre clase política y ciudadanía. Ante los desafíos electorales llegó la hora de ”empoderar” a las corrientes de opinión, usando una expresión que gusta a la Mandataria. El objetivo es doble: canalizar a la vez la herencia de su gestión, afincada en la protección social, y la supervivencia de la Concertación.

En esta misma línea, fue notable la capacidad del PS-PPD para solidarizar con un aliado en dificultades por la crisis de los colorines, asignándole prioridad para que continuase ocupando Interior, pese a las malas experiencias de sintonía y gestión de los dos anteriores titulares de esa cartera. Tal vez sea prematuro e ilusorio proyectar esa buena voluntad, pero el terreno está dispuesto en estos momentos para que la DC porte la bandera presidencial de la Concertación… salvo, claro está, que el sentido de supervivencia en el poder indique más adelante otra cosa.

Se ha hablado de la necesidad de “empoderamiento” del nuevo titular de Interior frente a la Presidenta y a sus virtuales hombres fuertes, el ministro vocero y el de Hacienda. Pero eso está fuera de cuestión. No sólo por el carácter firme de Pérez Yoma –lo que no le impide ser un político muy dúctil-, sino por el imperativo de ejercer una jefatura de gabinete eficaz. “La Presidenta me pidió gobernar, gobernar, gobernar…” fue la frase inicial del recién juramentado secretario de Estado y ella resume muy bien las características de la segunda fase del período de Bachelet, después de un primer tiempo pródigo tanto  en experimentos como en frustraciones.

Ante el tobogán electoral se produce la plena conjugación de intereses entre el gobierno y sus partidos de sustento. La pérdida de la mayoría en las dos Cámaras del Congreso es un punto de encuentro. Para proyectarse ambos necesitan recuperarse en los próximos comicios. Y el presidencial es sólo la escalera mayor. Para llegar al cielo se necesitan antes varias escaleras cortitas, por las que suben trabajosamente los diversos componentes del oficialismo.