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Agosto 18, 2026

Deudas pendientes o lo que soñamos para un futuro próximo

El fantasma del aplazamiento en la entrega de los primeros maletines literarios a las familias más pobres de Chile para una fecha posterior a la establecida, a saber el 23 de abril que corresponde a la celebración del Día del Libro, destila ese persistente tufillo a la improvisación en materia cultural.

Una manera de hacer las cosas que impuso la misma Presidenta de la República al sorprender a sus equipos, ministras incluidas, cuando anunció el 21 de mayo pasado esta emblemática y millonaria iniciativa que tiene vuelo propio y un derrotero que, sorprendentemente, aún no se inserta y no tiene visos de hacerlo, dentro del Plan Nacional de Lectura.

Y es que no se puede soslayar a este maletín, por más que se desee dimensionarlo sólo como una iniciativa más para fomentar la lectura en Chile, ya que su presupuesto implica varias veces la suma total que se ha destinado para programas que debieran albergarlo sólo como una de sus acciones.

En la DIBAM están tranquilos, pero nerviosos. Nivia Palma dice que nunca aseguró que la totalidad de los libros se entregaría en abril, sino que ésta se haría a partir de entonces. De aquí que se haya puesto metas más realistas, como que para esa fecha sean favorecidas las primeras 10 mil familias y luego realizar las entregas a las 123 mil restantes.

La fiebre desatada por el maletín tiene a las editoriales chilenas y extranjeras abocadas a postular al sistema de compras del Estado. Y es que en caso de ser favorecidas les significará un tiraje sobre los cien mil ejemplares, una cifra que puede marear a las empresas chilenas cuando están acostumbradas a no empinarse más allá de las dos mil unidades.

El maletín ha sido una gran zanahoria para el mundo editorial chileno. Una jugosa recompensa que tiene a todos detrás de ella, y de paso, han quedado rezagados los grandes temas que tienen que ver con el estado actual de la cadena del libro. Es así como demandas en torno a la rebaja del IVA, la lucha por el precio fijo o incentivar la instalación de más y mejores librerías han quedado prácticamente en el olvido. La deuda que tiene el Estado respecto de la lectura en Chile es enorme y la lesión infringida a ya varias generaciones que no leen es cada día más elocuente. Es por eso que cada comienzo de año, hacemos votos para que la urgencia por cumplir ciertas promesas electorales no hagan perder el norte a nuestros gobernantes y que de manera definitiva realicen cambios de fondo, más allá de iniciativas vistosas; que en sus vacaciones al exterior se paseen por las librerías y comparen el precio de los libros y que ojalá, pregunten sin temor, hace cuánto tiempo están en el negocio librero. Un simple ejercicio que estamos seguros podría cambiar el foco de las soluciones, sobre todo, cuando las arcas fiscales están bien dotadas y lo que sólo falta es la decisión política para implementarlas.