En el ordenamiento institucional legado por el sátrapa -tan lleno de astucias, vetos y vericuetos antidemocráticos-, se incluyen las reglas que rigen la organización de los partidos políticos que “operan” en la copia feliz del edén.
Si la constitución heredada de la dictadura tiene como principal característica la de pasarse los derechos ciudadanos por la envoltura testicular, no debiese extrañar a nadie que las arquitecturas partidarias estén a su vez minadas con elementos autoritarios diseñados para disuadir o eliminar a los ácratas, libertarios, díscolos, refuzniks, otkazniks, disidentes, oponentes y otros rompebolas que intentan sacudir la cordial “entente” que reina en la costra transversal que maneja la manija y aprovecha el buen lado del modelito.
Si para acallar las voces discordantes el padrecito Stalin utilizó sus tristemente célebres “procesos” y Joseph McCarthy su no menos infame “caza de brujas”, nuestra democracia mediotintera le otorga a cada partido una herramienta ad-hoc: el Tribunal Supremo, sácate el sombrero y saluda, con un nombre así te acojonas antes de entrar si es que tienes la suerte de ser convocado, que los usos y costumbres de quienes practican la “pregunta” no incluyen el prevenirte de que estás siendo juzgado ni la delicadeza de aceptar alegatos en tu defensa. Sobretodo cuando eres un militante de a pie, de esos que deben limitarse a aplaudir cuando el productor del sarao muestra el cartelito “aplausos”.
Tales Tribunales Supremos tienen otros “detallitos” sabrosones, como el de ser un pelín hocicones y muy poco confiables a la hora de guardar secretos o informaciones confidenciales. Si no me crees pregúntale a Carlos Figueroa, -presidente del Tribunal Supremo de la Democracia Cristiana-, quién hizo pública su renuncia a la instancia partidista luego de que la prensa publicase extractos del fallo de expulsión del senador Adolfo Zaldívar.
El ex ministro del Interior de Eduardo Frei Jr. explicó su decisión argumentando la falta de seriedad de los miembros del Tribunal Supremo que fueron capaces de filtrar un borrador del fallo sobre la situación del “colorín“.
Ya ves, no lo digo yo, lo dice un ex ministro DC: los Tribunales Supremos son pocos serios. Unos cuantos militantes y más de alguna organización Comunal socialistas se quejan de lo mismo: de la utilización del pretendido organismo justiciero para acallar a quienes no se tragan el menú de culebras y culebrones que propone el oficialismo.
Ser decididos adversarios de los secuaces de Pinochet no significa cerrar los ojos ante los tropezones, caídas, renuncios, vueltas de chaqueta, omisiones, olvidos, “ilícitos”, errores, faltas y deslices cometidos por los patriotas que se sacrifican en el poder.
No cuando dicho “sacrificio” se sigue traduciendo por una distribución “vergonzosa” de la riqueza y por los salarios miserables que recibe la inmensa mayoría del personal entregado como carne de cañón a la voracidad del mercado.
Que los Tribunales Supremos -encargados de cerrarles el tarro a los perturbadores del orden- además de injustos son poco serios lo prueba el mismo Carlos Figueroa, quién, luego de renunciar airadamente por las razones ya expuestas (la falta de seriedad de los miembros de su TS), “reconsidera su renuncia tras gestiones de la Directiva de la DC (sic)” y echa patita atrás.
Uno, que no es experto en estas cosas leguleyas, intuye que la Directiva asimilada al poder ejecutivo y el Tribunal Supremo asimilado al poder judicial no debiesen comer alpiste los unos en las manitas de los otros, ni ser susceptibles de presiones cruzadas, ni de influencias ajenas a su eminente función, de otro modo queda claro que no es sólo el Tribunal Supremo el que no es serio sino todo el encatrado institucional heredado de la dictadura, tesis que servidor ha sostenido desde el ya lejano día en que hubo que decir NO.
Con o sin Tribunales Supremos hay muchas razones de decirle a NO a unas cuantas patochadas que tienen al país y al personal en la situación que conocemos, porque no hay ninguna razón, absolutamente ninguna, de renunciar a la lucha por la defensa de nuestros derechos.
Aprovechando la ocasión de recordarle a las Directivas y a los Tribunales Supremos esa frase del periodista Hervé Gattegno que dice:
Si para acallar las voces discordantes el padrecito Stalin utilizó sus tristemente célebres “procesos” y Joseph McCarthy su no menos infame “caza de brujas”, nuestra democracia mediotintera le otorga a cada partido una herramienta ad-hoc: el Tribunal Supremo, sácate el sombrero y saluda, con un nombre así te acojonas antes de entrar si es que tienes la suerte de ser convocado, que los usos y costumbres de quienes practican la “pregunta” no incluyen el prevenirte de que estás siendo juzgado ni la delicadeza de aceptar alegatos en tu defensa. Sobretodo cuando eres un militante de a pie, de esos que deben limitarse a aplaudir cuando el productor del sarao muestra el cartelito “aplausos”.
Tales Tribunales Supremos tienen otros “detallitos” sabrosones, como el de ser un pelín hocicones y muy poco confiables a la hora de guardar secretos o informaciones confidenciales. Si no me crees pregúntale a Carlos Figueroa, -presidente del Tribunal Supremo de la Democracia Cristiana-, quién hizo pública su renuncia a la instancia partidista luego de que la prensa publicase extractos del fallo de expulsión del senador Adolfo Zaldívar.
El ex ministro del Interior de Eduardo Frei Jr. explicó su decisión argumentando la falta de seriedad de los miembros del Tribunal Supremo que fueron capaces de filtrar un borrador del fallo sobre la situación del “colorín“.
Ya ves, no lo digo yo, lo dice un ex ministro DC: los Tribunales Supremos son pocos serios. Unos cuantos militantes y más de alguna organización Comunal socialistas se quejan de lo mismo: de la utilización del pretendido organismo justiciero para acallar a quienes no se tragan el menú de culebras y culebrones que propone el oficialismo.
Ser decididos adversarios de los secuaces de Pinochet no significa cerrar los ojos ante los tropezones, caídas, renuncios, vueltas de chaqueta, omisiones, olvidos, “ilícitos”, errores, faltas y deslices cometidos por los patriotas que se sacrifican en el poder.
No cuando dicho “sacrificio” se sigue traduciendo por una distribución “vergonzosa” de la riqueza y por los salarios miserables que recibe la inmensa mayoría del personal entregado como carne de cañón a la voracidad del mercado.
Que los Tribunales Supremos -encargados de cerrarles el tarro a los perturbadores del orden- además de injustos son poco serios lo prueba el mismo Carlos Figueroa, quién, luego de renunciar airadamente por las razones ya expuestas (la falta de seriedad de los miembros de su TS), “reconsidera su renuncia tras gestiones de la Directiva de la DC (sic)” y echa patita atrás.
Uno, que no es experto en estas cosas leguleyas, intuye que la Directiva asimilada al poder ejecutivo y el Tribunal Supremo asimilado al poder judicial no debiesen comer alpiste los unos en las manitas de los otros, ni ser susceptibles de presiones cruzadas, ni de influencias ajenas a su eminente función, de otro modo queda claro que no es sólo el Tribunal Supremo el que no es serio sino todo el encatrado institucional heredado de la dictadura, tesis que servidor ha sostenido desde el ya lejano día en que hubo que decir NO.
Con o sin Tribunales Supremos hay muchas razones de decirle a NO a unas cuantas patochadas que tienen al país y al personal en la situación que conocemos, porque no hay ninguna razón, absolutamente ninguna, de renunciar a la lucha por la defensa de nuestros derechos.
Aprovechando la ocasión de recordarle a las Directivas y a los Tribunales Supremos esa frase del periodista Hervé Gattegno que dice:
“El rechazo de una evaluación crítica de su acción no es otra cosa en el hombre de gobierno que el síntoma del miedo al vacío” (Hervé Gattegno – “L’irresponsable” – Ed. Stock – 2007).
