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Agosto 18, 2026

Chávez a fuego lento

Como una forma de congraciarse con el mandatario venezolano, los gobernantes social demócratas y aún los conservadores del iberoamericanismo lo felicitaron por aceptar el resultado electoral. Es una forma de expiar su culpa por no poder tragar a un caudillo que recoge muchas de las banderas de justicia social que ellos replegaron al acceder al mando. Si fueran más sinceros debieran concluir que no es sólo una cuestión de estilo la que los separa del fogoso líder caribeño.

Fue a fuego lento que las clases dirigentes latino americanas prepararon el cultivo de caudillos como Hugo Chávez y los que lo siguieron. Durante medio siglo se negaron a descifrar los signos de la revolución cubana y el alcance de los liderazgos de Fidel Castro y el Che Guevara, buscando atajos como la Alianza para el Progreso y la Revolución en Libertad, para finalmente reprimir manu militari la experiencia de Salvador Allende y la insurgencia en el continente. Todo, menos corregir la injusta distribución del ingreso. Hoy es a fuego lento que el Presidente de Venezuela se propone preparar la respuesta a la injusticia social en su país y, por irradiación, en el resto de América Latina. Así debe interpretarse su aceptación del revés electoral de su proyecto de “socialismo del siglo 21”: se ha perdido una batalla “por ahora”.
El episodio probó algo que Chile ya supo con mucha anticipación: que los intentos de transformar la sociedad encuentran dificultades adicionales cuando nacen y se desarrollan con periódicas consultas a la ciudadanía. El cruento combate político se libra en un terreno abonado por valores –y antivalores- ideológicos y culturales de fuerte raigambre y en esas condiciones crecen temores y expectativas. Se fusionan los miedos a que el poder gubernamental asfixie la iniciativa individual y a que se trunquen las esperanzas de que mejoren la economía del país y la calidad de vida de sus habitantes.
En el caso de la “revolución bolivariana” quedó claro el lunes en la madrugada que su mentor, Hugo Chávez, terminó por causar temor y serias dudas por sus audaces propuestas y de que éstas sean viables. Al menos así lo evidenció el alto porcentaje de abstención de un 45 %, factor en el cual el propio gobernante cifró la causa de su derrota, al significarle cerca de tres millones de votos menos que el año pasado. El naciente desabastecimiento puede ser apenas una de las razones de la desconfianza de sus antiguos adherentes; las otras pueden ir desde la desaparición del aire de la popular Radio Caracas Televisión –que endulzó la vida de tantos televidentes del sector C- hasta el intento de perpetuarse en el poder de un hombre que de aquí a 2050 puede desapegarse de la realidad  o simplemente volverse senil. Es difícil aceptar una República en la que los votantes le digan al Presidente Sí a la reeeleción indefinida, porque eso huele  a monarquía, por mucho que aquél tenga que someterse a la ratificación periódica.
Y más que la falta de productos esenciales, puede ser la favorable coyuntura petrolera otra e las razones de la inédita desconfianza de quienes fueron chavistas hasta el año pasado: que el pródigo asistencialismo en vigor se desfinancie en “época de pozos flacos”. Ese es justamente uno de los rasgos del régimen venezolano: un populismo que no llama al esfuerzo productivo conjunto, sino a la repartición de bienes y a la rebaja de la jornada laboral a seis horas. Un objetivo tan plausible, así como el de la previsión para los trabajadores sin contrato, no sólo debe consagrarse en la Constitución, sino también sostenerse en tareas nacionales permanentes, que no dejen a los beneficiarios a merced de bonanzas transitorias. Fue algo que contuvo el “socialismo del siglo 20” de los soviéticos, que ensalzó el stajanovismo como motor de planes quinquenales de desarrollo.
Otro componente de la experiencia venezolana es el mesianismo de su líder. Si bien el liderazgo es esencial con o sin procesos electorales, sus desbordes se ocultan al no someterse a periódicos escrutinios. El poderío de conductores como Stalin, Mao, Tito y Fidel se afincó en el ejercicio de jefaturas de Estados concebidos como aparatos centralistas y represores a la vez. Las experiencias del allendismo y el sandinismo demostraron la alta vulnerabilidad que adquiere este tipo de liderazgos en la exposición electoral, en un cuadro de libertades en el que irrumpen los actos insurrecciónales de sectores sociales y militares, generalmente con concurso extranjero. Chávez sabe todo esto, y por eso que su reacción en la madrugada de la derrota contiene el doble perfil del que se somete a las urnas y, al mismo tiempo, no cederá en su empeño transformador.
Como una forma de congraciarse con el mandatario venezolano, los gobernantes social demócratas y aún los conservadores del iberoamericanismo lo felicitaron por aceptar el resultado electoral. Es una forma de expiar su culpa por no poder tragar a un caudillo que recoge muchas de las banderas de justicia social que ellos replegaron al acceder al mando. Si fueran más sinceros debieran concluir que no es sólo una cuestión de estilo la que los separa del fogoso líder caribeño. Chávez intenta irradiar una transformación a todas luces necesaria en América Latina. Por afinidad ideológica y también por necesidad, algunos se han convertido en sus socios o aliados, desarrollando en ciertos casos  procesos constituyentes similares al suyo.

Puede que los impulsos neo constitucionales en Ecuador y Bolivia se debiliten después de lo ocurrido en Venezuela. Será otra victoria pírrica de las fuerzas conservadoras del continente. Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega y los  que puedan venir son producto de la ceguera de las clases dirigentes y de las castas partidarias que, una vez que llegan al gobierno en nombre del progresismo, no son capaces de romper los viejos moldes. Los de políticas que en los 60 -en nombre de la guerra fría- y a partir de los 80 –Consenso de Washington mediante- han perpetuado la desigual distribución del ingreso en la región. Derrotas como las de Chávez el 2 de diciembre son un accidente, pero la irrupción misma de los líderes de su hechura a comienzos del siglo 21 no es accidental, sino que surge de la lenta cocción de un caldo cultivado por conservadores y neoliberales.