La nueva arremetida contra la Venezuela bolivariana es únicamente comparable por su envergadura con la que en su momento sufrió la revolución bolchevique y la que resiste Cuba desde hace casi medio siglo. Intenta aprovechar los puntos débiles del profundo proceso democrático en ese país, pero está sustentada, sobre todo, en el uso descarado de la mentira apoyándose en la matriz satánica de Chávez, estereotipada desde hace años por los medios de (des)información dominantes. Uno de sus ingredientes fundamentales es la violencia, como se ha visto en las recientes demostraciones contrarrevolucionarias en Caracas y otras ciudades, con la intención de incrementarla progresivamente hasta conseguir que corra la sangre, mientras más mejor. Ofreciendo ríos de dinero y prometiéndoles el oro y el moro una vez que triunfe el golpismo, los conspiradores aspiran a estimular nuevas traiciones entre funcionarios del gobierno y jefes militares corruptos o vacilantes.
Como todo proceso revolucionario que se radicaliza, el venezolano experimenta ya la deserción más o menos encubierta de los que sólo querían cambios cosméticos, aterrorizados al ver venir, con la aprobación de la reforma constitucional por los electores, una transferencia del poder a las comunidades en detrimento de la oligarquía, pero también del Estado burgués y, por consiguiente, de los privilegios enquistados en la burocracia gubernamental. Éste es el punto que quita el sueño a los imperialistas, pues unido a la organización desde abajo del partido de la revolución convertirá en imbatible al pueblo bolivariano y sentará en América Latina un ejemplo muy contagioso de democracia de veras.
El más grave peligro a conjurar en Venezuela, ha advertido la voz autorizada de Fidel Castro, es el magnicidio. Su alerta me ha hecho recordar cuando los combatientes y jefes de la Sierra Maestra le pidieron por escrito no continuar exponiendo su vida en la primera línea por el rudo golpe que su muerte podía significar en aquel momento para la revolución cubana. De la misma manera, un líder de la talla de Chávez es insustituible hoy para la revolución, en Venezuela y en América Latina.
Vivimos una hora de definiciones. Lo que está en juego en Venezuela es la alternativa entre democracia o fascismo en el futuro de nuestra América, aunque algún señorón de la pluma opte ante ella por la invectiva y la banalidad.
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