La verdad es que la movida Cumbre de Santiago, con su cruce de borrascas y contravientos, tuvo el mérito de romper la inercia de este tipo de reuniones, en las que los Jefes de Estado y Gobierno suelen hacer vida social y diplomática inocua, de limitados alcances y repercusiones. Los responsables de la nueva situación no fueron sólo Hugo Chávez y Daniel Ortega, por un lado, y el rey de España y el presidente Rodríguez Zapatero, por el otro; también el matrimonio presidencial de Argentina y el mandatario uruguayo.
Aunque fueron Juan Carlos y el exuberante líder bolivariano quienes capturaron el interés de los medios y la imaginación de los internautas iberoamericanos, no dejaron de ser sugerentes otras imágenes, sólo en apariencia “faranduleras”: la de los Kirchner con sus faltas al protocolo y abjurando del abrazo con Tabaré Vásquez del día anterior, y la de Evo Morales prefiriendo una “pichanga” de fútbol al rígido protocolo de la cena oficial en La Moneda. El presidente de Bolivia, con su llaneza de pastor, dio lecciones una vez más de suprema diplomacia, al reservar la cuestión marítima para las bilaterales y no ufanarse de la goleada de su equipo a los chilenos.
En el ámbito de la antidiplomacia quizás sacó nota máxima el gobernante argentino, por su falta de resultados, y no el venezolano. Porque aquél no manejó el conflicto por la papelera del río Uruguay y accedió a una mediación del monarca español sin prestarle tampoco colaboración. Esto impelió a su contradictor a poner en funcionamiento la cuestionada planta. Por lo menos Chávez persistió en su entendimiento con el presidente de Colombia en pos de un plan de concesiones mutuas con las Farc.
Perdido entre los 22 protagonistas, Lula no pareció dispuesto a ejercer liderazgo alguno, pese a los reclamos de quienes invocan el peso específico de Brasil. La Presidenta Bachelet se esforzó por vocear logros concretos: previsión social para los migrantes y recursos financieros para el saneamiento rural en la región. En un primer momento se presentó como inédito el “retiro” para debatir sobre la deuda social a la que ella aludió en su discurso inaugural, pero allí se incubó, en realidad, el germen de lo que vendría al día siguiente.
En la pública sesión de clausura, Rodríguez Zapatero quiso rechazar los ataques a su antecesor por Chávez durante el cónclave. De pronto toda la carga de la historia contemporánea española estalló. La crispación interna entre socialistas y opositores derechistas ha alcanzado en los últimos meses puntos álgidos, como ocurrió en algunos momentos del gobierno de Felipe González, pero “el espíritu de La Moncloa” cruza las fronteras cuando se ataca a los suscriptores del pacto político firmado en ese palacio, sede del gobierno. Aznar rechaza el epíteto de “fascista” diciendo que no es “nieto del franquismo”, sino “hijo de la democracia”. Juan Carlos de Borbón fue ahijado político de Francisco Franco y preparado por él para que le sucediera en la jefatura del Estado cuando muriese. Pero el rey se convirtió en puntal de la vuelta a la democracia y en decidido defensor de ella cuando el “tejerazo” intentó voltearla. Los socialistas, a su vez, no sólo administran por décadas una economía neoliberal, sino que han replegado sus banderas republicanas, convirtiéndose en sostenedores de la monarquía constitucional borbónica.
Todas estas confluencias están detrás del “¡Por qué no te callas!” espetado por el rey a Chávez. Más atávicamente están los siglos de colonialismo español y en el presente ciertas prácticas de las empresas hispanas que reconquistaron América y que numerosos trabajadores, usuarios, políticos y economistas rechazan. Si a esto se suma el arrasante protagonismo del mandatario venezolano se llega a un cóctel explosivo. Hasta ahora, el chavismo no ha dañado las relaciones dentro de la región, pese a que su líder muestra capacidad inagotable para pelearse con sus pares (y también para reconciliarse: recuérdense Alan García y Ricardo Lagos).
Si el rey está apesadumbrado aunque no arrepentido por su entredicho en Santiago –como reporta la prensa madrileña-, tal vez el presidente Zapatero –así no más le dicen sus connacionales- tiene motivos para pensar que el episodio sirva de pretexto a Chávez para abrir un flanco de lucha con la antigua metrópoli. Y sin contar con un alineamiento interno, porque el Partido Popular ha redoblado sus críticas a la política exterior que ejecuta el ministro Moratinos.
Se reproduce en España lo que le pasa a varios gobiernos americanos de corte social demócrata, que no quieren pelear con Caracas, aunque se sientan distantes de las estrategias cursadas desde allí. En Chile, la Presidenta ha sacado las castañas con la mano de su canciller, pero éste no sólo se solidarizó con Juan Carlos, Zapatero y Aznar, sino que contrastó los “atajos seudo revolucionarios” en otros puntos de la región con la “transformación social” lograda democráticamente aquí.
