Como si se hubieran puesto de acuerdo, el mismo día que los científicos chilenos decidieron salir a la calle a protestar por la disminución en el presupuesto destinado a la ciencia para el próximo año, se anunciaba la publicación de un importante descubrimiento de tres biólogos chilenos en una de las más prestigiosas revistas científicas a nivel internacional.
Fatal coincidencia o una ironía más de las que estamos tan acostumbrados, pues mientras Premios Nacionales de Ciencia se apostaban frente a Conicyt con carteles que exigían más dinero para la investigación científica y la formación de nuevos especialistas, la ciencia chilena recibía el reconocimiento internacional por un trabajo que Estado no valoraba, al menos, en lo básico, como es el financiamiento para desarrollarla. Se trató de una manifestación inédita de una comunidad que está mas habituada a verla recluida en los círculos universitarios o laboratorios, que movilizada luchando por sus derechos. Sin embargo, la participación de los científicos en la vida nacional es muchísimo más activa de lo que el resto de la ciudadanía puede percibir.
La ciencia está presente en todos los planos que importan el desarrollo de nuestro país. Desde los recursos naturales cuya voz es determinante a la hora de obtener la visa para su explotación hasta los descubrimientos que nos hacen maravillarnos con lo mínimo, como lo hace la nanotecnología, o con lo inconmensurable, como la astronomía. Ellos están ahí, anónimos la mayoría de las veces, pero siempre atentos a las decisiones políticas que no se atreven a comentar al vuelo sino hasta que cuentan con un diagnóstico completo y responsable sobre el que sientan sus opiniones.
La disminución de los dineros destinados a la ciencia en Chile es una bofetada a una comunidad que ha aumentado explosivamente y que requiere de condiciones mínimas y ojalá más que eso, para cumplir con una vocación y un compromiso con el bienestar y desarrollo de nuestro país. Y más allá de la perplejidad que produce la lectura inicial de la autoridad de Conycit de esta protesta, en el sentido que se trataría de una “celebración, una fiesta ya que los científicos no tienen dónde reunirse”, hay que ponerse serios y llegar a la preocupación porque no se trata de unos pesos más o unos pesos menos, sino que de la falta de una Política de la Ciencia en Chile. No puede ser que un gobierno destine más de un uno por ciento del Producto Interno Bruto y el siguiente lo disminuya a un 0,7, como el actual.
En momentos en que se está desarrollando la discusión presupuestaria en el Congreso, el foco debiera estar en los fondos indispensables para no retroceder. Sin embargo, la comunidad científica debiera declararse en “Estado de emergencia”, debiera organizarse y llamar la atención de tanto parlamentario indolente para que a la hora de votar sepa exactamente porqué lo está haciendo. Asimismo, debiera diseñar una estrategia más largo plazo para obtener de cada uno y una de los próximos candidatos presidenciales, un compromiso concreto y firmado de lo que pasará a partir del 2010 con la ciencia, de otro modo, esta triste historia se volverá a repetir.
La ciencia está presente en todos los planos que importan el desarrollo de nuestro país. Desde los recursos naturales cuya voz es determinante a la hora de obtener la visa para su explotación hasta los descubrimientos que nos hacen maravillarnos con lo mínimo, como lo hace la nanotecnología, o con lo inconmensurable, como la astronomía. Ellos están ahí, anónimos la mayoría de las veces, pero siempre atentos a las decisiones políticas que no se atreven a comentar al vuelo sino hasta que cuentan con un diagnóstico completo y responsable sobre el que sientan sus opiniones.
La disminución de los dineros destinados a la ciencia en Chile es una bofetada a una comunidad que ha aumentado explosivamente y que requiere de condiciones mínimas y ojalá más que eso, para cumplir con una vocación y un compromiso con el bienestar y desarrollo de nuestro país. Y más allá de la perplejidad que produce la lectura inicial de la autoridad de Conycit de esta protesta, en el sentido que se trataría de una “celebración, una fiesta ya que los científicos no tienen dónde reunirse”, hay que ponerse serios y llegar a la preocupación porque no se trata de unos pesos más o unos pesos menos, sino que de la falta de una Política de la Ciencia en Chile. No puede ser que un gobierno destine más de un uno por ciento del Producto Interno Bruto y el siguiente lo disminuya a un 0,7, como el actual.
En momentos en que se está desarrollando la discusión presupuestaria en el Congreso, el foco debiera estar en los fondos indispensables para no retroceder. Sin embargo, la comunidad científica debiera declararse en “Estado de emergencia”, debiera organizarse y llamar la atención de tanto parlamentario indolente para que a la hora de votar sepa exactamente porqué lo está haciendo. Asimismo, debiera diseñar una estrategia más largo plazo para obtener de cada uno y una de los próximos candidatos presidenciales, un compromiso concreto y firmado de lo que pasará a partir del 2010 con la ciencia, de otro modo, esta triste historia se volverá a repetir.
