Resulta incoherente de parte de los medios el llenar páginas y páginas con tanta crítica negativa al reciente Congreso Ideológico de la Democracia Cristiana, pretendiendo asustarnos con una alegada izquierdización de dicho partido, mientras se silencia o apenas se menciona su más trascendente decisión. Esto es el apoyo unánime de dicho Congreso al cambio de la Constitución de 1980, impuesta por la Dictadura en una parodia de acto cívico, como fue el fraudulento plebiscito de 1980.
En el Congreso DC, se ha llamado formalmente a la adopción de una nueva Constitución, que ponga fin al presidencialismo de la Constitución actual y adopte un nuevo régimen político, que contemple la figura de un Primer Ministro, que ejerza la jefatura del Gobierno, mientras el Presidente de la República conserva la jefatura del Estado, y ello junto con la adopción de un Parlamento unicameral.
Respecto de este último aspecto, hay que destacar que la vigencia de la Constitución de 1980 ha conllevado el desprestigo permanente del Senado, primeramente, por la incorporación de los senadores designados, lo que significó una antidemocrática representación minoritaria para la coalición mayoritaria durante sus 3 primeros gobiernos. Pese a su eliminación por la reforma constitucional de 2005, en la práctica, la institución ha sobrevivido, merced al antidemocrático sistema binominal, que asegura un cupo a cada coalición, unido a la opción de presentarse sólo o “blindado” en la lista respectiva, con lo que se asegura el asiento senatorial al margen de la voluntad ciudadana, por la sola designación partidaria previa. Por otra parte, resulta del todo incoherente que se creen nuevas regiones que carezcan de representación senatorial, como ha estado ocurriendo. Tampoco se justifica la preservación de un Senado que cumple prácticamente las mismas funciones de la Cámara, aunque con una más pobre representación que aquélla, en virtud de lo recién señalado.
Finalmente, la preservación de la Cámara Alta sólo se traduce en una absurda actitud de nuestros representantes, que conciben el paso de la Cámara al Senado como una suerte de ascenso, con algún halo aristocratizante bastante ridículo.
Por ello, hay que felicitar al ex Presidente Frei por su decidido apoyo para la adopción de una Constitución genuinamente democrática que nazca del poder constituyente originario.
Curiosamente, esto nadie lo comenta.
Respecto de este último aspecto, hay que destacar que la vigencia de la Constitución de 1980 ha conllevado el desprestigo permanente del Senado, primeramente, por la incorporación de los senadores designados, lo que significó una antidemocrática representación minoritaria para la coalición mayoritaria durante sus 3 primeros gobiernos. Pese a su eliminación por la reforma constitucional de 2005, en la práctica, la institución ha sobrevivido, merced al antidemocrático sistema binominal, que asegura un cupo a cada coalición, unido a la opción de presentarse sólo o “blindado” en la lista respectiva, con lo que se asegura el asiento senatorial al margen de la voluntad ciudadana, por la sola designación partidaria previa. Por otra parte, resulta del todo incoherente que se creen nuevas regiones que carezcan de representación senatorial, como ha estado ocurriendo. Tampoco se justifica la preservación de un Senado que cumple prácticamente las mismas funciones de la Cámara, aunque con una más pobre representación que aquélla, en virtud de lo recién señalado.
Finalmente, la preservación de la Cámara Alta sólo se traduce en una absurda actitud de nuestros representantes, que conciben el paso de la Cámara al Senado como una suerte de ascenso, con algún halo aristocratizante bastante ridículo.
Por ello, hay que felicitar al ex Presidente Frei por su decidido apoyo para la adopción de una Constitución genuinamente democrática que nazca del poder constituyente originario.
Curiosamente, esto nadie lo comenta.
Rafael Enrique Cárdenas Ortega
