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Agosto 18, 2026

¿Hombres libres?

El gobierno aparece cediendo a las fuerzas más represivamente conservadoras del país, en su enfoque del asesinato del cabo de Carabineros Cristián Vera, y al cerrar “las grandes alamedas”. El problema es que no hay realmente “hombres libres” que transiten por ellas, al convertirse los manifestantes en rehenes de los vándalos y al vivir cercados éstos y sus vecinos por la exclusión, la falta de oportunidades y el narcotráfico que llena los vacíos.

Las fiestas de Unidad Nacional que constituyen el 18 y 19 de septiembre tienen, desde hace 34 años, un ominoso prolegómeno: la conmemoración del 11 de septiembre. Parafraseando a Neruda, las balas del Golpe de 1973 acribillaron el pecho del Presidente  derrocado (de todos modos atacarlo fue un asesinato; de cualquier manera permanecer en el puesto fue un suicidio) y de los miles de chilenos perseguidos en los años siguientes. Se abrió así “un manantial morado. Pasan y pasan los años. La herida no se ha cerrado”.

El vate se refería, con esos versos del “Romance de los Carrera”, especialmente a la ejecución del tercero de los cuatro hermanos, José Miguel. Y si esa herida causada en 1821 no se ha cerrado, menos puede esperarse de la que se infligió a una generación de chilenos que aún sobrevive. Si bien la pugna de o’higginistas y carrerinos se da entre  unos pocos, a un nivel más masivo la figura del Director Supremo que abdicó se ha hecho más controversial con los años, en especial durante aquellos en que Pinochet quiso equipararse a él, creciendo, en cambio, la del guerrillero romántico Manuel Rodríguez.

A comienzos de los ‘80, en un acto por Neruda en el teatro Caupolicán, encabezado por su viuda Matilde, el “Canto a O’Higgins” recibió pifias, mientras que las “Tonadas de Manuel Rodríguez”fueron coronadas con clamores. En estos días de cercanía al Bicentenario, el conservador Canal 13 de Televisión ha revivido la polémica histórica, con sus telefilmes sobre esos tres “Héroes”. Tal vez a pesar de las autoridades de la Universidad Católica, la figura del “cautivo de Til Til” parece haberse impuesto una vez más en la imaginación popular.
  
Pero las disparidades de criterio no opacan en nada la fiesta que todos los chilenos –patrones y empleados, de izquierda y derecha, militares y civiles, niños y viejos- sienten como suyas. No hay contaminación alguna -hasta la parada militar concita emociones generalizadas más o menos ocultas-, salvo, claro está, la inveterada costumbre a beber más de la cuenta, convirtiendo en potenciales suicidas y asesinos a peatones y automovilistas irresponsables.

La que está absolutamente contaminada es la conmemoración del 11 de septiembre. Allende, en sus palabras finales, expresó su convicción de que “de nuevo se abrirán las grandes Alamedas, donde transite el hombre libre”. El problema no es sólo que las autoridades hayan querido cerrar el paso de la Alameda santiaguina y amurallado La Moneda, sino que no haya personas realmente libres que las transiten. Si quienes buscan ejercer su derecho a manifestarse son hoy rehenes del vandalismo lo son, en definitiva, por culpa de un Estado que sabe reprimir, pero no resolver los graves problemas que cultivan el caldo de la violencia social. Ellos pugnan por desfilar por el centro de la ciudad y  se encuentran con una formidable fuerza disuasiva dispuesta por los mismos que se abrieron camino al gobierno a través de las protestas y las acciones callejeras de los años ‘80. A media tarde. los  trabajadores, temerosos, pugnan por regresar más temprano a casa, antes de que los deje la micro y queden a merced de matones y delincuentes. 
 
En los barrios marginales viven jóvenes y mayores que tampoco son libres, cercados por las desigualdades, la exclusión y la falta de oportunidades, lo que los deja cautivos –a una parte de ellos- del resentimiento, la violencia, el narcotráfico que llena los vacíos y la droga misma. Convertidos algunos en “soldados” de los más poderosos y otros en miembros de pandillas asistémicas, acceden a armas o aprenden a hacerlas rudimentariamente, para atacar comercios, escuelas y, por supuesto, a los carabineros, símbolos de la represión del Estado que poco o nada les da. Los buenos vecinos quedan, a su vez, presos de estos elementos.

Esta es una realidad que explota cada 11 de septiembre y también en cualquier movilización propicia, hasta en los festejos de los triunfos deportivos. Si bien se trata de unos pocos, sus acciones son igual de sintomáticas, expresivas de males no resueltos y muy contaminantes, hasta el punto que pueden hacer variar el clima social y político. En ese sentido, las Fiestas Patrias dan lugar a una tregua y expresan, en definitiva, el anhelo de cohesión social de una comunidad que quiere ser tal, constituyendo una Nación justa y equitativa con sus miembros.

Los chilenos necesitan aprender a transitar entre el 11 y el 19 de septiembre, días del Golpe militar y del Ejército, respectivamente, extrayendo la lección de que (Neruda otra vez) “Patria sin libertad es pan, pero pan amargo”. E indigerible sin justicia, habría que agregar.