Desde niño aprendí que la violencia no proviene del pueblo. En más de 60 años de vida lo he comprobado: es el método histórico usado por las oligarquías latinoamericanas, cuando se trata de defender sus intereses. Sin lugar a dudas que “estos delincuentes encapuchados” son parte, no solo en Chile, sino que en toda la América morena, de un destacamento especial, ideado por la metrópoli y pagados por ellos, para hacer creer que las reivindicaciones sociales y económicas de los pueblos, son intrínsecamente co-naturales a la violencia y al desorden.
Desgraciadamente ese es el cuadro y la imagen que presentan los medios de comunicación, obviamente a su servicio remunerado. Es una forma conciente y maquiavélica de silenciar el descontento, legitimar los estados policiales y el robo a manos llenas de los recursos nacionales.
Creo, en este sentido, que los movimientos sociales deberían ser más creativos y originales en realizar alternativas de protesta, que ponderen y obliguen a la prensa y a la opinión pública, a disociarse de la violencia oligárquica y poner el énfasis en sus reivindicaciones, que son en definitiva el origen de las protestas.
La experiencia de los procesos sociales en América Latina, indica claramente la infiltración de manos negras que buscan desvirtuar las legítimas aspiraciones populares. Si las izquierdas no aprenden, ni asumen esta realidad y esta lección, terminarán por ser confundidas y amalgamadas con lo que precisamente busca la metrópoli y el actual gobierno de Chile, conocida Madraza fundamentalista del modelo neo-liberal.
De no hacerlo, estaremos consintiendo e impulsando a los pueblos a una nueva Edad Media y al oscurantismo, cuando, la verdad de las cosas, es que necesitamos abrir un camino urgente hacia un nuevo Renacimiento.
Gustavo Mártin Montenegro
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