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Agosto 18, 2026

Televisión digital

En relación con la norma a adoptar para nuestra futura televisión digital, sin lugar a dudas, la prioridad para nosotros los televidentes está en la variedad de señales, más que en la alta definición, sobre todo ante el ningún pluralismo actual, que afecta a la televisión, así como a nuestro periodismo en general.

Curiosamente, quienes defienden la norma norteamericana nada dicen al respecto, no obstante la posibilidad de un mayor número de señales que ofrece la norma europea.

Para subrayar nuestra grave carencia de pluralismo, vale la pena destacar que, con excepción de Cuba, nuestra prensa escrita debe ser la más pobre del Continente y que, aunque parezca increible, existe actualmente menos pluralismo que durante la Dictadura, el que se expresaba en diversos semanarios, el Fortín Mapocho y el diario La Época, en tanto que en esta democracia de mentira en que vivimos, dicho mercado está restringido a dos gigantes, que comparten un ideario político derechista.

Los canales abiertos de televisión nacionales a través Anatel, se han pronunciado a favor de la norma americana, que es la que permite menor variedad de señales. Esto lo han hecho mediante declaraciones de todo tipo, incluyendo inserciones millonarias en la prensa escrita y cartas de sus directivos, pero siempre evitando el debate público y adoptando, en cambio, una paternalista y falsa actitud de supuesta defensa de lo intereses y derechos de los televidentes a la alta definición, cuando, en verdad, lo que cualquiera con algo de sentido común percibe, es la desvergonzada cerrazón de dicho grupo de privilegiados ante la posibilidad de algún pluralismo futuro, el que se vería favorecido por la señal europea y su mayor cantidad de señales.

Hay que agregar que a los integrantes de Anatel también les asusta la posibilidad de tener que repartirse entre más partícipes un mismo paquete publicitario, pero dicha actitud es tan inmoral e impresentable como si los ricos plantearan tal argumento para oponerse a una mejor distribución del ingreso.

Hay que recalcar que estos actores sólo defienden sus intereses y, consecuentemente, son los menos indicados para tomar una decisión que, por su trascendencia y repercusión ciudadana, es esencialmente política. Es de esperar que las autoridades no sigan despreciando a la ciudadanía afectada, como ya ocurrió en el caso del Transantiago.

Finalmente y en relación con los costos, la situación de una norma japonesa adoptada por un solo país (Brasil), otra norteamericana, adoptada por sólo 3 (sintomáticamente, sus vecinos, Canadá y México y Corea del Sur) y una norma europea adoptada por más de 100 naciones, ello, sin duda, debiera otorgar ventaja a la norma europea.

Rafael Enrique Cárdenas Ortega.