Como sociedad que es influida por su devenir, en tanto los procesos sociales son dinámicos por esencia, también podemos visualizar mecanismos psicológicos e ideológicos como sustentadores de un orden social que brinda la vana esperanza de certidumbre y seguridad. Introducidas estas básicas nociones de psicología social, podemos animarnos a comprender y poner en contexto la visceral reacción que han tenido las ideas del prelado Goic respecto de los “sueldos éticos”.
Sin duda, lo que hemos venido escuchando de boca de algunos actores de nuestro mundo social- país constituye una poderosa muestra de la angustia que genera en ciertos sectores la sola idea de cambiar el esquema que domina nuestro contrato social. Hemos sido testigos de la acalorada defensa de los intereses propios por parte del los detentadores del poder político y económico, actitud, por lo demás muy enraizada en las psiquis de muchos; anclados al pavor de perder unas cuantas “lucas” en beneficio de los parias que nada tienen.
Para Evelyn Matthei, hablar de sueldos éticos resulta contraproducente; sin duda que no ha sido ética lo que circula por nuestro flamante congreso nacional desde el escándalo de los sobresueldos (nada éticos por lo demás) hasta aquí. Y así han sumado y seguido declaraciones de unos y otros deslindando responsabilidades, pero sin el menor ánimo de siquiera acercarse a la resolución de uno de los más graves problemas que presenta esta democracia: la inequitativa distribución del ingreso.
Análisis económicos (Fazio, 2007) describen cómo en el año 2006 la concentración de la riqueza en manos de solo 10 grandes consorcios empresariales aumentó considerablemente respecto del año anterior, al ver incrementadas sus utilidades en un 60%. Esta maravilla del modelo neoliberal no se traduce en mejoramiento de salarios y nos muestra una vez más que la política del chorreo siempre fue un gran embuste.
De ahí que resulte absolutamente concordante la vehemencia con que es defendido el status quo que permite que sólo unos se beneficien de ser parte de una de las economías más pujantes de Sudamérica. Es como si una parte de nuestro país no estuviera listo para esa maduración personal que supone entender que lo que no es ético en todo este debate y, en definitiva dentro de nuestro ordenamiento social, es precisamente continuar con este discurso reaccionario de poner los intereses propios por sobre los del colectivo social, quien es el finalmente quien construye esta nación; todos quienes soportan sin queja extensas jornadas de trabajo en condiciones laborales muy precarias, muchas veces sin siquiera mínima seguridad, atropellados en sus derechos una y otra vez.
Sin embargo, la buena lección de todo el acalorado debate surgido es precisamente que la ciudadanía pueda ver quien es quien en la defensa de sus intereses en este país tan acostumbrado al sálvese quien pueda.
Por otro lado, se debe también reconocer que el saberse éticamente incorrecto puede ser una carga mental demasiado intolerable, frente a la cual es preciso defenderse con mucha fuerza, tal y como lo han venido haciendo todos estos personajes de nuestra política nacional.
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**Psicóloga chilena, Máster en Criminología y Psicología Forense.
