A menos de dos años que termine su gobierno, la presidenta Michelle Bachelet inicia un proyecto que bien podría haber propuesto cuando comenzó. Nos referimos al denominado Centro Cultural Ciudadano Gabriela Mistral, una iniciativa que se asentaría en lo que es hoy el semidestruido Edificio Diego Portales. Este sería la gran obra, el mega proyecto como dirán los anuncios, que el presente gobierno realice en la conmemoración de los 200 años de vida independiente de nuestro país. Así como lo fue la construcción del Museo de Bellas Artes y otras obras patrimoniales en el marco del Centenario, la actual administración ha decidido homenajear a Chile con esta empresa y, de paso, hacerse cargo de una necesidad urgente.
En el olvido quedaron las cuatro promesas presidenciales que estipulara el programa de gobierno de Bachelet, a saber: “refundar el Teatro Municipal”; implementar un Servicio País para Agentes Culturales; un Plan Nacional de Turismo Cultural y una Bienal Internacional de Artes Visuales. Todas ellas casi olvidadas pero que se recuerdan aquí sólo para que nuestra frágil memoria disponga de algunos argumentos a la hora de ponderar los actuales anuncios.
En el mundo de la cultura y en la corta historia del Consejo Nacional de la Cultura se han realizado múltiples encuestas de usos del tiempo libre, de lectura, de hábitos culturales y más. El diagnóstico está hecho: no contamos con la infraestructura suficiente para la gran oferta cultural disponible.
Pensemos sólo en los cuerpos artísticos estables de la Universidad de Chile: la Orquesta Sinfónica , el Coro Sinfónico, la Camerata Vocal y el Ballet Nacional Chileno, los que se disputan a duras penas el Teatro de la Universidad de Chile para sus funciones. Un espacio de precarias condiciones acústicas y escenográficas, pero aún peores para los artistas, que no cuentan con las facilidades mínimas. Para entender el panorama es necesario decir que la Orquesta Sinfónica la creó el Estado a mediados del siglo pasado y su gestión la delegó en esta Universidad. No le entregó entonces ni hasta ahora, un teatro propio y para ello, La Universidad de Chile ha tenido que arrendar este espacio conocido también como Teatro Baquedano a otra repartición pública.
Un poco tarde, pero urgente es la creación de este Centro Cultural Ciudadano Gabriela Mistral. Multitudinarias presentaciones de ópera en una Estación de Metro o en medio de la Plaza de Armas son hechos elocuentes de que hay un público que quiere y busca cultura, así a secas, sin las distinciones de popular o alta cultura.
¿Por qué entonces las autoridades han decidido realizar un costoso estudio de audiencias? ¿Qué desea saber sobre su público que ya no sepa?
La Universidad de Chile entregó esta semana un proyecto sobre el diseño y gestión de este mismo lugar que involucra a la rectoría, a la Facultad de Economía y Negocios, y a un destacado equipo de arquitectura. De inmediato surgen otras preguntas. ¿Cómo es que el Estado prefiere llamar a un Concurso sin antes conversar antes con la Universidad que le es propia para resolver las urgentes necesidades de los cuerpos estables que le entregó hace 50 años? ¿Por qué la misma Universidad del Estado que es la que cuenta con la experiencia de formar y sustentar cuerpos artísticos no es parte desde ya en las decisiones?
En el mundo de la cultura y en la corta historia del Consejo Nacional de la Cultura se han realizado múltiples encuestas de usos del tiempo libre, de lectura, de hábitos culturales y más. El diagnóstico está hecho: no contamos con la infraestructura suficiente para la gran oferta cultural disponible.
Pensemos sólo en los cuerpos artísticos estables de la Universidad de Chile: la Orquesta Sinfónica , el Coro Sinfónico, la Camerata Vocal y el Ballet Nacional Chileno, los que se disputan a duras penas el Teatro de la Universidad de Chile para sus funciones. Un espacio de precarias condiciones acústicas y escenográficas, pero aún peores para los artistas, que no cuentan con las facilidades mínimas. Para entender el panorama es necesario decir que la Orquesta Sinfónica la creó el Estado a mediados del siglo pasado y su gestión la delegó en esta Universidad. No le entregó entonces ni hasta ahora, un teatro propio y para ello, La Universidad de Chile ha tenido que arrendar este espacio conocido también como Teatro Baquedano a otra repartición pública.
Un poco tarde, pero urgente es la creación de este Centro Cultural Ciudadano Gabriela Mistral. Multitudinarias presentaciones de ópera en una Estación de Metro o en medio de la Plaza de Armas son hechos elocuentes de que hay un público que quiere y busca cultura, así a secas, sin las distinciones de popular o alta cultura.
¿Por qué entonces las autoridades han decidido realizar un costoso estudio de audiencias? ¿Qué desea saber sobre su público que ya no sepa?
La Universidad de Chile entregó esta semana un proyecto sobre el diseño y gestión de este mismo lugar que involucra a la rectoría, a la Facultad de Economía y Negocios, y a un destacado equipo de arquitectura. De inmediato surgen otras preguntas. ¿Cómo es que el Estado prefiere llamar a un Concurso sin antes conversar antes con la Universidad que le es propia para resolver las urgentes necesidades de los cuerpos estables que le entregó hace 50 años? ¿Por qué la misma Universidad del Estado que es la que cuenta con la experiencia de formar y sustentar cuerpos artísticos no es parte desde ya en las decisiones?
¿Por qué el fantasma de la improvisación sobrevuela nuevamente sobre las políticas públicas culturales?
