El tema de la delincuencia va a estar asociado de manera permanente al desarrollo de las sociedades y las formulas político- económicas que éstas elijan para sustentarse. En las sociedades neoliberales que estamos presenciando, el patrón delincuencial va estrechamente ligado al auge de los valores de consumo e individualismo.
Un joven delincuente del Londres Dickensiano de 1830 declaraba en una entrevista investigativa que si no hubiera tantos compradores, no habría tantos ladrones. Ya en esa época se adelantaba al análisis sociológico que un siglo después introdujeran los sociólogos norteamericanos con su matriz criminológica clásica, esto es, ante el bloqueo que las clases segregadas sufren en el logro de metas de éxito impuestas por la misma sociedad, los medios ilícitos se instauran como alternativa válida en la medida que los modos socialmente aceptados se hallan tapiados como un túnel sin salida.
Bajo este prisma, y alejado del discurso oficial, a algunos nos continua pareciendo acertada la tesis de que es la misma sociedad la que crea actividad delictiva, por cuanto produce y reproduce necesidad y hambre de todo aquello que es mostrado en la gran vitrina del mercado como lo que “todo el mundo debe poseer”. En una sociedad embobada con los espejitos de colores que exhibe el mall, no nos debiera extrañar que tanta fascinación por lo material se propague también como virus que produce monstruos a la caza de todo aquello cuanto es promovido de manera tan convincente: celulares, MP3s, Ipods, zapatillas de marca, etc. Todo sirve en la tarea de conseguir lo que hoy en día es tan definitorio del ser humano. Así, la demanda delictiva parece corresponderse muy bien con la demanda de consumo masivo.
Como sea que se plantee la matriz de las circunstancias y móviles para delinquir, debiéramos de una vez por todas darnos cuenta que está siendo el núcleo mismo de nuestra sociedad la que empuja el delito tal como estimula el patrón de consumo a niveles nunca antes vistos, transformando a cada vez más ciudadanos en sujetos de crédito y consumo. No es ni más ni menos que la esencia de la sociedad capitalista, cuya base es la reproducción de un modelo salvaje de competencia descarnada.
Esto, por cierto, no es ninguna novedad; ya Engels lo había enunciado en sus escritos sobre la Ley y el Crimen donde describe la forma como la sociedad misma crea una demanda por el delito, la cual por supuesto, y aunque parezca paradojal, sirve a la mantención y justificación del control social. Si así no fuera, jamás se habría conocido del proyecto de cárceles concesionadas. Bajo este modelo de sociedad, el delito mismo es visualizado como negocio en la maquinaria de la acumulación en manos de unos pocos, los mismos que impulsan el mantenimiento de la desigualdad de que hace gala nuestro país y que condena a sus parias prácticamente a vivir matándose por las migajas que puedan caer de la mesa del señor feudal que es este estado indolente. Demás esta decir que si esas migajas no caen, serán arrebatadas con violencia al no haber otras alternativas.
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**Psicóloga, Máster en Criminología.
