El 30 de julio se apagó Ingmar Bergman. Quizá el máximo cineasta de todos los tiempos, el único que supo, como nadie, filosofar a través del Séptimo Arte. Los grandes problemas que han atormentado a los pensadores fueron precisamente los ejes centrales de toda su basta obra: la moral, dios, la técnica, la existencia y por lo tanto, la vida y la muerte. A través de títulos inmortales como “Persona”, “Gritos y Susurros” o “Sonata de Otoño”, el realizador sueco descompuso al “ser” no sólo de manera ontológica, sino además, ejerciendo una crítica radical a la burguesía moderna.
Es una ardua tarea expresar en meros párrafos el aporte que Bergman ha hecho a la historia del cine y del pensamiento. Es casi como aventurarse en un análisis de la obra kantiana que procure ser exhaustivo, en dos o tres planas. Sin embargo, lo patente está allí, en la obra, más allá de comenzar a divagar en la biografía de este genial artista: esa labor se la dejamos a los inocuos medios de comunicación, que como gentiles propagandistas de la novedad que ellos convierten en noticia, han utilizado la muerte de Bergman como el anzuelo perfecto para engalanar sus aburridos noticiarios y otorgar el cariz “universalista” a sus discursos.
Bergman es ante todo, el filósofo existencialista, que busca al igual que Heidegger en su monumental “Ser y Tiempo”, volver a formular la pregunta que interroga por el sentido del ser. De inmediato se nos viene a la mente “Persona” (1966), la primera cinta protagonizada por la que sería más tarde y durante cinco años su compañera sentimental, la noruega Liv Ullmann. Acá se toma al artista, qué es y por qué es, con qué afán oculta el espíritu y el eidos tras mera apariencia. Una afamada actriz (Liv Ullmann) pierde la voz mientras interpreta a Electra y es enviada a una casa de reposo cercana al mar junto a una enfermera, la espléndida Bibi Anderson. “[…] Es el sueño imposible de ser .No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca”, escribió Bergman en el guión de esta película. “Y en el principio fue el verbo”, es una frase que el cineasta comprende a la perfección, dotando cada una de sus cintas con un maravilloso despliegue literario.
Dios y la muerte son casi el lugar común de la mayoría de sus películas. Desarrolla sus ideas respecto a la existencia a través de la tragedia, volviendo a los orígenes de ésta, plasmando todo su universo creativo amparado en la angustia constante de descubrir que la fe siempre es voluble, pasajera, y sin duda la crisis y el sinsentido sacuden a todo aquel que en edad madura se da cuenta que ha vivido con una venda en los ojos. “Séptimo Sello” (1957) nos narra la historia de un cruzado que de vuelta en la Suecia natal, se encuentra con la muerte y le invita a jugarse la vida en una partida de ajedrez. En una escena inmortal, el Cruzado (Max von Sydow) se confiesa en una iglesia –sin saberlo- con la muerte, y otra vez presenciamos a los actores que sin duda, son el vehículo a través del cual Bergman mismo narra sus inquietantes reflexiones. “Quisiera hablarte con toda la franqueza que me sea posible. Sin embargo, siento que mi corazón está horriblemente vacío. Ese vacío es como un espejo vuelto sobre mi rostro, por lo que me veo obligado a mirarme a mí mismo, con lo cual siento un profundo asco. Mi indiferencia por los hombres ha terminado por colocarme fuera de su comunidad. En realidad, vivo en un mundo fantasmagórico, encerrado por completo en mis sueños y en mis fantasías. ¿Por qué no es posible percibir a Dios con los sentidos? ¿Por qué es necesario que se oculte en la niebla de las promesas expresadas por medio de milagros que nadie ha visto? ¿Cómo podemos los creyentes creer en Él cuando no creemos ni en nosotros mismos? ¿Y qué será de los que deseamos tener fe y no podemos conseguirlo? ¿Y de los que no pueden ni quieren tener fe?”.
Esa es la constante, Dios, la muerte, la existencia. Para los personajes de Bergman, casi siempre hay sólo dos caminos: la locura o la muerte. Quien no se rinda ante una de estas posibilidades, conservará una vida áspera, vacía, tal como el protagonista de “Luz de Inverno” (1962) – una de las películas más alabadas del cineasta sueco-, la fenomenal “Gritos y Susurros” (1972) o “Sonata de Otoño”, la primera cinta que realizó junto a su gran compatriota Ingrid Bergman. Pero no sólo se encargó de desnudar el alma de las “marionetas”, sino que además subyace en la mayoría de su filmografía, una sutil pero enérgica mirada crítica a la burguesía occidental. Basta recordar al azar obras maestras como “Escenas de un matrimonio” (1974) –que devino Saraband (2003), su última película-, “Gritos y Susurros” (1974), la política “El Huevo de la Serpiente” (1976) y la maravillosa “Fresas Salvajes” (1957).
Bergman era austero, sencillo –pero nunca simplista- a la hora de narrar sus historias. Con ínfimo presupuesto generaba maravillosas piezas de buen cine, al contrario de las ramplonas y clichés propuestas hollywoodenses, que al director sueco poco llamaban la atención. Como amante de lo clásico –y es que sus influencias, siempre dijo, las obtuvo del dramaturgo noruego Henrik Visen y el sueco August Strindberg- engalanaba sus películas con discursos literarios, además de ofrecer una serie de cameos a la música que tanto placer le otorgaba. Dominaron un sitial preponderante en los soundtracks de sus filmes, Bruckner, Chopin, Hindemith, Britten y Bach, este último quizá, el que ocupaba el primer lugar dentro de su megalomanía, al punto que tituló su última cinta en honor al cuarto movimiento de la suite nº 5 para chello, Zarabanda. Cabe señalar además que dirigió en 1975 para la televisión de su país, la versión en sueco de la maravillosa “Flauta Mágica”, ópera de otro disidente y crítico de su tiempo Wolfgang A. Mozart.
Su excelente filmografía, claro está, tiene por público objetivo una audiencia culta, sofisticada, amante de las bellas artes y el buen cine en particular. Cuesta entender por el mismo motivo, el tupé con el que la mayoría de los medios nacionales se empecinaron en rellenar los telediarios con la noticia “ha muerto el maestro”, repitiendo hasta el infinito el mismo discurso obtenido seguramente de la Internet o las agencias de noticias internacionales. Por supuesto que Bergman fue esta semana –acaso por un solo día- la novedad, la noticia desechable que luego de un par de horas sería reemplazada por cualquiera de las monsergas a las que nos tiene acostumbrados la televisión, por lo cual dudo mucho que a alguien de las incultas audiencias que regalan rating, realmente le haya importado la enorme pérdida que el mundo del conocimiento y el arte ha sufrido este año.
Nietzsche hablaba del “Ocaso de los Ídolos”, de cómo la axiología platónica y cristiana existía sumergida en la bruma lóbrega de la estupidez e imbecilidad del hombre cuyo espíritu había unido al de la maquinaria y la fe ciega en la ciencia. Creo sinceramente que Bergman es uno de aquellos ídolos que encontró la puesta en la madrugada del 30 de julio de 2007. Murió la leyenda y existirá para siempre el mito; claro, en las conciencias de los amantes del saber y la naturaleza real de la humanidad, porque el resto de la muchedumbre continuará revolcándose alegremente en el asqueroso fango de la porqueriza, peleando por los restos del afrecho que una y otra vez arrojan los dueños y amos del poder.
“Toda la ansiedad que llevamos con nosotros, nuestros sueños frustrados, la incomprensible crueldad, nuestro temor a la extinción, la dolorosa mirada interior a nuestra condición terrenal, han erosionado lentamente nuestra esperanza cualquier otra salvación. El bramido de nuestra fe y la duda contra la oscuridad y el silencio es una de las pruebas mas terribles de nuestro abandono y de nuestro aterrorizado e indescriptible conocimiento.” Persona, 1966.
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