Para estimular los sentidos de la muchedumbre mujeril chilena, y hacerles creer que tienen voz y voto, los medios –amparados en el discurso y señorío gubernamental- reproducen una y otra vez el nombre de una lista de mujeres cuya vida aparentemente es un ejemplo a seguir, y cuyo espíritu e ímpetu sin duda constituyen pruebas fehacientes de que en la nación sí hay espacio para ellas. La ramplonería, la estupidez y el machismo, como siempre, son el trasfondo de todo y se arman de nombres femeninos –cuyos cuerpos sin duda apestan a almizcle- para disfrazar lo que en ningún caso es buen proceder y que en cambio, es nada más que la reificación de la mala conciencia de hombres provistos de horrible apariencia y minúsculo falo.
¿Son todas estúpidas? Por supuesto que no. En nuestra generación, decimos, ya no se puede admitir a un Schopenhauer enunciando que “[la mujer] padece miopía intelectual que, por una especie de intuición, le permite ver de un modo penetrante las cosas próximas; pero su horizonte es muy pequeño y se le escapan las cosas lejanas. De ahí viene el que todo cuanto no es inmediato, o sea, lo pasado y lo venidero, obre más débilmente sobre la mujer que sobre nosotros. De ahí también esa frecuente inclinación a la prodigalidad, que a veces confina en la demencia”. Sin embargo, el tupé con el que se niegan una y otra vez dichos de esta categoría, asombra hasta la locura, y es que cualquiera con media neurona en actividad relativamente constante, se da cuenta que vocablos como “incluir”, “admitir”, “igualar” e “integrar” son nada más que eufemismos para continuar ninguneando a la mujer y destacar su absoluta inferioridad respecto a nosotros los hombres.
Me niego a defender a las hembras: su estupidez actual me parece jocosa, chusca, en cualquier caso merecida y lamentablemente generalizada. Salvo notables ejemplos de mujeres cuyo pensamiento se eleva a las máximas alturas y que por mala fortuna son desconocidas o sencillamente acalladas por el poderío nacional, la mayor parte de nuestras distinguidas apenas alteran mi pensamiento, y estoy seguro, el de cualquier hombre que se considere inteligente.
Aquí ofrezco una mirada superficial –y es que una visión profunda sería desperdiciar caracteres- de algunas de las mas connotadas mujeres del último tiempo en Chile
Michelle Bachelet: Ante todo, la primera mujer presidente de Chile. Carismática, bonachona, exuda autocontrol y buenos modales. Rubia y menuda: se trata sin duda de un ser inteligente. Lamentablemente es la heredera de la tradición “vanguardista” de la concertación de partidos por la estupidez, y ha tenido que pagar por los malos resultados de las tonterías que se crearon bajo el gobierno de su antecesor Ricardo Lagos. El vulgo ya no está con ella: la culpan del infierno capitalino producto del modernísimo Transantiago. Amante de la serenidad y las sonrisas repartidas por doquier: la concupiscencia no va con ella. Por el solo hecho de ser mujer –vagina, senos- continuamente sus dichos son puestos en tela de juicio por los incubus de la oposición y vistos con sospecha por miembros de la misma coalición a la que ella representa. Lejos de todo análisis, creo que su labor en el gobierno era la esperable: mantener el statu quo y fomentar el neoliberalismo.
Paulina Urrutia: Actriz de profesión, ocupa un espacio en la mentalidad chilena por protagonizar la patética y absurda película basada en Sor Teresa de los Andes, y por intervenir en la comidilla del populacho, las teleseries nacionales. Delgada, silenciosa. Se trata de una verdadera sátira: la ministra de la incultura, de la desfachatez. ¿Cuál es su labor en el gobierno? Nada más que regentar lo que no tiene Chile, a saber “cultura”. Una sofista a medias: “soy la persona que más sabe de política pública cultural en este país” dijo a un conocido medio nacional. La frase que la caracteriza mejor es la inversa cartesiana “existo, luego… ¿Pienso? ¿Medito? ¿Imagino? ¿Fantaseo?
Soledad Alvear: Anhela ser presidente de la República. ¿Para qué? No lo sé, ni me preocupa. Nunca he confiado en la gente de boca estrecha: allí no entra la cuchara, apenas la bombilla.
Isabel Allende: Es un chiste, una mentecatez. Lo suyo es el dinero, la prostitución del logos. He leído “Eva Luna” y me reí mucho: excelente comediante. Aparte de las predecibles ganancias económicas, no logro entender cuál es su papel en la literatura, pero en Chile sus libros son algo caros, por lo tanto prefiero utilizar papel de periódico para limpiar los excesos escatológicos de mi mascota. Las vacas insulsas y aburridas que en Chile tiene por colegas, la envidian por llenarse los bolsillos de dinero cada vez que lanza un libro al MERCADO. Y es que contra los gigantes empresariales los minúsculos no tienen opción, especialmente si venden el producto en hojas de roneo y aún más ¡deben aguantar el calvario de contemplar las infinitas existencias acumuladas en los persas nacionales!
Pamela Jiles: Me llama la atención esta rubia escribiente. En sus mejores tiempos, algo aportó a la crítica nacional, pero ahora se ha transformado en un tony, en un payaso modernillo que engalana los prostíbulos televisivos, también conocidos como “farándula”. Su apellido debería ser “giles”. Pertenece a aquel grupo vomitivo conformado por gentuza sin agudeza intelectual, cuya gracia y honra se basa en “decir lo que piensan”. ¿Cuál es aquel pensamiento? Chabacanería, análisis de monsergas pasionales futboleras, prensa, heces y ramplonería en general. Sé que ha escrito dos libros muy “polémicos”; del primero “Fantasías Sexuales de Mujeres Chilenas”, sólo leí 30 páginas en plena librería y no pude soportar ese estilo cargante, mezcla de Henry Miller y lo peor de la pornografía internacional. Del segundo, “Maldita Farándula” no he leído nada, y ni me interesa. Hace poco la observé en la televisión por cable, mientras un macilento periodista le preguntaba respecto a su texto y ésta explicaba que la farándula era casi un símbolo de la “revolución de las masas” contra el poder de las elites. Que la muchedumbre sea idiota es historia aparte, pero que ella trate de justificar el trabajo que le da de comer a costa de las audiencias, me parece abominable. Inadmisible.
Apenas he descrito a un séquito minúsculo de hembras, es verdad ¿Necesito más? Indudablemente. Creo que ya se le ha otorgado suficiente tribuna a la figura abyecta y mercantil de las exiguas mujeres conocidas de la nación. Hay por otro lado –y me encanta admitirlo- madres e hijas con exquisito pensamiento y visión de mundo, pero ese análisis lo dejaré para la próxima entrega. Por el momento, me encanta desentrañar la condición alarmante en la que se encuentra el universo mujeril, cuyo cetro es guiado sin contratiempos por antifilósofos de la peor categoría, cuya visión e ímpetu están sembrando el cáncer de la idiotez generalizada e inmisericorde.
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