Cuando hablamos de arte, indicamos espíritu, pasión, solemnidad, en cualquier caso visión más allá del gusto corriente. Y es que el alma humana encuentra su eco en el lienzo, la piedra, el pentagrama, la luz, la lluvia, el viento, la flora, la fauna y el verbo. Afortunados quienes han sido capaces de elevar la reificación de la emoción y el intelecto hacia el Olimpo, traspasando tiempo y espacio, regocijando al mundo con los efectos permanentes de la creación de hombres únicos y que viven hasta el día de hoy. Los grandes artistas –y no esa especie irregular “modernilla” de última clase que acapara la atención mediática en nuestro tiempo- describieron el mundo a través de los diversos instrumentos disponibles, para que el populacho encontrase en el espíritu ajeno, júbilo, pasión, o simplemente distracción, humorismo y solaz.
Chile nunca ha dado buenos artistas, ni siquiera artesanos. El grupo importante que atesora la nación se debe a la fortuna, al acaso, al azar que quiso premiar a un terruño anoréxico repleto de obesos, con una docena de nombres que generalmente triunfaron en Europa y que en su patria no recibieron más que limosnas. Como todo en Chile –ciencia, técnica, historia y belleza- el arte es una “actividad” pobre, mal pagada, cuyo ejercicio sólo pueden llevar a cabo miembros de la prole “visionaria” de las cúpulas dirigentes, quienes en un ejercicio de increíble “buena conciencia”, desvían la atención de promisorias carreras en el mundo de los negocios –cuya propiedad está en manos de los buenos papis- para ocuparse de la “contingencia” artística nacional. Apellidos añosos, con pasado en Barrio Paris y Londres y ahora presentes en Vitacura y Las Condes, firman por doquier obras, happenings e instalaciones, con el tupé de quien ha pasado por la Academia y ha vivido alguna temporada en la Galia o la nueva York.
Sería injusto tildar a toda la oligarquía bohemia de “imbéciles” o “sin talento”. El fantástico Roberto Matta lo prueba, pero su pensamiento estaba ubicado en la cumbre de la montaña y ni entre el asfixiante mundillo ricachón chileno podía brillar: debía partir. Sin embargo, lejos de este caso peculiar de talento inmanente, continuamente se debe soportar a ese tropel de inútiles sin capacidad alguna, adjudicarse cuanto recurso existe para la realización de películas –vomitivas-, exposiciones pictóricas y otras expresiones cercanas al termino “arte”. De la música prefiero ni hablar: gusta nuestra nación de ceder vigilancia a palurdos –sexo masculino- armados de una artillería patética compuesta por bombo, banyo y berreos, que se lanzan a gritar en nombre del amor y la nostalgia política, con apodos ridículos como “la ordenanza”, “los condenados” y “lucía y la campana” y que osan en llamarse a sí mismos “artistas”, opacando a talentos reales con nombre y apellido, como Verónica Villarroel y Graciela Araya.
El arte es sublime, delicado, generoso pero también ideológico. Como cualquier ente de la construcción social de la realidad, no está exento de política. El gran arte siempre ha sido y es disidente, crítico y conflictivo. No soporto esa costumbre chilenísima, que ora respecto a dar tribuna a esas madres y críos naïf sin ninguna estructura mental desarrollada, que anhelan “la paz del mundo” y la elevación de los valores cristianos y aristocráticos. “Yo le canto una cueca a mi Chile” es la divisa, y que traducida significa “vomito heces en el excusado”. Por supuesto que el oficialismo nacional –comandado por una ministra muy delgada- aplaude de pie la ramplonería y el chauvinismo de los creadores locales, y otorga las mismas bendiciones que durante los 365 días del año terrícola confiere a los prostíbulos chilenos, también llamados Medios de Comunicación Masivos.
Ninguno de los artistas emergentes de la nación me ha llamado alguna vez la atención. Su pulcritud me aburre hasta el paroxismo: demasiado incultos, correctos políticamente –y es que deben rendir justo tributo a los amos que dan de comer- tienen el descaro de perfilar su actitud y personalidad en la nebulosa del vanguardismo criollo, que no es otra cosa que estupidez disfrazada de falso compromiso social e izquierda posmoderna. Su aspecto es lo más atractivo: generalmente rubios, nariz respingada, delgadez extrema, labios rubicundos y ropa adquirida en el último viaje a Lyón y Madrid. El descontento, lo depresivo y oscuro, incluso lo étnico son los temas favoritos, que reproducen hacia el infinito en telas, fotografías e instalaciones, y que instalan en el “Soho” chileno ubicado en el barrio alto capitalino, para deleitar el gusto y el esnobismo de los “amantes” del arte nacional.
Hay algunos que gustan de “trabajar con la chusma” y descienden a los lodazales para fotografiar, pintar o describir el mundo de la pobreza. Hacen “denuncia” y protesta, por media hora o un poco más, para luego encerrarse en los estudios plagados de imágenes de Andy Warhol y Lichtenstein a “oír” la música de las más depresivas bandas musicales inglesas, o bien torturar algún cello o saxofón y canalizar las energías a través del jazz. Quien lea todo lo que acá critico seguro me retará, argumentando que “Chile sí tiene artistas de calidad, o es que no conoces a…”, y aseguro se me tildará de ignorante y mal informado, por desconocer el trabajo de los jóvenes de mi generación. Y es que las críticas no me conmueven, apenas si existen. ¿Han logrado los “creadores” locales sensibilizar realmente, o lo suyo es un ejercicio barato y corriente que sirve sólo para adquirir los recursos de mecenas y las limosnas donadas por “el socialista” gobierno de turno? ¿Se ven cambios reales producto de la materialización del espíritu de los creadores nacionales? ¿Tienen la oportunidad de estudiar las bellas artes quienes provienen de las capas más pobres de la nación?
Lamentablemente el arte aún no surge en Chile: el concepto mismo es vago e incierto. La máxima aproximación a la danza, el teatro y la lírica, el público lo obtiene a través de lamentables programas de televisión que ya ni vale la pena mencionar ni atacar. Acá todavía se respira el vaho amateur, el mero ensayo, la mera voluntad de pero jamás la creación. Me agobia contemplar sin arrobo alguno la última obra de la temporada, el último estreno del mes. Detesto saber que son las mismas vacas de siempre las que pelean la alfalfa otorgada por el gobierno, y que sorprenden una y otra vez al público con sus logrillos y su idiotez.
Falta volver a nuestros orígenes, buscar en nuestra alma y así comenzar a pintar. El azul en Chile es el color por excelencia incluso desde antes de la conquista, y sin embargo continuamos esculpiendo y tallando con escarlata y marfil. Es hora de reivindicarnos y evacuar sobre el poder de nuestros oficiales…
Hace poco escuchaba nuevamente “La Flauta Mágica” del genio Incomparable de Mozart, y me quedo con una frase de la ópera de este gran disidente:
“Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen“ (Un infierno de venganza arde en mi corazón.)
anibal.venegas@gmail.com
