Tal como Los Prisioneros en su momento, como Los Tres, como por estos días ya gira The Police –y anuncia visitarnos para el 8 de diciembre, los grupos cierran ciclos creativos desgastados y sólo asumen su reunión en apego a la buena y necesaria jubilación. Es un denominador tan común como la evolución creativa de éstas, casi siempre marcada por la depreciación mainstrean, de aprecio masivo. Un divisor tan común como encontrar el “factor afrodita” en la causa de dispersión. Siempre hubo una chica guapa, con carácter o hambre de fama envuelta en las historias de ruptura de agrupaciones que parecían inmortales.
¿Sabía usted que al cuarteto sueco Abba le ofrecieron mil millones de dólares por una sola gira mundial a fines de los ‘90? La rechazaron, lo que la mayoría no hace. Soda Stereo viene en el minuto correcto, con su líder y cerebro vigente, con Bossio y Alberty aceptando que es Cerati quien dirige, planifica y atrae, sin miramientos ni lucha de egos. No hay motivos para mirarse las caras. Es subirse, tocar, aprovechar el avance tecnológico de las productoras y llenarse los bolsillos.
A diferencia de las bandas chilenas, que siempre van por el segundo y fallido aire, los Soda no proyectan disco nuevo. Recorrerán el continente, dejarán que “otros” se preocupen del merchandising, de grabar el respectivo DVD en los recitales en River, de abrazarse para la foto y pasar por caja. No esperen un redescubrimiento de la veta creativa del trío bonaerense.
Es la única chance. “Me verás volver” como rezaba parte de “En la Ciudad de la Furia” pero sólo a cobrar parte de la comisión por el inconsciente colectivo. No esperen una segunda parte de la historia. No esperen una restauración del genio creativo, no pidan nuevos “Dinamo”, otro “Sueño Stereo”. No exijan compromiso con el fanático. Para qué ser iluso.
Las etapas pasan. Los tiempos buenos no volverán. Lo demás, es parcial y en culto al dinero. No hay Yoko Ono, ni Javiera Parra, ni Deborah Del Corral que sea capaz de hacerle frente al manojo de billetes. Un flashback que bien vale la pena disfrutar. Aunque sea por una vez y sacrificando el bolsillo. Nadie podrá arrepentirse de gastarse “unas lucas” para ser testigo, protagonista y parte de la historia musical de este lado del mundo. Es absolutamente impagable.
