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Agosto 18, 2026

Sotheby’s: El turno de los artistas latinos

A Latinoamérica le tenía que tocar. Si desde hace décadas los Renoir, Cezzane, Toulouse o Van Gogh han acaparado (y siguen acaparando) las listas de “los más vendidos”, ahora los artistas occidentales del tercer mundo comienzan a ser vistos con otros ojos, con los mismos que antes sólo reparaban en las tierras mediterráneas y bárbaras. ¿Por qué? ¿Para qué?

Los 21,3 millones de dólares en ventas alcanzados por la casa Sotheby’s de Nueva York, donde se subastaron obras de Alfredo Ramos, Botero, Matta o Rivera (que llegaron a un tope de 4 millones por cuadro) demuestran que ahora es el turno para que los latinos se inmiscuyan en territorio que antaño era privilegio de otros; ahora son el “hype” del momento, el nuevo fetiche para los marchantes de arte europeos y americanos, la nueva mercancía transable en el mercado exclusiva para millonarios del norte, el último adorno para decorar las añosas tapias residenciales o museos de grandes capitales del mundo.


Desde hace mucho que el arte perdió su valor real. Si durante algún tiempo, en los albores de la tragedia griega y la modernidad, se creía que poseía una esencia, una cosa en sí, ahora eso está absolutamente revocado. Con la expansión del capitalismo avanzado hacia todos los aspectos de la vida (espiritual, sexual, intelectual) todo cuanto se origina desde la intelección humana se ha convertido a priori, en simple mercancía, mero objeto cuyo valor real “es” en función de otro ente: el dinero. Los 2,6  millones de dólares pagados por “Danza Afro-Cubana” de Mario Carreño ya no escandalizan a nadie, al contrario: se ve con buenos ojos el “valor” que está alcanzando un artista de los “nuestros”. Más allá un Matta {mosimage}{mosimage}{mosimage}vendido en poco más de 2 millones, o el rey de Sotheby’s, Botero, con media docena de cuadros liquidados en una fortuna escalofriante (“Mujer Desnuda” 824 mil, “Mujer a Caballo” 1,02 millones, “Rapto de Europa” 656 mil).  


La compra de este tipo de arte en sumas enormes, evidentemente, no es nada más que por moda y fin comercial.  La crítica a los métodos de prostitución del arte ocupó extensos volúmenes en la obra de Lukacs, Adorno y Marcuse. El fin era analizar, desde una óptica marxista, cómo toda actividad humana, especialmente la de creación artística, se estaba convirtiendo paulatinamente en mero objeto transable en el mercado, perdiendo su real sentido y adquiriéndose de la misma forma que un par de calcetines o una fruslería cualquiera. Sin embargo, es un sinsentido absoluto describir cómo el mercado va acaparándolo todo, cuando en realidad es un hecho consumado que cualquier actividad humana se ha reducido a un mínimo común: algo es un útil en la medida que sea redituable. Fin de la historia.


La crítica ha de estar orientada hacia otra dirección: por qué, si en Chile existen los medios, no hay compradores de arte que llenen las pinacotecas locales de obras de calidad (elevando de una vez la categoría de las “galerías de arte” nacionales). Por supuesto, un aire idealista se respira al lanzar este tipo de sugerencias, sabiendo que si la idiotez es la consigna en la mente de las cúpulas del poder, ipso facto las audiencias no van a exigir lo que nunca se les ha enseñado como posibilidad (¿Cómo amar el arte si la población entera es criada en el mal gusto y la chabacanería?). Que Botero y Matta alcancen precios enormes en las casas de subasta no debe sorprender: lo que si es alarmante es que la materialización del espíritu latino siga adornando de forma inexorable las fastuosas estancias europeas, mientras los de acá continuamos sumergidos en la ignorancia y la estupidez, al tiempo que seguimos idolatrando el neoliberalismo, que tanta dicha nos otorga, como lavadoras que al apagarse arrancan la novena sinfonía o restaurantes chinos por doquier
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