La esperanza fue asesinada por el pragmatismo de quienes entendieron y luego negociaron, un proyecto de sociedad que incluyera a todos los chilenos marginados por simple sospecha durante los años críticos; tiempo cruento y salvaje donde se perdió la tolerancia y se incentivó la agresión.
Pero esa marginación se fue perpetuando a través de otros mecanismos, cada vez más sutiles y descentralizados. Los controles represivos provenientes desde el Estado se trasladaron a las empresas y lugares de trabajo, donde fue anulada la participación y la reflexión. El asalariado carece de poder, no dispone de instrumentos legales que en una situación de equilibrio le permitan defender sus derechos en plenitud. Por esta razón, la masa laboral trabaja con cierta mecanicidad, desempeñando su rol con eficiencia pero sin la voluntad y compromiso que se requiere para mantener una relación de convivencia armoniosa consigo mismo y con los demás.
Hay en esta actitud un desenCanto General, no es posible la epopeya de la producción alcanzada en cifras como consecuencia de un proyecto colectivo de trabajo. No hay relación alguna entre esa productividad y el beneficio social destinado a mejorar la calidad de vida del país. Ni siquiera esa productividad está destinada a mejorar la calidad de vida del propio trabajador que en cuestión opera una maquina o presta un servicio en la función que desempeña.
Todos saben que la rentabilidad está destinada a incrementar el patrimonio o la riqueza de quienes disponen del capital para realizar una inversión. El trabajo humano se ha degradado, es transitorio y efímero, hay una clara descompensación entre capital y trabajo, y este el principal síntoma de la enfermedad sicosomática que afecta a los millones de chilenos que trabajan sin experimentar una sentimiento de felicidad frente al ejercicio de trabajar.
Los salarios están congelados desde hace varios años, es más, no existe relación alguna entre el valor del trabajo y la productividad que genera, el promedio de ingreso de un trabajador le otorga un escaso poder de consumo, en un modelo cuyo fundamento principal es el estímulo de una situación de consumo permanente y a ultranza.
Los chilenos quieren consumir y eso se refleja en las altas tasas de endeudamiento de las familias para mantener un status que es indispensable para vivir con cierta dignidad. Quien no consume está fuera del sistema, entonces es imprescindible disponer de tarjetas de crédito para acceder a diferentes productos que resulta imposible comprar con el salario mensual del que se dispone.
Pero si aún es insuficiente, están los créditos de consumo ofrecidos por el sistema financiero, como por ejemplo, los que ofrecen los graciosos patitos de la propaganda de Banco Estado entre otros. Siempre hay una forma para estimular el endeudamiento; y como la pobreza entre los chilenos es más potente que la abundancia, los asados, las tortas de cumpleaños, el traje de baño playero, el Cola de Mono navideño, se cancelan en cuotas mensuales con intereses.
Así se empequeñece el presupuesto familiar y las liquidaciones de sueldo son cada vez más raquíticas, y la dependencia del trabajador de sus acreedores lo debilita en su potencial rol de liberador de su propio enclaustramiento. No hay posibilidad de reacción frente a un escenario que condiciona sus decisiones en un plano meramente económico, y por tanto, renuncia a ejercer sus derechos de reivindicación en lo social y lo político. Lo primero le resulta ajeno a su condición de individuo autónomo y responsable de sus compromisos contraídos, y lo segundo, le resulta inútil, distante y sospechoso, por la brecha que existe entre su realidad con la realidad de las elites.
Lo que en el pasado articulaba al pueblo con los grupos intelectuales que sustentaban una ideología y un proyecto de sociedad se quebró, y será muy complejo volver a restablecer las confianzas. No puede existir conciencia respecto a un cambio de situación, cuando la propuesta esbozada por las “vanguardias” es en esencia ambigua, habita entre el eclecticismo de la amistad y la enemistad. ¿Son para los trabajadores, aliados o enemigos en la defensa de sus intereses los partidos de la Concertación, los partidos de la derecha, e incluso, los partidos de la izquierda que no tiene representación parlamentaria?.
¿Cuales son la expectativas de un asalariado anónimo, carente de organización sindical consistente, a que aspira en lo material y en su crecimiento personal como sujeto?. ¿Está dentro de las coordenadas el lenguaje político en relación con la problemática de los trabajadores?. ¿En que converge y en que se diferencia?.
Al parecer en la coyuntura actual, las visiones se contraponen, porque la calidad de vida esperada por un ciudadano común, no está representada en el discurso ni en la acción por quienes toman las decisiones en el país. Y el costo de la vida se encarece cada vez más, mientras los niveles de acumulación de la riqueza en grupos económicos cerrados va en claro aumento.
Quien se atreva a detener este espiral e intente un cambio de rumbo, y logre afectar a los asalariados en un encuentro de compromiso para frenar con rapidez y dar un giro a la izquierda, podrá tal vez, restablecer el estado de animo de un país con gente maltrecha, molesta, incrédula, que en determinadas ocasiones ya no cree en Dios ni en sus propias capacidades para revertir esta situación.
