A mediodía, un joven obrero se subió a una micro en la Estación Central y partió rumbo al otro costado de Santiago. En su transito por Alameda vio subir a vendedores de helados y chocolates. Cincuenta minutos después sintió un intenso mareo. Pensó en el calor o en el nerviosismo que le provocaba una entrevista laboral. Tres años sin trabajar en medio de una realidad indiferente; pero era hambre, mucha hambre.
Entonces llevó su mano al bolsillo y contó las monedas que tenía para su regreso. Sin meditarlo demasiado llamó a un vendedor y compró dos helados, pagó con dos monedas de a cien y guardó la última para una emergencia posterior. Relajado, aunque casi con la misma hambre, se bajo en el terminal de buses, miró hacia la cordillera y caminó durante treinta minutos. Extenuado llegó a una constructora, se sumó a una fila de unos treinta hombres y esperó pacientemente la entrevista. El desplazamiento de los trabajadores era lento, por lo que pudo percibir en sus rostros la euforia o la desesperanza.
Cuando estuvo cerca de la oficina se secó la transpiración de su frente con la mano izquierda, y en la puerta escucho una voz enérgica que gritó: “el siguiente: nombre y especialidad”. “Fermín Salgado, maestro estucador”, contestó, y se fue de bruces al piso. Cuando despertó en una posta del recinto, el enfermero le informó: “el capataz me dice que lo siente; pero no está en condiciones de trabajar en esta construcción”. Sin expresividad salió del lugar, y con su última moneda compró otro helado, y marchó pausadamente de regreso a la Estación Central. Tendría todo el tiempo del mundo para caminar ante la ceguera de una ciudad que ya no lo observaba.
El delincuente
Nervioso por el asedio de la policía ingresó a un baño público con malestar estomacal. Se desabrochó el cinturón, bajo sus pantalones y se sentó en la taza de baño. Mientras intentaba superar su estitiquez recordó el crimen que había cometido con su peor adversario, “el trompo”, un maldito que maltrataba hasta su madre. Lo había apuñalado por la espalda sorprendiéndolo en un bar sin darle posibilidad alguna de defensa, y luego, siguiendo su ritual de victimario había lamido la sangre del cuchillo, haciéndolo honor a su apodo de “vampiro”.
Hizo esfuerzo para defecar, pero la tensión de su musculatura le impedía relajarse. Lo intentó en varias oportunidades, pero su organismo no le respondía. De improviso, un ruido ajeno lo distrajo, segundos después, un violento golpe derribó la puerta del baño y aparecieron dos sujetos con pistolas que lo amedrentaron con sus voces: ¡Policía, no te muevas o disparamos”. Y el vampiro cagó.
El Túnel
Cavamos esa noche con mayor intensidad que las noches anteriores, amaneció y continuamos la rutina sin descanso, de vez en cuando bebíamos un poco de agua, hasta que llegamos al punto de salida. Miré sonriente a Gustavo, y luego le ofrecí la picota para derrumbar la tierra que nos privaba de libertad.
Con violencia mi compadre dio su golpe de gracia y salimos con una sensación de triunfo del encierro, solo que al mirar los titulares de la prensa, asumimos que continuábamos siendo prisioneros, aún permanecía la dictadura militar en el país.
Tortura
Tortura
El torturador miró con desprecio al hombre que permanecía tendido y amarrado sobre un catre de huinchas metálicas. Antes de ejecutarlo lanzó sobre su cuerpo un balde de agua fría, y bajó la palanca que conduciría la electricidad, pero la maquina asesina no funcionó. Entonces desenfundó su arma y le disparó a la cabeza, pero las balas se trabaron en el cargador. Decidió quemarlo con un cigarrillo, pero hurgueteó entre sus ropas y no tenía fuego para encenderlo. Entonces quiso morderlo con agresividad pero se le desprendió la placa dental. Pensó que era su día de mala suerte, y decidió dejar la actividad para el día siguiente, así es que salió de la prisión, cruzó la calle, y un vehículo en movimiento lo acribilló a balazos, de las perforaciones no emanaba sangre, solo veneno, un inmundo y contaminado veneno.
Crisis de la fe
El sacerdote se bebió todo el vino de la sacristía, ebrio caminó por el pasillo de la iglesia con un jarro de cerámica vacío. Con una sonrisa irónica desafió con un grito: “Dios, lléname esta vasija de vino” y la vasija se llenó, bebió acelerado hasta volverla a vaciar, y nuevamente pidió: “Dios, lléname esta vasija de vino”, y la vasija se llenó, volvió a bebérsela completa y se quedó dormido sobre las baldosas de la iglesia.
Al día siguiente, lo sorprendió el obispo quien lo citó a su oficina en la trastienda, y con molestia le exigió una explicación. “Monseñor – argumentó el cura –, Dios hizo aparecer en reiteradas oportunidades el vino de mi jarra”. “¿Dios?, replicó el obispo; no mienta padre, Dios dejó de hacer milagros hace siglos”. Entonces Dios decidió ser hombre y renunció a su condición de divinidad.
* Gregorio Angelcos es escritor y periodista, y Encargado de Relaciones Internacionales de la Sociedad de Escritores de Chile.