Para enfrentar problemas mayores los países democráticos organizan un debate de fondo en el que participa la sociedad civil a través de sus asociaciones, sindicatos de trabajadores y de patrones, organismos profesionales, centros de investigación científica, universidades, partidos políticos, en fin, todas las fuerzas vivas de la nación para decirlo en términos apañaos.
En Europa fue el caso con el tema de la energía. En Chile existen métodos más sencillos. Preguntarle a los “expertos” es uno de ellos. Dejarle el problemita al mercado es otro, “The market will provide” decía la Thatcher y soltaba un eructo. Un tercero consiste en poner una oficinita en un edificio cuico, llenarla de incompetentes notorios a cargo de un secuaz inepto e inapto, y dejarles practicar el onanismo hasta que “ponen” (como las gallinas) un proyecto en plan Transantiago. Darle la palabra a quienes sufren o gozan con las soluciones adoptadas no forma parte de la cultura política heredada de la dictadura y tan devotamente preservada hasta ahora. Como todos los países, Chile tiene problemas energéticos y se impone definir una política que trace los lineamientos de una solución. No me refiero a acordarle derechos de destrucción del medio ambiente a los amiguetes que fungen de palos blancos del gran capital, sino a estructurar una política seria y previsora que pudiese guiar las acciones gubernamentales. Los europeos ya plantearon los objetivos de su propia política en la materia: a) Garantizar el derecho a la energía a todos los ciudadanos a un precio competitivo, protegiendo a los más vulnerables. b) Contribuir a la competitividad económica del país porque el precio y la disponibilidad de la energía son factores determinantes para su atractividad, para la inversión productiva y para la creación de empleo. c) Preservar el medio ambiente, porque no se trata de emporcar la naturaleza ni de destruir el entorno en que se vive. d) Preservar la seguridad del aprovisionamiento energético – no a cañonazos, como los EEUU en Irak con los resultados que conocemos -, sino a través de una cooperación internacional fluida con los vecinos productores de energía, y dotándose de suficiente capacidad de generación eléctrica. La utilización de fuentes de energía propias, como el carbón – licuado -, va siendo potenciada gracias a la utilización de nuevas técnicas de control de las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y en particular la que consiste en reinyectar a alta presión y a gran profundidad los gases indeseables. A lo cual estos tigres le agregan el necesario mejoramiento de la eficiencia energética, eliminando o limitando los consumos irracionales. Una vasta campaña de mejoramiento del aislamiento de edificios y viviendas ha permitido disminuir las emisiones contaminantes y reducir el consumo de energía. Una adecuada política de transporte de personas y de mercancías contribuye a los mismos objetivos. La construcción y la ampliación de canales para el transporte fluvial forma parte de esa política, así como potenciar el cabotaje marítimo, densificar la red ferroviaria en el ámbito europeo, desarrollar redes de transporte público de calidad como alternativa al uso del automóvil privado y la introducción masiva de ampolletas de bajo consumo en tecnología fluo, LED o halógena. Como se ve, ni el ciudadano de a pie, ni el sindicalista, ni el militante asociativo, ni el patrón de PYME, ni el profesional, ni el científico de laboratorio son tan bestias como les imaginan los ortodoxos del mercado. Ni tampoco los políticos que respetan la democracia y no viven de buscarle “oportunidades de negocio” a la empresa privada. Estos políticos decentes – que también los hay -, han tenido que renunciar a la energía nuclear en Alemania. Pero en Francia no sólo no la abandonan sino que junto a países del mundo entero invierten presupuestos gigantescos para desarrollar las centrales nucleares del futuro. La construcción del reactor ITER en Cadarache (Francia) forma parte de ese esfuerzo. Tales objetivos no se alcanzan en 48 horas, ni con 23 medidas tomadas de prisa cuando todo se va al peo. Recuperar la nobleza y la influencia de la política ante el desorden y el burdel del mercado pasa por ese sencillo mecanismo: que se nos encienda la ampolleta y no nos limitemos a aceptar que un grupito de mangantes decida por cuenta nuestra como nos van a joder la vida.
