Por supuesto que la Concertación y la Alianza por Chile son los principales responsables de la vigencia de un sistema electoral que oprime la soberanía popular y atenta contra la necesaria renovación de la política y sus actores. La rotativa de los mismos nombres y apellidos en los cargos públicos, municipios y parlamento se constituye en un verdadero escándalo, al mismo tiempo que colabora a la corrupción y al desprestigio de nuestro sistema institucional.
En la exasperante rutina y envejecimiento de la denominada “clase política” pueden explicarse las expresiones y actitudes de ministros, embajadores y otros personajes convertidos en el hazmerreír de la opinión pública. Sin embargo, mucha responsabilidad tiene en la cupularidad de la política aquel sinfín de organizaciones que sólo espetan a las autoridades, se hunden paulatinamente la decepción y demuestran completa incapacidad para superar sus minúsculos referentes e individualismos de patética marginalidad e identificación ciudadana.
Durante 17 años, las expresiones extraparlamentarias han mantenido la ilusión de una reforma electoral y, lo que es más absurdo aún, exponen a candidatos que invariablemente son derrotados por la maquinaria económico mediática de quienes nos gobiernan desde el oficialismo o la oposición. Partidos y dirigentes que comparten casi los mismos rasgos ideológicos pero, sobre todo, una férrea voluntad de mantenerse encapsulados en el poder. Después de 4 elecciones presidenciales, ya no gravita mucho quien las gane, porque en La Moneda , las cámaras o las municipalidades todo transcurre sin mayores variaciones, a excepción del incremento de las mujeres en una actividad que estuvo demasiado controlada por los hombres o, más bien, los barones de la política.
Realmente no puede concebirse que tantas voluntades y liderazgos del vanguardismo no salgan de sus madrigueras y se resistan a confluir en una expresión popular y nacional que logre romper el duopolio político y abrir esperanza a los cambios largamente demandados por los pobres y excluidos y que, en su desesperación, estallan en protestas y violencia que, en su espontaneidad o radicalidad, son duramente reprimidas y muy difícilmente logran conmover a las autoridades. En este sentido, circula crecientemente la sospecha respecto de instancias y dirigentes reacios a la unidad y que privilegian el diálogo con el oficialismo y, ahora, con los propios partidos y dirigentes de la Derecha para mendigar algunos cupos en el Parlamento. Incluso se alude a la posibilidad de que entre éstos haya quienes reciban beneficios, cargos de poca relevancia y otras prebendas de la clase política a cambio de participar y legitimar los procesos electorales y definir la segunda vuelta presidencial a favor de la Concertación. Como , de hecho, ha sucedido en las dos últimas contiendas.
Las elocuentes cifras hablan de que existe más de un 40 por ciento de chilenos que votan o se excluyen de sufragar ante la pobre diversidad de candidatos e idearios políticos. Muy probablemente lo que esperan éstos es que del mundo social surjan expresiones partidarias sólidas, imaginativas y modernas. Por cierto que con un franco compromiso con los millones de chilenos que lo pasan mal, que sólo reciben las migajas del festín neoliberal y, por ejemplo, los l8 mil millones de dólares del último superávit fiscal.
Durante 17 años, las expresiones extraparlamentarias han mantenido la ilusión de una reforma electoral y, lo que es más absurdo aún, exponen a candidatos que invariablemente son derrotados por la maquinaria económico mediática de quienes nos gobiernan desde el oficialismo o la oposición. Partidos y dirigentes que comparten casi los mismos rasgos ideológicos pero, sobre todo, una férrea voluntad de mantenerse encapsulados en el poder. Después de 4 elecciones presidenciales, ya no gravita mucho quien las gane, porque en La Moneda , las cámaras o las municipalidades todo transcurre sin mayores variaciones, a excepción del incremento de las mujeres en una actividad que estuvo demasiado controlada por los hombres o, más bien, los barones de la política.
Realmente no puede concebirse que tantas voluntades y liderazgos del vanguardismo no salgan de sus madrigueras y se resistan a confluir en una expresión popular y nacional que logre romper el duopolio político y abrir esperanza a los cambios largamente demandados por los pobres y excluidos y que, en su desesperación, estallan en protestas y violencia que, en su espontaneidad o radicalidad, son duramente reprimidas y muy difícilmente logran conmover a las autoridades. En este sentido, circula crecientemente la sospecha respecto de instancias y dirigentes reacios a la unidad y que privilegian el diálogo con el oficialismo y, ahora, con los propios partidos y dirigentes de la Derecha para mendigar algunos cupos en el Parlamento. Incluso se alude a la posibilidad de que entre éstos haya quienes reciban beneficios, cargos de poca relevancia y otras prebendas de la clase política a cambio de participar y legitimar los procesos electorales y definir la segunda vuelta presidencial a favor de la Concertación. Como , de hecho, ha sucedido en las dos últimas contiendas.
Las elocuentes cifras hablan de que existe más de un 40 por ciento de chilenos que votan o se excluyen de sufragar ante la pobre diversidad de candidatos e idearios políticos. Muy probablemente lo que esperan éstos es que del mundo social surjan expresiones partidarias sólidas, imaginativas y modernas. Por cierto que con un franco compromiso con los millones de chilenos que lo pasan mal, que sólo reciben las migajas del festín neoliberal y, por ejemplo, los l8 mil millones de dólares del último superávit fiscal.