Las grandes transformaciones que ha conocido la humanidad a lo largo de su historia solieron ir acompañadas de efectos perversos, daños colaterales y víctimas insospechadas. Un ejemplo reciente es el de la democratización de Irak, hazaña lograda al precio de centenares de miles de millones de dólares invertidos en bombas, municiones, misiles y armas de última generación que utilizadas con discernimiento han permitido liquidar a decenas de miles de ancianos, mujeres y niños enemigos de occidente.
¿Quién hubiese podido imaginar que como consecuencia Dobeliú Bush y los republicanos perderían el control del Senado y el de la Cámara de Representantes? ¡Pobre Dobeliú! ¡Pobres neoconservadores! En su día la navegación a vela dejó sin laburo a miles de galeotes, esos condenados a trabajos forzados en las naves de Louis XIV – el Rey Sol -, y es de lamentar la desaparición del tipo del bombo, ese que les daba el ritmo y que luce tan bonito en la película Ben-Hur aun cuando la escena sea de un evidente anacronismo (en Roma no había pena de galeras). ¡Pobre tipo del bombo! Se trata de las inevitables víctimas del progreso que nunca detiene su marcha a pesar de las quejas de los infieles, los descreídos y los aguafiestas de siempre. Desde el lanzamiento del Transantiago, – acontecimiento histórico que habrá que agregar a las efemérides patrias junto al Desastre de Rancagua, la Batalla Naval de Iquique, el Hundimiento del Angamos, el Terremoto de Chillán y otros hechos similares -, nuestra copia feliz del edén es testigo, una vez más, de la mala leche de quienes se oponen al avance de la ciencia, de la técnica y del ingenio que hacen del hombre un ente superior a los animales. Bajo el absurdo pretexto que para ser pasajero de la locomoción colectiva más moderna de América Latina y del mundo – lo que equivale a decir del sistema solar, la galaxia toda y porqué no decirlo del universo -, hay primero que nada ser peatón bien entrenado, caminar kilómetros, evitar que te cogoteen, y luego esperar con paciencia para pagar dos o tres veces un mismo viaje en los validadores pungas programados por empresas pungas que luego te cobran una cuarta y hasta una quinta vez cuando haces el trasbordo visto que no se sabe si la micro va o viene, alégrate de haber encontrado una, no toques las pelotas, no jodas, el tema va cada día mejor, de aquí a diez años vas a ver lo que vas a ver, en el camino se arregla la carga, somos chilenos o no somos chilenos, hasta cuando hueveas, quién te crees que eres, estamos haciendo una verdadera revolución y en vez de agradecer los huevones se quejan, en fin, como estaba diciendo, bajo el absurdo pretexto que para ser pasajero de la locomoción colectiva primero que nada hay que ser peatón… En fin, que uno lamenta que se critique al ministro de transportes, a SONDA, a Navarrete y a todas las injustas víctimas de este gran paso adelante, de esta gran innovación innovadora, de estas fantásticas oportunidades de negocio garantizado por el gobierno (ver las bases de licitación) por el bien del mercado, de la empresa privada y de la humanidad toda. Llegará el día en que se levanten monumentos a estos preclaros patriotas que nunca se subieron a un autobús y que aun así intentan hacer la felicidad del personal a pesar y en contra del personal mismo. Quienes dominados por un arcaísmo congénito se entregan como seres primitivos (o peor aun, terroristas) a la protesta inútil, hay que aplicarles la ley como se le aplicó a Marco Antonio Zúñiga (24) por darle un puñete a un validador y que estuvo detenido desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde por carabineros. La fiscal del caso, Carolina Mella, calificó el hecho como “ilícito de daño simple que conlleva presidio en su grado mínimo” (sic). Como Zúñiga no tenía antecedentes lo condenaron a pagar veinte mil pesos a la empresa afectada (¿con la tarjeta Bip ?) y a concurrir a firmar al Ministerio Público cuatro veces al año. ¡Pero para ir a firmar tiene que tomar las micros del Transantiago!
