Hace 68 años, Chillán desapareció

La fecha pasó casi inadvertida, no para los chillanenses, claro. El 24 de enero no se borra fácilmente del calendario de la historia y de la vida. Porque en esa fecha, el corazón se detuvo en gran parte del territorio nacional…y no es justo olvidarla, ni tratar de borrarla con el codo.

Hace sesenta y ocho años Chillán desapareció, destrozado por un terremoto de grado 7,4 en la escala de Richter. Más de la mitad de la población murió aplastada por toneladas de escombros. Y en ese entonces, Chillán tenía registrados 60.000 habitantes…

Fue el 24 de enero de 1939, a las 23,32 horas.      Había sido un día caluroso y eso, a juicio de sobrevivientes que quedan de aquella tragedia, salvó muchas vidas. Porque la gente, agobiada por el calor, se mantenía fuera de sus casas, aprovechando “la fresquita” de la noche.

Nada presagiaba tal desgracia. Desde 1835, cuando otro terremoto arrasó con el Chillán de entonces (hoy “Chillán Viejo”), la zona no registraba movimientos telúricos de mucha intensidad. Tembló muchas veces, claro, pero como sucede en gran parte de la geografía chilena, incrustada en el “anillo de fuego” del mundo sometido a los permanentes ajustes de la tierra. Pero esta vez, fue terrible. 
 Sólo cuatro edificios quedaron en pie. Todo lo demás, en el suelo, levantando una polvareda enorme que oscurecía más el paisaje, y que le ponía un marco lúgubre al coro de gritos y quejidos de los heridos, y de sollozos de quienes descubrían a sus familiares muertos.

Pedro Aguirre Cerda había asumido la Presidencia de la República sólo un mes antes, encabezando un histórico Frente Popular.  Recibió la noticia de que “desde Talca hacia el sur se había producido una desgracia”…pero nada hacía presagiar que Chillán había desaparecido y que la magnitud de la tragedia sería un impacto para el mundo entero. Sólo contactos esporádicos y difíciles desde Chillán con la radio de la Armada en Talcahuano pudo romper el aislamiento y silencio de la capital de Ñuble. Y cuando se supo lo que había ocurrido, la solidaridad se desplegó generosamente.

Aguirre Cerda y su esposa, Doña Juanita, se desplazaron en tren hacia la zona, una vez que estuvo reparada la vía, gracias a los esfuerzos titánicos de los trabajadores de ferrocarriles. El panorama era dantesco: las calles tapadas de escombros, las plazas convertidas en centros sanitarios, donde se atendía a los miles de heridos…con los pocos recursos que estaban disponibles. Los muertos, por miles y miles, estaban siendo rescatados por grupos de voluntarios, con palas, picotas y -muchos- rompiendose las manos desesperadamente. En el Cementerio de Chillán se fueron apilando los cadáveres. Parihuelas improvisadas que llegaban de los caseríos de los alrededores; frazadas y colchas anudadas; simples tablas cruzadas con palos…todo servía para transportar a los muertos. Y todos iban siendo depositados en los patios del cementerio, sin identificación posible.

Un canal se cortó y en su cauce fueron depositadas miles y miles de víctimas fatales. Después, cuando el canal se llenó, se abrió una enorme fosa comun sellada despues con 3.000 cuerpos de ciudadanos anónimos. Hasta hoy ese es el lugar de peregrinación y culto de quienes desean rendir homenaje a un pueblo que sucumbió bajo los escombros.

La visita del Presidente de la República llevó ayuda y algún consuelo. Los militares fueron desplazados hasta la zona, declarada en Estado de Sitio. Y una orden perentoria causó escalofríos en todo Chile: el que fuera sorprendido haciendo pillaje, sería fusilado allí mismo. ¡Pillaje!…si, porque la condición humana también llega a los límites de la degradación ante  tanta desgracia. 

Un aviador de apellido Zúñiga sobrevuela la zona y comprueba su destrucción. Confesó después que tuvo que secarse varias veces las lágrimas para mantener la vista clara y el espíritu sereno para poder reportar a las autoridades con detalle el infausto panorama.

Un novio desesperado galopó hasta la extenuación de su corcel para ir en ayuda de su novia…y cuando llegó al centro de la ciudad y comprobó que estaban vivos ella y su padre, contrajo allí mismo un matrimonio ante Dios y las desgracias, oficiado por un cura joven y teniendo como testigos a los centenares de heridos bajo los altos árboles de la Plaza.

En el Teatro Central se proyectaba una película de un homorista norteamericano de la época. Más de seiscientas personas repletaban la platea, la galería y el paraíso. El terremoto les mató allí mismo. Unos, cayendo desde las alturas; otros, aprisionados por la marquesina que estaba en la entrada y que era una falsa terraza de concreto…  

En fin, el 24 de enero de 1939, Chillán desapareció, en una de las tragedias más grandes de la Historia mundial.

 Pero, tras la oscuridad de la desgracia, Chillán vuelve a levantarse. En el mismo lugar, como un acto de magnífico homenaje…o de elegido masoquismo. Y se levanta con energía, con la potencia del hombre del campo que busca su centro neurálgico para sacar adelante su economía agraria; como un centro que los intelectuales buscan como catalizador de los talentos culturales; como un bello espejo turístico del Chile emergente. Ojalá se percaten de ello quienes deben hacerlo. 

Chillán despareció por segunda vez hace sesenta y ocho años…pero volvió a reconstruirse, en un ciclo curioso de rueda vital que gira y gira.