Hay que agregar que, aunque nuestro políticos esquiven el bulto y pretendan hacernos sentir orgullosos de nuestra estable y asentada democracia, el hecho cierto es que la población no siente como propia ni menos se enorgullece de esta democracia de mentira, en la que no tiene ninguna participación real; en que sufrimos por varios lustros una representación senatorial minoritaria para la coalición con el mayor respaldo de sufragios; en que, pese ha habérsele otorgado el triunfo en cuatro elecciones presidenciales sucesivas a tal coalición, aún no hemos conocido propiamente el gobierno de la Concertación de Partidos por la Democracia, sino el cogobierno de ésta con la coalición de derecha, merced al poder de veto que el antidemocrático sistema binominal otorga a la minoría; en que la Concertación, no obstante haber contado con el respaldo ciudadano para ser más proactiva, ya en los inicios de la transición prefirió alejarse de sus electores y hacer suya esta institucionalidad espuria, contra la cual creíamos haber luchado.
La derecha, por su parte, igual de insensible al sentimiento nacional, tampoco percibe que mientras sigamos en esta camisa de fuerza que representa la Constitución de 1980 para la genuina expresión democrática de chilenos y chilena, seguirá siendo minoría, porque es la forma en que los ciudadanos expresamos nuestro rechazo a esta democracia de mentira, que no nos dimos nosotros soberanamente, sino que nos fue impuesta por un gobierno de facto. En tanto que si tuvieran la audacia de jugarse por el cambio de nuestro régimen político en una nueva Constitución, aprobada en una Asambea Constituyente, que nos represente a todos, siendo un motivo de unidad nacional y no el factor de división actual, sin duda el panorama cambiaría y podrían pensar en ser gobierno.
De lo contrario, la Concertación continuará derrotando a la derecha para pasar luego a cogobernar con ella, ambas coaliciones autosatisfechas con sus respectivas cuotas de poder y plenamente a salvo de la influencia de una ciudadanía descontenta y totalmente marginada de la consabida “Democracia de los Acuerdos” -que prefiero llamar “de los Conciliábulos”- que tanto agrada a nuestros políticos de ambas coaliciones, ya que en ella los votos ciudadanos nada valen, sino que sólo sirven de disfraz legitimante a los acuerdos políticos previos y designaciones de las élites partidarias de ambos bandos.
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