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Agosto 19, 2026

Tras el escupitajo, nadie dijo nada

Un acto significativo, constituye por estos días, escupir por sobre la custodiada vitrina, de quién fuera hace poquísimos años, el hombre más poderoso de Chile. Augusto Pinochet Ugarte, exhibe el último rictus, su sarcástica mueca de despedida, el suspiro de alivio de no haber sido – para la Historia- condenado por ningún delito de los muchos que cometió en su larga vida que acaba de terminar. Mas él, siempre atento a la jugada, quiso salir ileso de los peligros asociados a cualquier emboscada en contra de sus restos mortales, y como nombrado estratega, diseñó el repliegue de lo que quedaría de su mortal envoltura: Después de la rigurosa ceremonia de velación y expuesto a la gente que fuera a despedirlo, bajo las máximas medidas de seguridad, debía ser cremado, solo quedarían volátiles cenizas y una escurridiza ánfora con una rótula dispuesta en clave para contenerlas. Era el paso perfecto, el último.

Sin embargo, algo falló. Allí quedó la mácula, en el mismísimo patio Alpatacal donde se realizó aquel imprevisto acto infamante, el detalle que opacó el magnánimo y solemne funeral: En efecto, existió un individuo, dispuesto a escupir sobre la cara de muerto del mismísimo benemérito Capitán General y por lo demás garante de la nueva democracia de la nueva República de Chile, quién osó tal despropósito en la misma boca del lobo, exponiéndose a la golpiza que le propinaron sobre su vivo cuerpo, los desconcertados admiradores del occiso, yendo a parar finalmente a las manos de los policías militares que no tuvieron otra alternativa que liberarlo.
 
 Los oídos de los solados se quemaban al escuchar de boca del genuino nieto del Comandante en Jefe del propio venerado ejército de Chile, llamado Carlos Prats, quien les decía que ese cadáver putrefacto, hinchado como un cerdo, había recibido la muestra del más premeditado desprecio de parte de él, en razón que éste había sido el autor intelectual del asesinato de sus abuelos cuando él contaba con  solo 6 años de edad.
 
 Nada pudieron decir, no encontraron palabras implicantes, no sabían como proceder, tampoco sus capitanes que no aparecieron, ni sus mayores, ni sus generales que no encontraron las palabritas ni los monosílabos adecuados para contradecir a tal ser humano, que en un sublime acto de desprecio sobre el cadáver del agresor de sus ancestros, descargara su impotencia de esa manera tan sorprendente.
 
Nada dijeron sus adherentes, parecía que querían olvidar esa afrenta. Nada dijeron sus formales enemigos, los secretarios generales de la presidencia, los ministros del interior. Tampoco dijeron nada los Larraínes, las locatelis Matheíes, los Moreiras ni los Longueiras, ninguno dijo nada.
 
 Solo habló el silencio, ese significativo desprecio quedó escrito con letras de fuego. Fue un acto público, pero a la vez íntimo, sin embargo este hecho, que considero histórico, ha representado a gran parte de los individuos que habitan en Chile y entre los cuales me encuentro, ha sido ejecutado en subsidio de esa carencia terminal de justicia y decencia con que lamentablemente contamos.
 
El gargajo desparramado sobre el sacrosanto cristal de la muerte, llenó el espacio que no quiso la justicia jamás asumir, mucho antes que un solícito militar limpiara rápidamente frente a las cámaras de la TV, la significativa flema, con su pañuelo personal. Así sea.
 

Atte. Salvatierra

piposalvatierra@yahoo.es