“Mientras los poderosos tratan de explicar
lo inexplicable,
prefiero mirar para otro lado”
El fenómeno de la corrupción se ha venido a instalar como evidente realidad en nuestra sociedad a partir de la mantención de un modelo económico, político y, sobre todo ideológico – el neoliberalismo – que funda su racionalidad en la maximización de la ganancia, condición indispensable para su reproducción.
Distintas son las explicaciones que se han manejado para tratar de situar los hechos en un determinado ámbito; cada una con su propia lógica y su propio esfuerzo por querer mostrar lo que en apariencia parece ser y lo que realmente en esencia es. Algunos han dicho que se trata de una “ideología de la corrupción” , mientras otros hablan de la “cultura de la corrupción”, como si se tratara de cuestiones separadas, pero situadas en un mismo nivel. Por toda la carga de racionalidad que cada concepto contiene es necesario explicitarlos a fin de señalar lo que cada uno muestra y oculta de esta realidad de la corrupción, instalada ya como componente de la acción política de los poderosos. Ciertamente no nos hacemos cargo de toda la afirmación que ellos han hecho en orden a que “Chile no es un país corrupto”; es una parte la que se ha corrompido, la que tiene el poder, mientras la gran mayoría sólo asiste como observador a esta “guerra de explicaciones”.
Pero si unos hablan de ideología y otros de cultura, se hace pertinente tratar de escudriñar en dichas explicaciones a fin de ir tratando de ubicar los fenómenos de la corrupción en un ámbito determinado, ya que aparentemente ambos conceptos sirven a un mismo fin, pero a la hora de preguntarse por sus implicancias se llega a la conclusión de que no da lo mismo.
Todo cuanto hace el hombre es cultura y por tanto ella no es independiente de la historia y de los cambios que se van produciendo en la economía, la política. Generalmente la cultura está asociada a un conjunto de valores materiales y espirituales y a las formas como ellos se van creando, aplicando y transmitiendo. En este sentido, asistimos a una particular cultura de la corrupción que, desde los más altos niveles del poder se quiere traspasar al conjunto de la sociedad. La cultura es por ello parcial, no es neutral a los intereses de los distintos sectores y clases sociales. Es peligroso entonces plantear que hay una cultura de la corrupción sin hacer mención a su ubicación espacial determinada. Es la cultura de los poderosos la que se encuentra cruzada por la corrupción y no toda la sociedad; para corromperse es necesario tener, como se dice popularmente, “infraestructura”, y la gran mayoría de este país carece de los medios necesarios siquiera para vivir con cierta dignidad.
Ciertamente cuando se habla de “ideología de la corrupción” se piensa en una explicación que aspira también a involucrar al conjunto de la sociedad. Ante el discurso engañoso del fin de las ideologías durante estos años, se ha venido trabajando con esa lógica, la de la desideologización de todas las acciones individuales y colectivas; por tanto, la apelación a que hace mención un determinado personero de la clase políticamente dominante, tiene la pretensión de totalidad, es decir, la misma lógica mercantil de que lo “que es bueno para unos pocos es bueno para todos” se invierte ideológicamente buscando con ello afirmar que “lo que es malo de unos pocos es también malo de todos”. Es por ello tremendamente peligroso dejar en el aire el planteamiento de este personaje, ya que por esa vía se disfraza una particularidad que se ha producido sólo en las esferas del poder.
El colofón de todas las explicaciones la coloca un “servidor público” que señaló que los dos primeros gobernantes de la concertación constituían la “reserva moral de Chile”. No se podía haber planteado una mejor ironía, cuando el primero de ellos arrastra consigo una oscura trayectoria de cobardía para tratar de justificarse al juicio de la historia, mientras el otro no trepidó en entregar a grandes empresas los recursos naturales de nuestro país. Cada uno debe responder por ser los iniciadores de esta cultura de la corrupción, de esta ideología del abuso de poder heredada de la dictadura. Es con ellos que se inicia una particular forma de entender la justicia al afirmar que “habrá justicia en la medida de lo posible”, es decir, había posibilidades de que no hubiera justicia, como así realmente ha ocurrido.
En estas breves líneas hemos esbozado brevemente algunas consecuencias que se desprenden de las justificaciones y explicaciones que se dan sobre el fenómeno de la corrupción ya instalado, como decíamos, en nuestra realidad. Quedan como retos permanentes el ir desentrañando lo que ésta significa como elemento propio de la dominación económica, política, ideológica y cultural. Ella es una forma más de este sometimiento que unos pocos pretenden llevar a cabo hacia el conjunto de la sociedad. Como es que ella va adquiriendo su propio sentido y construyendo su propia racionalidad dominante.
Pero hay, sin dudas, un desafío mayor y que tiene que ver con lo que los discursos oficiales muestran y ocultan. Las palabras se van distorsionando, van cambiando de significado, hasta convertirse en el contrario de su significado original, racional y de buena fe. En presencia de la enorme tecnología desarrollada en el campo de las comunicaciones, la eficacia de ese control despótico encarna uno de los mayores peligros para la civilización: vamos siendo bombardeados a diario por la mentira y por un lenguaje que ha perdido toda significación, y que únicamente puede ser leído en las claves que indica el gran poder.
Pero si unos hablan de ideología y otros de cultura, se hace pertinente tratar de escudriñar en dichas explicaciones a fin de ir tratando de ubicar los fenómenos de la corrupción en un ámbito determinado, ya que aparentemente ambos conceptos sirven a un mismo fin, pero a la hora de preguntarse por sus implicancias se llega a la conclusión de que no da lo mismo.
Todo cuanto hace el hombre es cultura y por tanto ella no es independiente de la historia y de los cambios que se van produciendo en la economía, la política. Generalmente la cultura está asociada a un conjunto de valores materiales y espirituales y a las formas como ellos se van creando, aplicando y transmitiendo. En este sentido, asistimos a una particular cultura de la corrupción que, desde los más altos niveles del poder se quiere traspasar al conjunto de la sociedad. La cultura es por ello parcial, no es neutral a los intereses de los distintos sectores y clases sociales. Es peligroso entonces plantear que hay una cultura de la corrupción sin hacer mención a su ubicación espacial determinada. Es la cultura de los poderosos la que se encuentra cruzada por la corrupción y no toda la sociedad; para corromperse es necesario tener, como se dice popularmente, “infraestructura”, y la gran mayoría de este país carece de los medios necesarios siquiera para vivir con cierta dignidad.
Ciertamente cuando se habla de “ideología de la corrupción” se piensa en una explicación que aspira también a involucrar al conjunto de la sociedad. Ante el discurso engañoso del fin de las ideologías durante estos años, se ha venido trabajando con esa lógica, la de la desideologización de todas las acciones individuales y colectivas; por tanto, la apelación a que hace mención un determinado personero de la clase políticamente dominante, tiene la pretensión de totalidad, es decir, la misma lógica mercantil de que lo “que es bueno para unos pocos es bueno para todos” se invierte ideológicamente buscando con ello afirmar que “lo que es malo de unos pocos es también malo de todos”. Es por ello tremendamente peligroso dejar en el aire el planteamiento de este personaje, ya que por esa vía se disfraza una particularidad que se ha producido sólo en las esferas del poder.
El colofón de todas las explicaciones la coloca un “servidor público” que señaló que los dos primeros gobernantes de la concertación constituían la “reserva moral de Chile”. No se podía haber planteado una mejor ironía, cuando el primero de ellos arrastra consigo una oscura trayectoria de cobardía para tratar de justificarse al juicio de la historia, mientras el otro no trepidó en entregar a grandes empresas los recursos naturales de nuestro país. Cada uno debe responder por ser los iniciadores de esta cultura de la corrupción, de esta ideología del abuso de poder heredada de la dictadura. Es con ellos que se inicia una particular forma de entender la justicia al afirmar que “habrá justicia en la medida de lo posible”, es decir, había posibilidades de que no hubiera justicia, como así realmente ha ocurrido.
En estas breves líneas hemos esbozado brevemente algunas consecuencias que se desprenden de las justificaciones y explicaciones que se dan sobre el fenómeno de la corrupción ya instalado, como decíamos, en nuestra realidad. Quedan como retos permanentes el ir desentrañando lo que ésta significa como elemento propio de la dominación económica, política, ideológica y cultural. Ella es una forma más de este sometimiento que unos pocos pretenden llevar a cabo hacia el conjunto de la sociedad. Como es que ella va adquiriendo su propio sentido y construyendo su propia racionalidad dominante.
Pero hay, sin dudas, un desafío mayor y que tiene que ver con lo que los discursos oficiales muestran y ocultan. Las palabras se van distorsionando, van cambiando de significado, hasta convertirse en el contrario de su significado original, racional y de buena fe. En presencia de la enorme tecnología desarrollada en el campo de las comunicaciones, la eficacia de ese control despótico encarna uno de los mayores peligros para la civilización: vamos siendo bombardeados a diario por la mentira y por un lenguaje que ha perdido toda significación, y que únicamente puede ser leído en las claves que indica el gran poder.
Juan Varela, sociólogo, Universidad Academia Humanismo Cristiano; Magíster en Ciencias Sociales Universidad Alberto Hurtado. Investigador Social.
