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Agosto 18, 2026

Los pequeños/grandes dramas del exilio

Recorrí miles de kilómetros en mis últimos 33 años. Recorrí el mundo, con familia al hombro, sin haberlo querido. Me empujaba el terror, el pánico, el miedo que recorrió Chile desde el 11 de septiembre de 1973. Me empujo la persecución excluyente. Junto a una gran mayoría de chilenos, había soñado un mundo mejor. Había soñado para mi país condiciones de igualdad,  libertad,  fraternidad,  progreso,  paz. Luche con ellos por conseguirlo y hasta llegamos a construir el primer peldaño de la escalera que nos condujera a la consecución de tales sueños. Pero no pudo ser…

La violencia, la intolerancia, el odio nos rompieron esos sueños y nos viraron al pais.
Miles cayeron y se quedaron en el camino.

Muchos desaparecieron,  como si se hubiesen esfumado, engullidos por el monstruo cavernario.

Otros muchos deambularon por el mundo mostrando las huellas de la tortura, de la barbarie. Y miles mas recorrimos tierras, sociedades, culturas extrañas buscando cobijo ante la persecución.

Todos, sin duda todos, encontramos sitio en paginas extrañas de la Historia grande de nuestro país.

Para mi fueron 33 años que cambiaron mi vida. Que borraron mis sueños de entonces y crearon otros de hoy. 

Estoy de vuelta…y justo me encuentro aquí con la desaparición del principal impulsor de la noche larga de mi Chile, del símbolo actual al que se aferraban los pocos que seguían creyendo en su accionar.

Entonces, cuando el fuego transforma en cenizas aquellos restos, recuerdo mi/nuestro drama. Nuestros pequeño/gran drama. Nuestra pequeña historia familiar, que refleja –con matices- la historia de miles de familias de Chile. 

Somos cinco hermanos que, a partir del 11 de septiembre aquel, tuvimos que vivir en cinco países distintos. Familia rota, destrozada de un plumazo, disgregada con trauma doble al haber sido formada en los principios de la unidad, del cariño compartido, del sentimiento apretado.

Mi madre, viuda joven, debió entonces comenzar un peregrinaje de 30 años por el mundo, llevando su casa a cuestas, envuelta en maletas, bolsos e ilusiones, para visitar a sus hijos, para ver crecer a sus nietos.

Nosotros, buscándonos por las cartas, queriéndonos por el teléfono, abrazándonos por internet. Las fotos jugaron su papel en este deambular sin patria.

No tuvimos el derecho de crecer en paz, en nuestra tierra, con nuestra gente, con nuestra cultura…con nuestra cordillera.

No tuvimos el derecho para derramar lagrimas de alegría por el nacimiento de nuevos miembros de la familia, ni derramar las de tristeza por la partida de los mayores.

No tuvimos el derecho a que nuestros hijos se integraran en el gran coro familiar, solo por frías esquelas selladas de correos.

No tuvimos el derecho de entregar nuestros esfuerzos, nuestros conocimientos, nuestras capacidades  al crecimiento de nuestra patria. Y si lo hicimos, fue por el oscuro canal del túnel blindado de la clandestinidad.

Mas bien luchamos por demostrar afuera de lo que es capaz el chileno.

Tratamos de ser los mejores en otras latitudes, para que en otras latitudes supieran de que los chilenos somos capaces, somos serios, somos de verdad.

Tratamos de empaparnos de lo mejor de afuera para aportarlo adentro. Ser mensajeros de lo mejor para que Chile sea mejor.  O sea, vivimos en función de nuestra tierra, de nuestra gente, de nuestro progreso.

Hoy desaparece bajo el impulso de la llamas el símbolo de lo que nos dividió, de lo que trajo sombras y túneles a nuestra vida republicana. Ojalá que el viento purificador sople sobre las cenizas y sea capaz de abrir de nuevo los cielos azules que nos cubren centenariamente y nos permita abrir de nuevo los caminos de los sueños del progreso, de la grandeza, de la paz.