Más allá de la encumbrada posición de estadista en la que Lagos quiere colocarse, desechando “lo pequeño” y acaso también los daños colaterales, el remolino envuelve inevitablemente a la Concertación. Esta debe asumir toda la responsabilidad por las malas prácticas y sus consecuencias.
Los constantes emplazamientos opositores a que Ricardo Lagos dé la cara por las irregularidades cometidas durante su gobierno parecen inflamarse más cuando sus partidarios o aliados saltan a darle consejos: que se quede callado o que asuma, de una vez por todas, sus responsabilidades políticas. Algunos (Bitar, Boeninger) han agregado, en momentos distintos, una recomendación gratis: que no se presente a las elecciones presidenciales de 2009. Con esto último rescatan el sentido verdadero que tiene el revuelo en torno al ex Mandatario: su mejor posicionamiento -tal como se baraja el naipe hasta ahora- para asegurar la permanencia en el poder de la atribulada Concertación.
El enjambre de periodistas que asedia a Lagos en cada una de sus apariciones públicas no consiguió la declaración que motu proprio emitió al terminar de presentar un libro: “El éxito de lo que hemos venido haciendo en estos años es lo permanente y está por sobre la hojarasca de estos días”.
Bastó esta frase –que, por lo demás, contiene la reiteración de un término que usó, con similar intención, durante su gobierno- para que el ex Presidente quedase en el centro del debate político. La atención se situó en el alcance de la palabra “hojarasca”, la que, según la Real Academia Española, tiene tres acepciones. La primera de ellas se refiere al “conjunto de las hojas que han caído de los árboles”.
Aunque ésta no fuese precisamente la acepción a la que Lagos quiso referirse, habrá que concederle el mérito por el uso del término, porque, de todas maneras, sirve para describir la situación. Con la hojarasca caída en los últimos 45 días en el país, a raíz del escándalo Chiledeportes, se ha podido ver todo el deshecho de los árboles y no sólo los frutos victoriosamente pregonados por el oficialismo. Que las modernas carreteras partieron tapizadas de sobresueldos y triangulaciones de fondos ya se sabía. Ahora se sabe también que, pese al acuerdo de enero de 2003 entre La Moneda y la derecha, el Estado no se modernizó, la probidad no se expandió y la transparencia no se dio en toda la magnitud que se prometió entonces. Al contrario, como que ese acuerdo de la clase política alentó a los más avispados a continuar con las tropelías, pensando que iban a pasar colados.
El segundo significado del término -“demasiada e inútil frondosidad de algunos árboles o plantas”- está a la vista: a la sombra de las sucesivas victorias presidenciales de la Concertación se fue formando un cada vez más espeso follaje de operadores políticos, que se implantaron en el tercer y cuarto nivel de los terrenos fiscales, para asomarse por los troncos y extender sus brazos hacia los clientes que miran el paisaje.
Pero es probablemente la tercera acepción la que Ricardo Lagos tuvo en mente al evocar la palabra “hojarasca”: “Cosa inútil y de poca sustancia, especialmente en las palabras y promesas”. Aquí habría que separar. Desde luego, el punto central de lo denunciado desató un escándalo que no es gratuito, como que ninguno de los protagonistas de la política ha podido sustraerse a él. Camilo Escalona, el jefe del PS, propuso el término “estiércol” como alternativa al más literario del ex Mandatario, el que fue acogido por el ministro Lagos Weber, hoy en la incómoda doble posición de hacer la vocería del gobierno de Bachelet y de referirse al de su padre, aunque para esto último acude al expediente de citar también a los de sus dos antecesores.
Lo que claramente irrita a Lagos Escobar es la majadería y el sesgo. Más allá de la encumbrada posición de estadista en que quiere colocarse, desechando lo pequeño y acaso también los daños colaterales, lo cierto es que las visiones unilaterales y apocalípticas no sólo violentan la razón. Pueden también saturar el ambiente y tener un efecto contraproducente para la eficacia de una campaña anticorrupción que empieza con fuerza y termina fatigada.
¿Cómo parar todo esto? Aquí entran a tallar las promesas y las 30 medidas de Bachelet que todos dicen acoger, al tiempo que las tratan de insuficientes y perfectibles, lo que augura una caída en la espiral del lento trámite legislativo y la engorrosa implementación.
Promesas ya hubo hace tres años, al término de la cumbre Lagos-Longueira. Aquello pudo ser también “hojarasca”. Tal vez más que las acepciones al uso de la Real Academia y la ventilación de sólo una de ellas por el ex Presidente (acogida por su colega Aylwin), sirva la poéticamente maloliente descripción que hiciera Gabriel García Márquez en su novela de ese título de 1955: “Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por desperdicios humanos y materiales. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte”.
El enjambre de periodistas que asedia a Lagos en cada una de sus apariciones públicas no consiguió la declaración que motu proprio emitió al terminar de presentar un libro: “El éxito de lo que hemos venido haciendo en estos años es lo permanente y está por sobre la hojarasca de estos días”.
Bastó esta frase –que, por lo demás, contiene la reiteración de un término que usó, con similar intención, durante su gobierno- para que el ex Presidente quedase en el centro del debate político. La atención se situó en el alcance de la palabra “hojarasca”, la que, según la Real Academia Española, tiene tres acepciones. La primera de ellas se refiere al “conjunto de las hojas que han caído de los árboles”.
Aunque ésta no fuese precisamente la acepción a la que Lagos quiso referirse, habrá que concederle el mérito por el uso del término, porque, de todas maneras, sirve para describir la situación. Con la hojarasca caída en los últimos 45 días en el país, a raíz del escándalo Chiledeportes, se ha podido ver todo el deshecho de los árboles y no sólo los frutos victoriosamente pregonados por el oficialismo. Que las modernas carreteras partieron tapizadas de sobresueldos y triangulaciones de fondos ya se sabía. Ahora se sabe también que, pese al acuerdo de enero de 2003 entre La Moneda y la derecha, el Estado no se modernizó, la probidad no se expandió y la transparencia no se dio en toda la magnitud que se prometió entonces. Al contrario, como que ese acuerdo de la clase política alentó a los más avispados a continuar con las tropelías, pensando que iban a pasar colados.
El segundo significado del término -“demasiada e inútil frondosidad de algunos árboles o plantas”- está a la vista: a la sombra de las sucesivas victorias presidenciales de la Concertación se fue formando un cada vez más espeso follaje de operadores políticos, que se implantaron en el tercer y cuarto nivel de los terrenos fiscales, para asomarse por los troncos y extender sus brazos hacia los clientes que miran el paisaje.
Pero es probablemente la tercera acepción la que Ricardo Lagos tuvo en mente al evocar la palabra “hojarasca”: “Cosa inútil y de poca sustancia, especialmente en las palabras y promesas”. Aquí habría que separar. Desde luego, el punto central de lo denunciado desató un escándalo que no es gratuito, como que ninguno de los protagonistas de la política ha podido sustraerse a él. Camilo Escalona, el jefe del PS, propuso el término “estiércol” como alternativa al más literario del ex Mandatario, el que fue acogido por el ministro Lagos Weber, hoy en la incómoda doble posición de hacer la vocería del gobierno de Bachelet y de referirse al de su padre, aunque para esto último acude al expediente de citar también a los de sus dos antecesores.
Lo que claramente irrita a Lagos Escobar es la majadería y el sesgo. Más allá de la encumbrada posición de estadista en que quiere colocarse, desechando lo pequeño y acaso también los daños colaterales, lo cierto es que las visiones unilaterales y apocalípticas no sólo violentan la razón. Pueden también saturar el ambiente y tener un efecto contraproducente para la eficacia de una campaña anticorrupción que empieza con fuerza y termina fatigada.
¿Cómo parar todo esto? Aquí entran a tallar las promesas y las 30 medidas de Bachelet que todos dicen acoger, al tiempo que las tratan de insuficientes y perfectibles, lo que augura una caída en la espiral del lento trámite legislativo y la engorrosa implementación.
Promesas ya hubo hace tres años, al término de la cumbre Lagos-Longueira. Aquello pudo ser también “hojarasca”. Tal vez más que las acepciones al uso de la Real Academia y la ventilación de sólo una de ellas por el ex Presidente (acogida por su colega Aylwin), sirva la poéticamente maloliente descripción que hiciera Gabriel García Márquez en su novela de ese título de 1955: “Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por desperdicios humanos y materiales. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte”.
Es un remolino, entonces. El mismo que la sola invocación del término causó cuando Lagos habló brevemente. La hojarasca envuelve incluso a quienes ven la corrupción como regalo para sacar a la Concertación del gobierno. De modo que es ésta la que debe asumir toda su responsabilidad por las malas prácticas y precaverse de las consecuencias.
