Según el diccionario Clave la “hojarasca” es el conjunto de las hojas caídas de los árboles, sin precisar si la palabrita pudiese ser utilizada metafóricamente para designar a un conjunto de altos funcionarios caídos en desgracia. Otra acepción de “hojarasca” es la que dice que se trata, en una planta, de un exceso de hojas. Como ilustración el diccionario nos propone la frase: Hay que podar la hojarasca de este arbusto.
Nada permite suponer que, en el caso de los funcionarios públicos, hubiese que podar a nadie visto que el raquítico Estado chileno adolece de una anemia aguda en materia de fiscalizadores que pudiesen fiscalizar a los inspectores que inspeccionan a los controladores que controlan a los fiscalizadores del gasto público, por dar un ejemplo. Otro significado de “hojarasca” es la que señala a lo que resulta inútil o tiene poca importancia, pero está muy adornado.

Como las declaraciones de un ex presidente de la república, por decir algo, o los discursos en plan camuflaje de algún senador cuyo jefe de gabinete u operador está involucrado en cuanto proceso por fraude al fisco esté en curso en la copia feliz del edén. Visualmente resulta curioso comprobar que la hojarasca fresca, extendida al pie de un árbol, tiene una sorprendente similitud con una lluvia de billetes que hubiese caído al azar, aquí y allí, hasta formar una especie de mullida alfombra de verdes Washingtons, Andrew Jacksons, o Benjamines Franklin según sean de uno, veinte o cien dólares.
En un mundo en el que Halliburton beneficia de la colusión del gang petrolero texano, – Bush, Rice, Cheney & asociados -, para alzarse con contratos millonarios y leoninos en Irak, un mundo en el que connotados políticos europeos recuperan sus sillones parlamentarios o sus butacas de edil o magistrado después de una condena por defraudar la confianza del pueblo soberano, un mundo en el que un dictadorcillo asiático se permitió nombrar cónsul en Ginebra a un alto funcionario suizo del Banco que le ayudaba a esquilmar a su propio país, un mundo en el que los altos ejecutivos de las transnacionales se auto otorgan salarios y stock-options que suman cientos de millones de dólares al año, un mundo en el que las casas de más de cien millones de dólares en los EEUU y de más de mil millones de $ en Chile son de una banalidad para llorar a gritos, un mundo en que la ola privatizadora desatada por el Consenso de Washington trajo consigo un maremoto de coimas y bienes mal habidos, un mundo en el que de jarrones en hojarascas, – para no hablar de evasiones fiscales admitidas -, se sigue haciendo mal uso del poder, ya valdría tener menos cara de palo y jugarla en plan low profile cuando se trata de la defensa del patrimonio de todos, que más de alguno confundió, simple error, con activos propios.
