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Agosto 18, 2026

Corrupción y déficit democrático

Sólo las cuentas claras pueden conservar la amistad de los ciudadanos con la política. Ya no es tiempo de salidas coyunturales. La democracia tiene que asumir sus fallas de estructura y saldarlas con reingeniería profunda del Estado, de modo que la participación se imponga sobre el clientelismo.

Los efectos multiplicadores de la guerra civil del PPD han puesto de nuevo en entredicho la subsistencia de la Concertación, y alimentado las expectativas de un rebaraje del naipe político.
 
Varios incidentes de los últimos días sugieren proyecciones en ese sentido. El menos importante puede ser la disociación de  Fernando Flores del partido a cuyo alero se convirtió en senador. Un quiebre del PPD no tendría una magnitud acorde con la gravedad de las prácticas que aquél puso en candelero. Primero, porque justamente las dimensiones que alcanzó la crisis forzará a todos los sectores a un replanteamiento del partido en el que malamente conviven. Segundo, porque el excéntrico congresista no tiene vocación de líder partidario, sino de un santón ensimismado que necesita rodearse de acólitos, más que de compañeros de cruzada. Y tercero, porque el PPD, dado su carácter instrumental, del que nunca ha podido desprenderse, no es una fuerza ideológica que defina el carácter de la Concertación, que nació y se nutre de un compromiso histórico entre el socialismo y la Democracia Cristiana. El grosor de la bancada pepedeísta en la Cámara de Diputados corresponde al uso más eficiente de la ingeniería electoral a que obliga el sistema y eso no suplanta lo esencial.
 
Más que lo que suceda con el partido de Girardi, Schaulsohn y Bitar importa la dirección en que se mueva la DC. Y es ahí donde hay signos reveladores desde el comienzo de la era bacheletista, los que se acentuaron después que estallara el escándalo Chiledeportes. Desde luego, la presidenta democratacristiana Soledad Alvear presentó su propio proyecto de medidas anticorrupción antes de que la Jefa de Estado haga lo propio este jueves. Y su antagonista dentro del partido, Adolfo Zaldívar, al votar en contra de la designación de Pablo Ruiz Tagle como nuevo Contralor General de la República –contradiciendo un acuerdo de bancada-, anunció que en el futuro no se alineará más con la izquierda ni la derecha en el Senado. ¿Una reproducción de la doctrina del camino propio, pero en solitario? El diputado Patricio Walker siguió la postura de su colega Gabriel Ascencio de desmarcarse eventualmente de la Concertación: lo hará si el ala izquierda consigue introducir proyectos como el del aborto, tal como el diputado por Chiloé se desafectó del gobierno de Bachelet por su derribamiento del puente sobre el Chacao.
 
Actuando de consuno, los dos diputados DC que integran la comisión investigadora de la Cámara de las irregularidades en Chiledeportes decidieron, vía abstención, posibilitar que la presidencia de aquélla recayese en manos de un opositor, Sin embargo, la movida más llamativa fue la conformación de la bancada de 61 diputados por la vida. La confluencia de parlamentarios de RN, la UDI y la DC y dos radicales es lo que más se acerca al aglutinamiento del humanismo cristiano soñado por Sebastián Piñera en la última campaña presidencial. Pero los mismos fundamentos de la constitución del grupo ponen de relieve sus limitaciones y recortan, por lo tanto, sus proyecciones. Se trata de una defensa del ser humano antes de que nazca, una vez nacido y en su hora final. La segunda fase de la trilogía debió incluir explícitamente la promoción y la defensa de los derechos humanos, algo que provoca urticaria en la derecha por la invocación que conlleva de la tortura y el desaparecimiento y ejecución de adversarios políticos durante el régimen militar. Es aquí donde recobra pleno sentido el alineamiento de los democratacristianos con los socialistas en la Concertación. Porque ésta es hija de la dictadura y mientras no desaparezcan sus vestigios en el mapa social y político, el compromiso histórico del centro y la izquierda renovada tenderá a prevalecer.
 
La mantención de esta alianza tiene que ver también con el sistema electoral vigente. El bicoalicionismo es un imperativo legal, en subsidio del bipartidismo a que aspiraron  los constitucionalistas del pinochetismo. Y es, como efecto indeseado por éstos, una supervivencia de la lógica plebiscitaria del Sí y el No. Esto explica en parte la fortaleza de la Concertación desde 1988, al menos en las elecciones pluripersonales, ya que en las dos últimas presidenciales factores de variada índole la mermaron ostensiblemente.
 
El punto es que esta democracia electoralista conlleva un déficit de real participación ciudadana, que tiene al país en el lugar 58 del estudio anual de The Economist divulgado ayer, y en el número 30 de lo que la revista llama “democracias imperfectas”. La multipartidaria gobernante está hoy ante una encrucijada: o se sigue “sacando el pillo” ante sus crisis sucesivas, con legislaciones de emergencia y sonoros acuerdos coyunturales, o se enfrenta al hecho de que tantas conmociones “cuantitativas” pueden dar lugar, finalmente, a un estallido “cualitativo”.
 
Que el oficialismo no sonría porque la contraparte da también espectáculo de cuchilladas y no remonta en las encuestas como alternativa  creíble. Un cuadro generalizado de descomposición  puede arrastrar a todos las estructuras partidarias y sólo las cuentas claras y una reforma profunda del Estado pueden conservar la amistad verdadera de los ciudadanos con la política, de modo que la participación se imponga sobre el clientelismo.