La noticia llegó de Italia y generó alegría en miles de esposados. Y pecadores. Con una naturalidad abismante, señala la información, fue aprobada una norma legal que otorga poderes nunca visto a las suegras: serán motivos de divorcio… Al fin, dirán algunos.
A primera vista, la norma parece visionaria y largamente esperada por aquellos machos proclives a la jarana.
Chile, el país más incivilizado del mundo en ley de separación conyugal, debería tomar esta resolución con altruismo y aplicarla de inmediato al eterno debate que nuestros conspicuos parlamentarios discuten acerca de si es herejía o inhumano divorciarse, aun cuando el marido diariamente llene de trompadas a su mujer, o aun cuando sea un adúltero incorregible.
La nota que llegó de Europa no explica, sin embargo, bajo qué circunstancia las suegras darán utilidad para tumbar legalmente un matrimonio. Se puede inferir que la causal será intromisión en líos que no le importan, injuriar por la espalda al yerno, contribuir con su presencia a la infelicidad de la pareja, mirar de soslayo al galán cuando sale de la ducha, oír insanamente los murmullos de amor, causar molestia con su carraspera o imaginar que el hombre de su hija tiene otras concubinas.
Desde ahora en adelante las suegras no podrán demostrar públicamente su odio. Deberán masticarlo para sus adentros, para no provocar un terremoto marital y una demanda legal innecesaria.
Lo que más llama la atención es la permanente salvación de los suegros: nada se dice sobre ellos. Es decir, el mensaje que queda es que los suegros son inmaculados. Limpios. De carácter afable. Son tratables y no se meten en problemas conyugales aun cuando corra sangre por los dormitorios.
En cuanto a las suegras, se les sigue dando con el machete.
Con esta ley funcionando en nuestro país, cualquiera se habría divorciado varias veces, aunque, con seguridad, las suegras hubieran apelado la resolución aduciendo embuste de los liberados, traición imperdonable de los malagradecidos, y tamaña calumnia que busca puramente la ofensa y menoscabo de su calidad, aseguran, insustituible.
Para los suegros, tan caballeros y galanes, oreja y rabo.
La historia continúa persiguiendo de manera cruenta a estas loables mujeres tildadas de suegras, que nada hacen, que le escabullen a líos de terceros, que detestan el pelambre, esa telenovelas de media tarde, las confabulaciones y que jamás inclinan su hostilidad hacia el hombre de su hija…
Una cosa es verdad: un hogar sin suegra es como un árbol sin ramas. El hombre, frágil como es, no podría vivir sin su sicoanálisis familiar y las intromisiones diarias que extrae de la intimidad de las sábanas…
Sin las suegras dejan de existir, hay que inventar de inmediato una barcaza semejante: la vida, tan precaria y salvaje, las necesita. Aunque sea para causal de anulamiento matrimonial… Ya se sabe, nada es perfecto.
Uno siempre se mete en las patas de los caballos…
Reinaldo E. Marchant
Escritor
Chile, el país más incivilizado del mundo en ley de separación conyugal, debería tomar esta resolución con altruismo y aplicarla de inmediato al eterno debate que nuestros conspicuos parlamentarios discuten acerca de si es herejía o inhumano divorciarse, aun cuando el marido diariamente llene de trompadas a su mujer, o aun cuando sea un adúltero incorregible.
La nota que llegó de Europa no explica, sin embargo, bajo qué circunstancia las suegras darán utilidad para tumbar legalmente un matrimonio. Se puede inferir que la causal será intromisión en líos que no le importan, injuriar por la espalda al yerno, contribuir con su presencia a la infelicidad de la pareja, mirar de soslayo al galán cuando sale de la ducha, oír insanamente los murmullos de amor, causar molestia con su carraspera o imaginar que el hombre de su hija tiene otras concubinas.
Desde ahora en adelante las suegras no podrán demostrar públicamente su odio. Deberán masticarlo para sus adentros, para no provocar un terremoto marital y una demanda legal innecesaria.
Lo que más llama la atención es la permanente salvación de los suegros: nada se dice sobre ellos. Es decir, el mensaje que queda es que los suegros son inmaculados. Limpios. De carácter afable. Son tratables y no se meten en problemas conyugales aun cuando corra sangre por los dormitorios.
En cuanto a las suegras, se les sigue dando con el machete.
Con esta ley funcionando en nuestro país, cualquiera se habría divorciado varias veces, aunque, con seguridad, las suegras hubieran apelado la resolución aduciendo embuste de los liberados, traición imperdonable de los malagradecidos, y tamaña calumnia que busca puramente la ofensa y menoscabo de su calidad, aseguran, insustituible.
Para los suegros, tan caballeros y galanes, oreja y rabo.
La historia continúa persiguiendo de manera cruenta a estas loables mujeres tildadas de suegras, que nada hacen, que le escabullen a líos de terceros, que detestan el pelambre, esa telenovelas de media tarde, las confabulaciones y que jamás inclinan su hostilidad hacia el hombre de su hija…
Una cosa es verdad: un hogar sin suegra es como un árbol sin ramas. El hombre, frágil como es, no podría vivir sin su sicoanálisis familiar y las intromisiones diarias que extrae de la intimidad de las sábanas…
Sin las suegras dejan de existir, hay que inventar de inmediato una barcaza semejante: la vida, tan precaria y salvaje, las necesita. Aunque sea para causal de anulamiento matrimonial… Ya se sabe, nada es perfecto.
Uno siempre se mete en las patas de los caballos…
Reinaldo E. Marchant
Escritor
