A propósito del viaje actual de la Presidenta Bachelet a Alemania, habría que señalar que las relaciones con dicho país representan un aspecto de nuestra política internacional que se advierte como muy promisorio. Lo primero que se puede afirmar es que dichas relaciones ya había permanecido en un muy buen pie en manos de nuestros anteriores gobiernos respectivos.
Se constata también una clara coincidencia en temas de la agenda internacional, como las reformas en Naciones Unidas y, específicamente, en la ampliación de su Consejo de Seguridad, con la incorporación de Alemania y, muy especialmente, en la posición asumida en dicha instancia por los Gobiernos de Lagos y Schroeder frente a la invasión a Irak, actitud que enorgulleció a ambos pueblos.
A lo anterior hay que agregar que en la República Federal de Alemania la Jefa del Gobierno es la actual Canciller demócrata cristiana Angela Merkel -proveniente de la ex RDA, donde vivió su exilio y estudió nuestra actual Presidenta- quien lidera una Gran Coalición, conformada por la alianza CDU/CSU y el SPD, i.e., Demócratas Cristianos y Social Demócratas, Gobierno que puede verse especialmente identificado con el éxito de la Concertación de Partidos por la Democracia en nuestro país.
Ojalá nuestra futura Presidenta aproveche este momento histórico en las relaciones chileno-germanas, de las que ambas naciones pueden extraer experiencias positivas y de mutuo interés.
Así, Alemania parece un muy buen ejemplo de funcionamiento de la democracia en un régimen parlamentario. Este es el régimen político al que debemos aspirar como culminación de una Transición, que se ha dado por concluida en innumeras ocasiones, habiendo habido que reconocer la falacia del aserto otras tantas. Lo que es irrebatible es que no existe consenso -aquella mentira encarnada en la “Democracia de los Acuerdos” que ha sido el oxígeno que sostiene la institucionalidad de 1980 en contra de la voluntad ciudadana- respecto de que la Transición haya concluido.
Para quienes estamos por la negativa, creo que la única forma de concluir dicha Transición en forma correcta, es mediante el arribo a una democracia en serio que no admita reproches, y ello sólo se puede lograr con la participación en el proceso del poder constituyente originario. Nos referimos a la ciudadanía, olvidada por la Concertación que nos gobierna desde el plebiscito de 1988 y cuya participación en su propio Gobierno futuro tanto anunció la candidata Michelle Bachelet durante su campaña. Somos nosotros, los ciudadanos, quienes debemos optar por una Nueva Constitución que nos represente a todos, a través de una Asamblea Constituyente, cuyos integrantes no puedan postularse en las primeras elecciones subsiguientes o, en su defecto, mediante un plebiscito con alternativas serias y no una parodia de acto cívico como aquel de 1980.
