

Durante meses habíamos leído, junto a las declaraciones de figuras políticas de la derecha y la Democracia Cristiana, editoriales, columnas y cartas al director –que es otra forma de editorializar- advirtiéndole al gobierno sobre el riesgo que corre al votar por Venezuela en la ONU, riesgo que, según las argumentaciones desplegadas, no trascienden más allá del malestar de Bush, de la DC y, por cierto, de El Mercurio. A ninguno de los tres les agrada Hugo Chávez. Y por este motivo, Chile no debía votar por Venezuela. En suma, porque no. Porque lo ha dicho El Mercurio.
La campaña, iniciada hacia comienzos del invierno pasado, no dio con el efecto inmediato esperado, que no era otra cosa que una señal del gobierno, de la presidenta Bachelet, sobre su intención de voto. Al silencio, a la ambigüedad de La Moneda se fueron sumando con las semanas otros signos: Chile tal vez no votaría por el candidato de Washington, que es Guatemala, sino la posibilidad de abstención tampoco estaba clara. Quedaba, así, Venezuela. La histeria nos llenó de nuevos editoriales, columnas destempladas, declaraciones apocalípticas.
La estrategia para frenar el eventual voto por Venezuela, que bien sabemos trasciende las fronteras, como ha sido en otras ocasiones de la reciente historia de Chile, entró en la recta final el domingo 8 de octubre e inauguró un nuevo frente de acción al dar partida a una clásica campaña del terror. La portada de El Mercurio le advertía no sólo al gobierno sino a la ciudadanía que el Eje del Mal se extendía hasta la frontera chileno-boliviana: “La alianza militar entre Chávez y Evo que complica el voto chileno en la ONU”. El eje La Habana-Caracas-La Paz empuja hacia el Pacífico.
Qué duda podía caber en un titular de esta naturaleza. La amenaza era total y sólo había que recordar un poco: Chávez ha querido toda su vida bañarse en una playa boliviana, por lo que este pacto, según nos recordaba ese domingo El Mercurio, ayudaba a cumplir sus caprichos veraniegos. Al seguir esta lógica implacable, si Chile votaba por Venezuela votaba también por Chávez, quien, a su vez, ha apoyado las intimidaciones bolivianas sobre la soberanía territorial chilena. Un voto por Venezuela es un voto antichileno, afirmación que un par de días más tarde no sólo se encargó de reforzar la inclemente y no pocas veces delirante pluma de Hermógenes Pérez de Arce, sino los mismos hechos que, podemos decir, hasta entonces sólo veía El Mercurio. Para el viernes 13 de octubre los bolivianos habían ya llegado a escasos kilómetros de la frontera: “Puesto militar boliviano inició funciones en la zona del Silala”.
Las campañas del terror tienen, según afirman los especialistas en esta materia, Goebbels incluido, una debilidad: sólo son efectivas cuando parecen reales, cuando el nivel de amenaza es creíble. Una campaña que exagere la amenaza corre el riesgo de caer en el ridículo. Del terror, podemos pasar a la risa. A El Mercurio y a otros medios no les ha costado mucho desatar campañas del terror en relación con la inseguridad ciudadana y tampoco le costaría demasiado, si llegara a interesarles, levantar una sobre el pavor económico, como podemos recordar aquellas en los albores de los años setenta. Pero una campaña que coloca a Chávez y a Evo Morales como amenazas para el país y la región no ha conseguido crear miedo. Tal vez tampoco risas, pero sí profundas sospechas.
Si no es miedo a Chávez, al Apocalipsis que ha diseñado El Mercurio ¿por qué el gobierno se ha abstenido? que es lo mismo que no votar por Venezuela, o votar contra Chávez? Simplemente, porque el miedo es a la derecha y a su relación con aquellos profundos y tenebrosos poderes. Por que si es capaz de levantar tan desquiciada historia, puede volver a repetir otras.
Hemos visto estrategias políticas, campañas del terror financiadas por agentes externos, pero lo que hemos observado en los últimos meses y semanas ha escapado o tal vez ha sido la suma amplificada de todo lo anterior. Posiblemente desde el origen de la Concertación nunca una decisión de política exterior había estado sometida a tantas presiones desde la propia alianza, y tampoco se había observado esta evidente apropiación de las relaciones internacionales del estado chileno por parte de un partido de la coalición. Con tanta virulencia, obsesión e, incluso, desesperación, no es difícil dejar que la imaginación y la sospecha tejieran entramados increíbles.
Lo que sí ha resultado bien concreto, pero no por ello también increíble, han sido los discursos paranoicos de algunos personajes públicos. La visita a Chile de José María Aznar, que, bien recordamos, apoyó en la primera línea la invasión a Irak, con trágicas consecuencias no sólo sobre Bagdad sino también en Madrid, nos recordó la oratoria de los peores años de nuestra propia dictadura. Aznar, tal como lo hacía Pinochet, nos advertía del renacimiento del comunismo internacional, lo que es, eso suponemos, la versión libre y doblada al español del bushiano axis of evil. Pero la retórica del mal se expandía, y días más tarde hemos podido oír al más inflamado antichavismo precisar sobre los orígenes y los alcances de esta alianza mundial. Manuel Rosales, que es el candidato opositor a Hugo Chávez, volvía a advertirle al mundo del eje La Habana-Caracas.

Esta aparentemente remozada retórica, que puede incluso parecernos desde ingenua a ridícula, descansa sobre aspectos bastante más lúgubres y peligrosos. Escudriña en el más clásico fascismo y ha comenzado a hacer su venenosa siembra de odio.
Cuando hubo transcurrido justo una semana desde el inicio de la estrategia del terror, el domingo 15 de octubre, la víspera de la votación en la ONU, El Mercurio cerró su campaña previendo el éxito. Aquel día incluyó como uno de sus columnistas estrella al anticastrista cubano Carlos Alberto Montaner. En un artículo titulado “Los locos también matan”, Montaner le advierte al mundo y El Mercurio a sus lectores que “Caracas y La Habana llevarían sobre sus hombros la tarea de redimir a la humanidad cobardemente abandonada por Moscú. Ese es el espeluznante cuadro que tenemos ante nuestros ojos: Caracas-La Habana, y ahora La Paz, son el nuevo Moscú, madre y padre del socialismo mundial. Y la tarea que se han asignado comienza por la conquista revolucionaria de Sudamérica…”
Ante tales advertencias e insistencia, a las pocas horas el gobierno de Bachelet anunciaba que se abstendría de votar
