Pero, desgraciadamente, nuestros representantes de la Concertación le tomaron el gusto muy tempranamente a esta distribución del poder ideada por Jaime Guzmán, la que consiste, básicamente, en aceptar lo inevitable, i.e., que triunfe la mayoría en las elecciones presidenciales, pero dentro de un diseño institucional en que la derecha minoritaria tenga un poder de veto permanente, diseño que subsistirá mientras no se elimine de raíz el antidemocrático sistema binominal.
En el intertanto, la Concertación continuará, ad aeternum, derrotando a la derecha para pasar luego a cogobernar con ella, ambas coaliciones autosatisfechas con sus respectivas cuotas de poder y plenamente a salvo de la influencia de una ciudadanía descontenta y totalmente marginada de la consabida “Democracia de los Acuerdos” -que es más bien, “de los Conciliábulos”- que tanto agrada a nuestros políticos de ambas coaliciones, ya que en ella los votos ciudadanos nada valen, sino que sólo sirven de disfraz legitimante a los previos acuerdos políticos y designaciones de las élites partidarias de ambos bandos
Y así hemos vivido estos 17 años de eterna y frustrada transición a la democracia, sin que ésta se avizore todavía.
Como ya lo he señalado otras veces, mientras no arribemos a una Constitución que nos represente a todos, a través de una Asamblea Constituyente cuyos integrantes no puedan postularse en las primeras elecciones subsiguientes o, en su defecto, mediante un plebiscito con alternativas serias y no una parodia de acto cívico como aquel de 1980, nuestra Transición seguirá en suspenso.
Desafortunadamente, el gusto por el poder a hecho perder toda sensibilidad ciudadana a nuestros “representantes”, quienes, al parecer, no habrán de despertar sino ante el clamor de, “¡Que se vayan todos!”, el que, si no es inminente, está sin duda más cercano que el fin de la transición y el arribo a una democracia plena.
