En el intertanto y en las condiciones actuales, sólo obtendremos la perpetuación del status quo, ya que el problema con la institucionalidad actual -aparte de su ilegitimidad de origen- es que provoca el inmovilismo, gracias, básicamente, al sistema binominal, con el cual, la Concertación continuará, ad eternum, derrotando a la derecha para pasar luego a cogobernar con ella, ambas coaliciones autosatisfechas con sus respectivas cuotas de poder y plenamente a salvo de la influencia de una ciudadanía descontenta y totalmente marginada de la consabida “Democracia de los Acuerdos” -que es más bien, “de los Conciliábulos”- que tanto agrada a nuestros políticos de ambas coaliciones, ya que en ella los votos ciudadanos nada valen, sino que sólo sirven de disfraz legitimante a los previos acuerdos políticos y designaciones de las élites partidarias de ambos bandos.
No tengo nada contra los acuerdos políticos, pero siempre que se consumen por los legítimos representantes de la ciudadanía y no por élites políticas eternizadas en el poder gracias a una institucionalidad política ad hoc, sin que la ciudadanía con su voto pueda influir mayormente.
Si queremos una legítima política de acuerdos, démonos nosotros los ciudadanos -el poder constituyente originario- una nueva Constitución y optemos por el parlamentarismo, sistema en el cual, lo que prima son los acuerdos para la formación de mayorías gobernantes, pero, simultáneamente, la coalición en el poder está permanentemente sujeta a un control parlamentario efectivo, mediante los mecanismos del voto de censura y el voto de confianza, por cuya aplicación, se confirma la mayoría de la fuerza gobernante o bien ésta pasa a ser reemplazada por otra, sin que ello signifique ningún trauma, sino sólo la dinámica propia de un sistema de gobierno que refleja fielmente la voluntad ciudadana.
Me temo que mientras no arribemos -a través de una asamblea constituyente, cuyos integrantes no puedan postularse en las primeras elecciones subsiguientes o, en su defecto, mediante un plebiscito con alternativas serias y no una parodia de acto cívico como aquel de 1980- a una Constitución que nos represente a todos, nuestra Transición seguirá en suspenso.
Finalmente, digamos que el régimen parlamentario de gobierno, cuando se ha planteado, ha recibido un apoyo de carácter transversal entre nuestras fuerzas políticas, por lo que su proposición como la forma de poner feliz termino a una Transición eterna, resulta mucho más realista que concentrarnos en deshacernos del sistema minoritario binominal para adoptar un sistema electoral democrático, sea este proporcional, mayoritario o combinación de ambos.
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