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Agosto 18, 2026

Ausentismo Patronal: La Derecha no quiere gobernar

Para variar la Concertación no sabe dónde está parada. ¿O sabe demasiado bien? Cree a pies juntillas que para cuando el gobierno de Bachelet diga “game over” la derecha cumplirá 20 años fuera de la Moneda. Falso. Cumplirá 46 años fuera de palacio. Es de Perogrullo, pero vale la pena recordar: la derecha inspiró a Pinochet, pero no percudió sus manos por él. El general era su capataz, el gil que debía hacer el trabajo sucio. Pobrecito, en vez de vilipendiarlo debiéramos levantarle un monumento.

¿Por qué la derecha no quiere gobernar? Tal vez porque en un país con instituciones febles se tiene más poder fuera de ellas que dentro de las mismas. El tema es crudo: la derecha entiende el gobierno como mera administración y para administrar hay que ser eficiente o, al menos, tratar de serlo. ¿Qué hacen las empresas para administrar mejor su negocio? Simple: subcontratan todas las tareas que no le son esenciales a su giro y, a veces, también subcontratan las labores propias de su negocio. Así se evitan líos laborales y asuntos desagradables como las huelgas, los aguinaldos, las fiestas de navidad y los alcoholizados asaditos del dieciocho (no hay nada más patético que sentir el tufo de un trabajador de ojos inyectados perorando: “tiquititití, patroncito, báilese este pie de cueca conmigo”). No nos perdamos, lo mejor es administrar al país desde una oficina blindada del Golf y enterarse de los excesos de todo tipo por la tele. Es este el modelo que aplica la derecha criolla desde que el gobierno del Paleta Alessandri dijo “game over”. Entonces subcontrató a Frei papá, luego los rotos se le sublevaron, salió Allende, después subcontrató a mi general que le salió un poco estólido. Pero todo cambió en 1990… En ese año áureo encontró al candidato ideal: la Concertación. Desde entonces la derecha vive en el cielo: crecimiento económico, los rotos a raya (asunto esencial, por cierto) y ministerios receptivos a sus demandas corporativas. ¿Para qué entonces querría estar en palacio? Tendría que ser tarada.
 
Todo esto me recuerda la hacienda chilena del siglo XIX. Para la aristocracia este tipo de propiedad no era una unidad productiva destinada a generar desarrollo económico, era más bien el dispositivo inmobiliario adecuado para financiarse sus eternas temporadas en Europa. Y ojo que esas sí que eran estadas de tiro largo: las matronas llevaban en el barco hasta sus propias vacas para tener leche en el viaje y en el lugar que usarían como residencia en el viejo continente. Luego de estar en París, San Sebastián o Londres por seis o diez meses, volvían al Chilito de siempre no para ver cuánto prosperaba el negocio, sino que a cerciorarse de que los huasos no le hayan puesto ruedas al fundo y a cobrar los arriendos agrícolas que debían los pobres brutos. Venir a preocuparse de si la hacienda era o no un negocio con futuro era de tipejos con escaso pedigrí: judíos, italianos o alemanes cerveceros. El horizonte del hacendado se limitaba al simple problema de si podría financiar o no el viaje del próximo año a Europa. Lo esencial para él era huir de los rotos. Portales trató de enderezar a estos personajes, pero no pudo…  Es que Chile ya estaba ontológicamente jodido.
 
Bueno, lo mismo pasa en política. La derecha chilena, amados lectores, no es como el partido republicano de gringolandia que tiene un interés honesto y transparente de llegar a la Casa Blanca y gobernar desde allí a la nación. No señor. La derecha chilena quiere algo más prosaico: el máximo de retorno para sus representados al mínimo esfuerzo para ella. Esto lo da, claramente, la Concertación. La astucia de este diseño es simple: evita al sector absorber los costos de gobernar a un país sustancialmente menesteroso, frente al cual nadie tiene voluntad suficiente como para sacarlo de la miseria, ni siquiera los mismos miserables. Para sacudirse el sopor colonial la elite tendría que sudar, arriesgar el pellejo, tener buenas ideas y aplicarlas. Nadie hace tamaño esfuerzo por un país que es apenas una caja de fondo, un receptáculo. Aquí se guarda el patrimonio de una clase dirigente que vive mirando hacia el mundo desarrollado. ¿trabajar como lo hicieron los surcoreanos? No, gracias, capaz que quedemos tan hediondos como ellos.
 
Se me dirá que, hasta aquí, este parloteo es un simple quejido ante un malestar histórico. No es así, hay pruebas. Si la derecha fuese como el partido Popular español o como el Republicano estadounidense hace rato que ya hubiese reformado el sistema binominal. Es cierto que dicho engendro la favorece, pero al final del día también garantiza la perpetuación del régimen concertacionista. El asunto es brutal: gracias al binominalismo la concertación se “roba” el seis a ocho por ciento de la izquierda extrasistema. No hay que ser un genio para darse cuenta que, en un escenario de desgaste político, el actual sistema electoral es el salvavidas de los partidos del arco iris. Si se adoptaran mecanismos de proporcionalidad, la más favorecida —oh ironía— sería la derecha, pues no tiene partidos que le resten votos en sus márgenes extremos (gracias a Dios, el nazismo criollo es apenas una patota de descerebrados). La pregunta es por qué la derecha acepta esta rapiña de votos de parte del oficialismo. Creo que la respuesta va por el lado de que ven en “la Concerta” a un empleado tan diligente en la aplicación del modelo, que llega a ser conveniente tolerar que el pobre infeliz se haga sus recortines, a cambio, claro está, de que mantenga el statu quo. Es como en las multitiendas : la compañía gana tanto y sus vendedores ganan tan poco que la empresa tolera que los dependientes se roben el papel confort del baño. ¿Es una interpretación depravada? Sí, claro.
 
Lo confieso: me encantaría votar por un gobierno de derecha que aspire a ser mayoría, a meterse en el lodo, a pagar costos. Creo que ese sería el signo más claro de sanidad y de fin de la transición. Pero no me hago ilusiones, los chilenos somos enfermos. De otra manera no se explica la actitud de Escalona ante el fallo adverso del Tribunal Constitucional contra ciertos puntos de la ley de subcontratación. Seamos claros, lo de Escalona es puro teatro, su pega era hacer una normativa de subcontratación que no pasara el examen constitucional, pues así mantenía tranquila a la plebe, pero a la vez garantiza que el modelo económico no sufra contratiempos. No podía hacerlo de otra forma, si él mismo está subcontratado por la derecha. Sí, es cierto, la depravación es el único camino para entender la política chilena.