Ya casi nadie puede ver un filme de Godard sin pensar en él. La política de autor fue un triunfo que sin embargo terminó vinculada a la academia francesa. No se puede ver a Godard sin sentir la culpabilidad de no comprender suficientemente bien su cine; hemos aprendido a no gozar y la desconstrucción inicial ha culminado por infundir miedo en las miradas.
Diez minutos iniciales de combinación visual, montaje intensivo capaz de combinar registros de diversas batallas con residuos de memoria de fragmentos de filmes tan variados como “El beso de la muerte”, aquel filme B de Robert Aldrich que a esta altura ya se ha convertido en un filme de culto, con obras reverenciadas por la crítica mas no por el público como “Alexander Nevski” o “Que Viva México”, ambas de Eisenstein y ambas castigadas por el tiempo con el ese envejecimiento prematuro que parece deslucir a diversas películas del periodo clásico. Entre estas secuencias algunos retazos de western, destellos de simulación de combate con “Zulú”, uno de los filmes colonialistas más divertidos a pesar de la vulgaridad de su discurso, y “Ran” de Kurosawa, obra más cerca de la pintura que de el cine.
Escenas de violencia que se combinan en un tejido en donde la ficción se entremezcla con el registro documental y se asimilan a una idea que no parece tan extraña: El horror de la destrucción y el placer de la contemplación estética se funden, nos llenamos de culpa pero no podemos dejar de operar a ese nivel de ambigüedad. Somos animales paradójicos.
A Godard siempre le ha gustado la posibilidad pedagógica del cine y su obra carga por lo general con un lastre y una inquietud que se desplaza entre la pasión del estudioso y la moral del militante. El hombre del gabinete de espejos no quiere ser usurpado por el predicador y a su vez este no puede desaparecer entre sus simulacros y artefactos. En ocasiones el Godard político se antepone al Godard cinéfilo – aquel que no solo ama el cine como espectáculo, a la crítica como ejercicio literario y a los filmes como seudo arte industrial, sino también a sus actrices, su dinero y la frivolidad de un festival- y como resultado se obtiene un filme que pretende decirnos que hacer con nuestra vida, una obra cuestionadora pero a la vez tediosamente vanidosa en la redundancia de su mensaje. Se aceptan con agrado las preguntas, los aforismos y los epitafios pero cuando emerge el sermón es mejor abandonar la sala o esperar la siguiente secuencia en la creencia que un filme de Godard siempre posee un buen momento, un instante que lo haga necesario.
Notre Musique tiene mucho del autor sacerdote, del director lucido que en desmedro del filme intenta postular un par de verdades a medias con la convicción del creyente en si mismo, o al menos en aquel que confía con envidiable fortaleza en la imagen que se ha construido de si mismo a lo largo de casi cincuenta años de infant terrible del cine francés.
Ya casi nadie puede ver un filme de Godard sin pensar en él. La política de autor fue un triunfo que sin embargo termino vinculada a la academia francesa. No se puede ver a Godard sin sentir la culpabilidad de no comprender suficientemente bien su cine; hemos aprendido a no gozar y la desconstrucción inicial ha culminado por infundir miedo en las miradas.
Godard es necesario para el cine como lo es el café para el ensoñador etilico, nos permitio abandonar la infancia de la novela para entrar en la adolescencia del ensayo y ahora en la vejez del sermón.
Las palabras de Notre Musique son tan ciertas como innecesarias en la mayoria de las veces. Los textos declamados por Juan Goytisolo resuenan vacíos en las calles de Sarajevo, esa tendencia de oponer la poesia y la literatura a la barbarie sigue pareciendome de una ingenuidad solo digna de Europa. La clase de cine del Godard maestro es tan eficiente y compleja como cuestionable. Ningún alumno responde al serio profesor francés, el silencio reina en el aula, ¿que se le puede decir a fin de cuentas a Godard a esta altura?.
El pequeño chiste del Paraíso vigilado por marines norteamericanos es tan simple que no permite una sonrisa, es tan cómplice que solo un público sectario puede permitirse el sonreír sin mala fe.
Lo que es incuestionable son las enseñanzas que pueden aprenderse de su filmografía, pues filme tras filme nos han otorgado la posibilidad de perder el miedo hacia el cine, no doblegarse ante la aparente complejidad de la producción, o la falsamente inteligente estructura del guión de manual. Como Ruiz o Jonas Mekas, Godard ha impulsado el desarrollo de un cine imperfecto – un filme no es una novela decimonónica sino un intento por aprender a usar un nuevo dispositivo – y solo por esto merece nuestro eterno agradecimiento.
