El 7 de diciembre de este año se cumplirán 29 años del cobarde crimen de Augusto Carmona, destacado periodista y uno de los principales líderes del MIR. De las imágenes que uno guarda para siempre, tengo esta de ese fatal día, hacia el anochecer, cuando vimos aparecer a un hombre de mediana estatura, algo calvo, con una carpeta en las manos, caminando serenamente hasta su casa de calle Barcelona, en San Miguel (sí, muy cerca donde cayó luchando Miguel Henríquez): al momento de introducir la llave en la chapa de la puerta, una ráfaga de una sub ametralladora, que vino desde adentro, le causaron la muerte.
Luego apareció el espectáculo que montaba la dictadura: la televisión grabando “el tiroteo”, un periodista aún vigente asegurando en cámara que Carmona había caído en una acción “legítima”, “ en una reacción oportuna de las fuerzas de seguridad”, a la vez, los medios entrevistaban “a los palos blancos”, que eran agentes encubiertos, que hablaban por los vecinos y justificaban los hechos, y, finalmente, los diarios del día siguiente, que con grandes titulares informaban “que en un intercambio de balas había caído un terrorista”.
Sin embargo, la imagen más terrible es la que conservo de un tipo grande, gordo, que estaba con una manta café y, bajo ésta, escondía el arma con que ultimó a Augusto Carmona. Apenas realizó los disparos salió dando órdenes. Tan descarado era, que fue uno de los últimos en retirarse. Cuando señalé estos datos en la Comisión Rettig, existía, en otros casos similares, la misma descripción para operar. Los abogados me consultaron si sabía quién era aquel asesino, no tuve dudas en responder: ¡“El Guatón” Romo! La misma respuesta daban los familiares de las demás víctimas.
Es curioso, guardo esas imágenes, pero no el pánico de haber estado reducido junto a tres amigos, todos entre dieciocho y veinte años: Rafael, sobrino de Mario Palestro, que había estado detenido en el Estadio Nacional, Pepe Garretón, que después desaparecería en Argentina, y Miguel Pacheco, tiempo después “atropellado casualmente” por Gran Avenida. Yo tenía a la mitad de mi familia en el exilio. También hubo otra gente que presenció el crimen. Vivíamos en un barrio modesto, de izquierda, donde la lealtad no se transaba y donde los sentimientos, por suerte, se han vigorizado con el tiempo. Los criminales llegaron donde “El Pelado” Carmona luego de torturar como se puede imaginar a una compañera.
Justamente por estos días de julio pasado, el año 1978, apareció muerto en la calle Miguelito Pacheco. Él fue quien se grabó y anotó – lo sacó del diario- el nombre de Augusto Carmona. Tenía la esperanza de que alguna vez “podía servir de algo”. Ese deseo, que puede sonar extraño, me lo contagió. En los años ochenta, cuando publiqué un libro de cuentos, le dediqué un texto a Carmona. En la ceremonia de la presentación, conocí a Georgina Carmona, su hermana, quien después me contactaría con su pareja exiliada, y de ahí nace una historia de amistad muy bella hasta el día de hoy.
Después del atentado contra Augusto Carmona, se desató una pesquisa desquiciada contra jóvenes y valientes militantes del MIR. Varios de ellos fueron asesinados, torturados y expulsados del país.
¡Cuántos años han pasado! El proceso sigue abierto. La justicia, pendiente. Desde los años noventa en adelante, he declarado donde me han pedido. En medio de todo, una hija del Carmona, que vive en Alemania, filmó un cortometraje con la historia, y ahí aparecemos los que estamos y no olvidamos. Por estos días en que escribo esta nota, fui recibido por el ministro de fuero Alejandro Solís Muñoz, que sustancia el caso. En la declaración de los hechos, me ocurrió lo mismo de siempre: la emoción de recrear una época tétrica, los golpes en el suelo de los “valientes soldados”, evoque las miradas cómplices de mis amigos cuando aquella vez fuimos reducidos, aquel deseo tan personal de Miguelito y al gran combatiente, Augusto Carmona, con cuyo ejemplo hemos crecido y no quisiéramos olvidar jamás.
Lo más terrible en esta ocasión, fue conocer nuevos antecedentes de la siniestra Unidad Antiterrorista, de la CNI, y, un hecho macabro que tuve a la vista: las fotografías de los integrantes de esa brigada. Pude hundir la mirada en aquellos rostros, recordar las atrocidades y verme junto a mis amigos ese 7 de diciembre de 1977, tratando de grabar para siempre las identidades de los agentes de Pinochet, que casi treinta años más tarde encontraría en imágenes sonrientes, tratando de ocultar su pasado inhumano.
Reinaldo E. Marchant
Escritor
