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Agosto 18, 2026

Bush, Rice y Rumsfeld, a punto de provocar el colapso del imperio

Hay muchas teorías sobre la caída del Imperio Romano de Occidente: en el siglo XVIII, Gibbson culpaba a los cristianos de la caída de Roma; para otros, fue la mosquita de la malaria, finalmente, para otros, fue el gigantismo de la burocracia. No sabremos el momento ni las causas del derrumbe próximo del imperio norteamericano, lo que sí está claro es que esta “santísima trinidad” hace mucho empeño por anticiparlo. Describamos a cada una de estas divinas personas: George W Bush era un alcohólico, que se convirtió en fanático religioso; sus metidas de pata y su mala educación son proverbiales.

Condoleeza Rice es como una tigresa  morena que, si se le compara con sus compañeros, es bastante inteligente y hábil; Donald Rumsfeld es como uno de esos tipos que, de solo mirarlo, cualquiera se da cuenta de que es idiota irredimible; como se sabe, no ha dejado tontera por hacer y está a punto de llevar a Irak a una guerra civil. No estamos seguros si es una estrategia para apoderarse del petróleo o sólo imbecilidad militar.
 
Desgraciadamente, las herejías de los primeros siglos desaparecieron separando al Padre del Hijo y éstos, del Espíritu Santo moreno; por el contrario, la trinidad actual funciona a la perfección. La teología es muy simple: sólo hay buenos y malos, como en el maniqueísmo; los primeros, amigos de Estados Unidos –Gran Bretaña, Israel, Australia, Colombia, Guatemala, por ejemplo – los segundos (los malos) –Irak, Irán, Corea del Norte, Cuba, Siria, Afganistán, Venezuela…- a estos los llaman “el eje del mal”. La “trinidad” quiere repetir las Cruzadas cristianas – que duraron dos siglos – pues no tienen prisa para apropiarse del mundo- George W Bush quiere convertirse en un Ricardo Corazón de León, cortando la cabeza  de prisioneros, seguidores de Alá; Rumsfeld intenta imitar a Ronald de Chatillon rompiendo treguas y asaltando las caravanas en Irak.
 
Desde el 11 de septiembre de 2001, los conflictos de baja intensidad, promovidos por Estados Unidos en la guerra fría se han transformado en una guerra total contra el “terrorismo”, en la cual la tortura, el asesinato de niños y mujeres, la prisión sin respeto a la Convención de Ginebra y la burla miserable del poder del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es la regla completamente anómica; como san Jorge, que se sabe que es un mito medieval, esta “trinidad” no tiene ningún problema para aplicar el crimen, la barbarie, la estupidez, con tal de cortar la cabeza del “dragón musulmán”.
 
En los Hermanos Karamasov, Dostoyevsky describe la visita de Cristo al gran inquisidor, en Sevilla, (trato de adecuar el diálogo a la época actual); si Jesús repitiera el “amaos los unos a los otros” y el sueño kantiano de la paz perpetua, el inquisidor le respondería: “tú no conoces a los hombres”, si no hubiéramos invadido Irak, aún reinaría Sadam Hussein; “imagínate” si Israel no hubiera invadido el Líbano, la tierra prometida hubiese desaparecido; “si los hombres no se mataran entre sí, no tendríamos que comer”; como todos no pueden ser agentes de la Bolsa, algunos tienen que morirse de hambre y esto es mucho más humano que la solución final de los nazis; si los americanos no se sacrificaran, como Jesucristo, defendiendo la “verdadera” religión contra chiitas y sunnitas, hoy seríamos todos “herejes musulmanes”; esto no lo digo yo, sino que “el gran teólogo del neoliberalismo”, Michael Novak. Jesús se va entristecido, pues su doctrina es inaplicable en el reino de Mamón.
 
Max Weber, en su libro Sociología de la religión, en su último capítulo se extraña de la paradoja en el sentido de que las enmiendas de la Constitución norteamericana garantizan la total libertad religiosa impidiendo, incluso, efectuar encuestas de opinión sobre materias de fe, sin embargo, el comercio funciona bajo principios religiosos: para conseguir un crédito, para solicitar o prestar un servicio era necesario, según Weber, pertenece a una secta religiosa, única garantía de que la persona iba a pagar lo adeudado; el no ser religioso es, prácticamente, ser bárbaro. Si consideramos que en noviembre se elegirán representantes al Congreso de los Estado Unidos, Bush, una vez más, provocará la alucinación guerrera que le permitió ganar la reelección.
 
Marx, en La cuestión judía, define este reemplazo de Jehová por el dinero diciendo: “El dinero es el dios celoso de Israel, frente al cual no debe existir ningún otro. El dinero denigra a todos los dioses de los hombres, los convierte en mercancía, el dinero es el dios universal de todas las cosas”. Para Marx, el hombre está desdoblado entre el ciudadano, que es igual en la cámara secreta, y el individuo en la sociedad civil, que está dividida en clases. Si agregamos el contenido de los trabajos de mi amigo Jorge Vergara sobre la utopía neoliberal, comprobaremos que el cielo en la tierra no es más que el mercado, que siempre funciona a las maravillas.
 
Si hacemos un símil, discutible por cierto, entre el papado de la Iglesia Católica y las políticas del FED –de Estados Unidos – que aterran más a los inversionistas que el mismo demonio, probaremos que, por ejemplo, Benjamín Bernanke, como todo nuevo papa, comienza a dar tumbos; no sabe que su antecesor hablaba un lenguaje críptico, que tranquilizaba a los fieles amantes del dinero; Bernanke, más franco, anuncia un riesgo de inflación. En menos de un segundo, los fieles abandonan las bolsas asiáticas, europeas emergentes y latinoamericanas; después de secarlas de dinero especulativo, ahora anuncia baja en la tasa de interés y los especuladores retornan en gloria y majestad. Es como el miedo a la muerte  y a la pobreza, que convierten en nazarenos a los peores pecadores. Así es el capitalismo: la última y más brutal de las religiones.
 
Entre tanto, la “trinidad” sigue hambrienta de poder provocando guerras por doquier. La destrucción del Líbano, con la complicidad de Estados Unidos, pone en riesgo la continuidad de una “cruzada” infinita. Sólo Bush es capaz, en tan poco tiempo, de concitar el odio universal al repugnante imperio del Leviatán. Como sostenía Hobbes, “como tendencia general de todos los hombres, destaco un perpetuo e impaciente deseo de poder y de más poder, que solamente cesa con la muerte. Y esto no se debe al mayor placer que se espera sino al hecho de que el poder no puede garantizarse sino buscando aún más poder”. Este es el sino de la “trinidad”: sólo puede vivir de las ruinas, hoy de Irak y del Líbano, mañana, de no sé dónde.
 
Rafael Luis Gumucio Rivas